Esta ha sido la semana del diputado Jorge Angulo, quien, el miércoles pasado, como si nada, regresó a su curul. Psicólogos y politólogos hacen fila para conquistar el galardón correspondiente al mejor diagnóstico. Empresa titánica.
Sea cual sea el diagnóstico, estamos, no obstante, frente a un peligro inminente: que todo termine esta semana y que, aprobada la moción para despojarlo de su venerable y potente inmunidad, este caso de alcance universal quede enterrado, como otras cosas de esta calaña en esta patria amada. Séanos permitido recordar, con todo respeto, que las andanzas de este diputado son únicas por su volumen, pero idénticas, por su contenido, a muchas otras de otros personajes, por lo que estamos expuestos a su reiteración. Permítannos, asimismo, recordar, con todo respeto, que en el mercado de la política nacional hay especímenes, vivitos y coleando, con antecedentes parecidos.
Sea, entonces, que miremos hacia atrás o que escudriñemos el futuro, nuestra política, al compás de ciertos sujetos, no ofrece esperanza, mientras no se les cierren los caminos y se taponen los escondrijos a estas sabandijas, gracias al Estado de derecho y la gente decente.
Manos, pues, a la obra. Hay que poner fin a la camisa de fuerza de las listas cerradas o en manada, en la que los partidos y los interesados nos meten gato por liebre, pues el elector vota, pero no elige. De aquí la urgencia del voto preferente que, aunque reprochado, libera y airea la elección. El voto preferente, a la vez, exige la determinación de los partidos, contra la opinión de los caciques, de someter a una rigurosa criba o depuración a los pretendientes a diputado, desde las primarias, el horno donde se cuece el pan. Las asambleas de los partidos deben ejercer el poder de veto para contener a los intrusos y desvergonzados, todo a la luz del día, con el auxilio previo de Internet. En suma, transparencia en serio no para parir “serafines y querubines” en la política, como se quejaba un dirigente político, sino para elegir personas decentes.
El otro muro de contención debe ser la reforma, también en serio, del reglamento interior de la Asamblea Legislativa, la gran tentación de los mediocres y de los oportunistas. Asimismo, todo aquel diputado que, en el proceso de elección, haya escondido sus trapos sucios, en materia grave, debe ser sancionado, por mentiroso, una vez puesto al descubierto en el ejercicio de su cargo. En fin, decencia, un valor ético desdeñado por tímidos y cobardes.
¿Quién le pondrá el cascabel al gato o' al tigre?