¿Se puede salvar el euro? No hace mucho tiempo que nos decían que el peor de los desenlaces era una mora por parte de Grecia. Ahora, un desastre de dimensiones mucho mayores parece altamente probable.
Cierto, la presión de los mercados se atenuó un poco el miércoles pasado después de que los bancos centrales hicieran un impresionante anuncio respecto a líneas de crédito ampliadas (que, a decir verdad, difícilmente significarán un cambio real), pero hasta los optimistas ven ahora a Europa camino a la recesión, mientras que los pesimistas advierten que el euro se puede convertir en el epicentro de otra crisis financiera global.
¿Por qué salieron mal las cosas? La respuesta que usted oirá todo el tiempo es que la crisis del euro fue causada por irresponsabilidad fiscal. Encienda el televisor, y es muy probable que encuentre a algún sabiondo afirmando que, si Estados Unidos no recorta el gasto, terminaremos como Grecia. ¡Sí, como Grecia!
La verdad es casi lo opuesto. Aunque los líderes de Europa siguen insistiendo en que el problema es demasiado gasto por parte de las naciones deudoras, el problema real es demasiado poco gasto en Europa como un todo. Sus esfuerzos para enmendar las cosas mediante una austeridad aún más rigurosa tuvieron un papel estelar en el empeoramiento de la situación.
La historia hasta el momento es la siguiente. En los años que llevaron a la crisis del 2008, Europa, igual que Estados Unidos, tenía un sistema bancario desbocado y una rápida acumulación de deuda.
En el caso de Europa, sin embargo, buena parte de los préstamos trascendían las fronteras, en el tanto en que fondos de Alemania fluían hacia el sur del Viejo Continente. Este crédito se consideraba de bajo riesgo. Bueno, todos los receptores usaban el euro; entonces, ¿qué podría salir mal?
Dicho sea de paso, la mayor parte los préstamos fueron al sector privado, no a los gobiernos. Solo Grecia incurrió en grandes déficit presupuestarios durante los años buenos; España más bien tenía un superávit en la víspera de la crisis.
Entonces, la burbuja estalló. El gasto privado en las naciones endeudadas disminuyó marcadamente.
La interrogante que los líderes europeos debían haber estado formulando era cómo evitar que esos recortes en el gasto causaran una baja a todo lo ancho de Europa.
En vez de eso, sin embargo, respondieron al inevitable aumento en los déficit impulsado por la recesión, exigiendo a todos los gobiernos –no solo a los de las naciones deudoras –que recortasen el gasto y aumentaran los impuestos.
Se ignoraron las advertencias de que eso profundizaría el bajón. “La idea de que medidas de austeridad puedan ser el detonante de estancamiento es incorrecta”, declaró Jean-Claude Trichet, el entonces presidente del Banco Central Europeo. ¿Por qué razón? Porque “las políticas que inspiran confianza alentarán y no entrabarán la recuperación económica”; pero el hada de la confianza no hizo acto de presencia.
Un momento: todavía hay más. Durante los años de dinero fácil, los salarios y los precios se elevaron sustancialmente más rápido en el sur de Europa que en el norte de ese continente. Es necesario dar reversa a esta divergencia ahora, bien mediante la disminución de precios en el sur o mediante el aumento de precios en el norte.
Tiene importancia cuál camino se sigue porque, si el sur europeo es forzado a la deflación para andar el camino hacia la competitividad, pagará un alto precio en el empleo y empeorará sus problemas con la deuda. Las posibilidades de éxito serían mucho más grandes si la brecha se cerrara mediante el alza de precios en el norte.
Para cerrar la brecha mediante el alza de precios en el norte, los definidores de las políticas tendrían que aceptar temporalmente una inflación más alta para el área del euro como un todo, y han dicho claramente que no lo harán. El pasado abril, de hecho, el Banco Central Europeo empezó a elevar las tasas de interés, aunque era obvio para la mayoría de los observadores que la inflación subyacente era, en todo caso, demasiado baja.
Probablemente no es coincidencia que abril fuese también cuando la crisis del euro entró en su nueva y funesta fase. Pasemos por alto a Grecia, cuya economía representa para Europa aproximadamente lo que el Miami metropolitano representa para los Estados Unidos.
En ese punto, los mercados han perdido fe en el euro como un todo, lo que empuja hacia arriba las tasas de interés hasta de naciones como Austria y Finlandia, que distan mucho de ser conocidas como despilfarradoras. No es difícil ver la razón. La combinación de austeridad para todos y un banco central mórbidamente obsesionado con la inflación vuelve esencialmente imposible para los países endeudados escapar de la trampa de la deuda y es, por lo tanto, una receta para moras generalizadas en el pago de la deuda, pánicos bancarios y colapso financiero general.
Espero, por nuestro bien y el de ellos, que los europeos enmienden el rumbo antes de que sea demasiado tarde; pero, para ser sincero, no creo que lo vayan a hacer. De hecho, lo que es mucho más probable es que los sigamos por el camino a la ruina porque en los Estados Unidos, como en Europa, la economía es agobiada por los deudores que tienen problemas, y que en nuestro caso son principalmente dueños de casa.
Aquí también necesitamos desesperadamente políticas fiscales y monetarias expansivas para apoyar la economía mientras estos deudores luchan por recuperar la salud financiera. Sin embargo, igual que en Europa, al discurso público lo dominan los regaños por el déficit y los obsesivos con la inflación.
Por eso, la próxima vez que oiga al alguien afirmar que, si no recortamos el gasto nos convertiremos en Grecia, su respuesta debe ser que, si efectivamente recortamos el gasto mientras la economía todavía está en una represión, nos convertiremos en Europa. De hecho, ya vamos bien adelantados por ese camino. Traducción de Gerardo Chaves para La Nación
Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía del 2008.