Dos siglos han tenido que pasar para que el objetivo primero que desvelaba a Bolívar alcance a ver la luz. 200 años no son muchos en la historia de la humanidad, pero sí son muchos en la historia de los pueblos de América, como que son toda su vida, desde el momento mismo en que este crisol de razas y culturas, sobre ingentes sacrificios, se emancipó de las potencias coloniales que los habían, con la venia del Vaticano, declarado de su pertenencia.
Tanto Bolívar, primero, como Martí, después, identificaban y señalaban a la unidad como la forma necesaria de salvar la independencia, a tan altos costos conquistada, y poder así emprender la marcha hacia la plenitud que en todos los campos merecían los pueblos mestizos y multicolores de estas tierras.
Nueva dominación. También coincidían Bolívar y Martí en apuntar el peligro de que al yugo colonial derrotado sucediera otro yugo, el del naciente imperio norteamericano que ya aparecía como amenaza cierta, con un expansionismo voraz y agresivo. Sobre nuestras propias debilidades y carencias, sobre los rescoldos de las grandes desigualdades e injusticias heredadas del periodo colonial, incluso estimulándolas y aprovechándolas, se diseñó un andamiaje de control y dominación.
Los EE. UU, sin mayores escrúpulos, y a como fuera, impusieron su ley y sus intereses. La independencia se redujo así a celebraciones y festejos ayunos de contenido, en los que las gentes humildes, siempre postergadas, eran invitadas a celebrar un estado de cosas que solo favorecía a las clases altas, que sin mayor verguenza se habían convertido en socios menores de la nueva potencia dominante.
Una larga y dolorosa historia de iniquidades siguió: imposiciones, despojos, dictaduras complacientes, intervenciones, derrocamientos de aquellos gobernantes que se atrevían a disentir, humillaciones, desprecios, crímenes sin nombre, marcan esta relación de subordinación resultante.
Cierto es que a lo largo de los años los mejores hijos de “nuestra América”, de mil maneras, han denunciado este estado de cosas e incluso al costo de sus vidas han resistido, se ha luchado sin descanso y con denuedo. Lo que hoy saludamos es fruto y consecuencia de esos esfuerzos, no lo olvidemos.
Importante paso. Es justamente en Caracas, cuna de Bolívar, donde finalmente, después de tanto batallar, los sueños del Libertador y del Apóstol comienzan a convertirse en realidad. Ahí, en este diciembre del 2011, se ha dado el trascendental paso que anuncia ese despertar.
Gobernantes disímiles, representando a cerca de 550 millones de latinoamericanos y caribeños, provenientes de todos los países de la región, se han atrevido a firmar lo que equivale a una nueva Acta de Independencia; unos, los más, con entusiasmo, otros, los menos, con timidez, y alguno a “revienta cincha”. Porque la Celac (Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe) es, en verdad, una apuesta, la más elaborada y madura hasta ahora concebida, por la independencia y la unidad de esta América nuestra, que es “una locura del sol” como decía Darío.
En la medida en que se muestre en la práctica que, con la aceptación y respeto a la diversidad política como norma, es posible impulsar la coordinación y la solidaridad, alentar y potenciar la ayuda mutua y la resolución de los conflictos, catapultar el desarrollo integral, económico, social y político de todos, los grandes y pequeños, sin menosprecios ni subordinaciones; en esa misma medida, se irá cimentando esta magna aventura unitaria, se irá consolidando su independencia del imperio y de otros bloques hegemónicos mundiales y pasaremos a tener voz y respeto en la arena internacional.
No faltará quien quiera alzar barreras y se ampare en los prejuicios e ignorancia para disminuir su trascendencia. Intentos se harán de presentar a la Celac como un instrumento contra EE. UU., como un peligro para sus intereses, sí pero no; contra el afán histórico de dominación y expoliación, sí; contra el laborioso e ingenuo pueblo norteamericano, no, pueblo al que también, y no podría ser de otro modo, se le tiende una mano fraterna.
Ausencia de Chinchilla. A esta cita de Caracas han concurrido Fernández, de Argentina, Rousseff, de Brasil, Calderón, de México, Santos, de Colombia, Castro, de Cuba, Piñera, de Chile, Colom, de Guatemala, Lugo, de Paraguay, Correa, de Ecuador, Mujica, de Uruguay, Funes, de El Salvador, Fernández, de Dominicana, Ortega, de Nicaragua, Lobo, de Honduras, Martinelli, de Panamá, (Humala, del Perú, se excusó por razones comprensibles), los gobernantes de Surinam, Belice, Jamaica y de todas las naciones del Caribe, así como Chávez de Venezuela, el anfitrión, hasta sumar 32 jefes de Estado. La presidenta Laura Chinchilla no asistió, sus motivos tendrá; en todo caso, su ausencia no causó resentimiento.
Nunca antes una convocatoria había reunido a la totalidad de los convocados, y esta vez sin tutelajes imperiales ni nostalgias coloniales, y esto no es casual, 200 años después, las prédicas de Bolívar retomadas por Martí han dado sus frutos y se presenta ante nuestros ojos, cansados de tanta aridez y oscuridad, una realidad distinta y luminosa.