Pareciera que los gobernantes y los diputados han malinterpretado las palabras de Jesús reproducidas por el evangelista Juan (16,24): “Pedid y recibiréis para que vuestro gozo sea completo”. Jesús se refiere al acto de orar. Nuestros dirigentes y legisladores las han aplicado, según su conveniencia, como norma perseverante, al acto de gobernar y legislar.
Este estilo manirroto, inequívocamente populista, ha impregnado la acción política y constituye, sin duda alguna, una de las causas principales de nuestras calamidades fiscales que, cada cuatro años, trenza a gobernantes, diputados, empresarios y gremios en un “debate” embarullado y confuso para salir de apuros. Ni siquiera los beneficiarios de las dádivas oficiales disfrutan de un “gozo completo”, pues, tarde o temprano, todos, aun ellos, pagaremos la cuenta. Este ha sido un guion nacional de sobra conocido, el cual da razón al informe reciente, el XVII, del Estado de la Nación al concluir que, en los últimos 30 años, nuestros Gobiernos no han dado la talla. El campo fiscal lo proclama a gritos.
Cuando, tras el anuncio de la mesa servida, al bajarse el telón del Gobierno anterior, se conoció la verdad monda y lironda sobre la realidad fiscal, todos a una, Gobierno y diversos sectores del país, se comprometieron en atacar este problema, resolverlo o, al menos, encaminar su solución por los cauces más adecuados. Promesas de marinero, pues, conforme ha pasado el tiempo, desde que se presentó el plan fiscal, hemos vuelto a nuestras andanzas: la confusión de conceptos, el zigzagueo sobre la marcha en cuestiones esenciales y, por supuesto, la incapacidad de enfrentar la romería de las peticiones para recibir un trato especial, a punta de presiones, bloqueos de vías, paros y amenazas, cuyos líderes, como nos lo demuestra nuestra historia política, generalmente salen airosos.
Según cálculos del Ministerio de Hacienda, el plan fiscal podría producir el 2,5% del PIB. A estas horas del partido, este porcentaje se ha reducido al 1,5% por la vía de las exenciones, del “pedid y recibiréis”, con resonancias políticas. De la lista de productos y servicios teóricamente gravados con el nuevo impuesto sobre el valor agregado (IVA) varias decenas de peticiones han sido satisfechas. El ministro de Hacienda ha clamado para que no se modifique el IVA, pero de aquí no ha pasado. Los diputados del PLN han acogido las exenciones enviadas por Hacienda, y la comisión legislativa respectiva las ha validado.
Uno de los casos más imaginativos ha sido el beneficio otorgado a las actividades deportivas, precedido, el domingo pasado, por la Campaña Tarjeta Roja a los Impuestos al Deporte organizada por Unafut y la lectura de proclamas de apoyo en los estadios. El IVA se redujo al 2%, incluidas las entradas a los estadios, los patrocinios, la publicidad y los llamados derechos de imagen, diz que para “fomentar el deporte”. La sinrazón de este beneficio quedó plasmada en las siguientes declaraciones del director de la Tributación Directa, Francisco Villalobos, en Canal 7: “Así como salieron con esa camiseta esta semana (en la campaña de Unafut), la otra semana que salgan con una copia de su declaración de impuestos”. Al pan, pan y al vino, vino.
El gozo de los dirigentes deportivos, de uno y otro signo, ha sido completo y así lo han expresado. Cabe, sin embargo, poner en cuarentena su entusiasmo, pues la promoción del deporte será flor de un día. ¿Cuándo se ha elaborado y puesto en marcha un plan de promoción del deporte? No creemos que un 2% logrará este milagro.
Por otra parte, queda pendiente lo expresado y denunciado por el director de la Tributación Directa: el deporte, sobre todo el futbol, se ha distinguido por su falta de transparencia y su capacidad de evasión de los ingresos reales de los jugadores, lo cual significa evasión de la renta y de las cotizaciones de la CCSS, tema que, por cierto, no salió a relucir en las negociaciones entre los dirigentes deportivos y el Gobierno.
Han ganado los patrocinadores y la publicidad. El deporte seguirá igual y el Gobierno ha demostrado, una vez más, que a quien pida, con gracia o con violencia, nada se le negará, aunque el ministro de Hacienda se lamente de su propia generosidad.