El Estado europeo de Grecia hoy sufre de la inevitable resaca socialista. Está quebrado y a merced de las dádivas rejegas del resto de la Comunidad Europea. Su gente se enfrenta a un congelamiento de sus pensiones, grandes recortes de salarios e impuestos “solidarios” que son, en realidad, confiscatorios. ¿Qué le pasó a Grecia? El año pasado, el periodista griego, Takis Michas, contestó esa pregunta en el Wall Street Journal.
Opina que la debacle del Estado griego significa el colapso de un modelo de desarrollo económico que siempre ha puesto a la política por encima del mercado. El principio organizacional de la sociedad griega siempre ha sido el clientelismo político, un sistema que ofrece beneficios materiales a cambio de apoyo político.
Un sistema en el que se vuelve primordial el papel del Estado como el principal proveedor de rentas.
El historiador izquierdista griego Kostas Vergopoulos dice que “la estructura fundamental de Grecia nunca ha sido la sociedad civil, sino el Estado. Desde mediados del siglo XIX no se puede hacer nada en Grecia sin la mediación del Estado”.
La clase dominante que surgió en Grecia después de la independencia veía al Estado como su principal fuente de ingresos. El control del Estado, por lo tanto, fue el principal mecanismo para la distribución de recompensas materiales y rentas. El más importante fue la provisión de puestos de trabajo en la administración pública. Desde fines de 1880, Grecia ya tenía una de las burocracias estatales más grandes de Europa. Por cada 10.000 habitantes había 176 funcionarios en Francia, 126 en Alemania, 73 en Gran Bretaña y 214 en Grecia.
Grecia ha experimentado toda clase de calamidades que generaron cambios, pero el clientelismo político fue una constante: la principal doctrina de gobernabilidad.
Hoy en día existen tres tipos de beneficios que el Estado proporciona a grupos de presión e individuos. El primero y el beneficio más codiciado es el empleo en la administración pública. Aproximadamente, un millón de personas o un cuarto de la fuerza laboral griega es empleada por el Estado. Más del 80% del gasto público se destina a sueldos y pensiones de los trabajadores del sector público.
El segundo beneficio opera mediante la concesión de privilegios a diversos grupos económicamente activos.
La tercera categoría de beneficios son gravámenes sobre las diferentes transacciones que privilegian a grupos que no forman parte de esa transacción. Por ejemplo, si usted empieza un negocio en Grecia tiene que pagar el 1% del capital inicial para el fondo de pensiones de los abogados. Cada vez que usted compra un tiquete de barco, el 10% del precio se destina al fondo de pensiones de los trabajadores del puerto. Pero el colmo es que a veces se imponen gravámenes para beneficios de grupos que ya no existen, como los estibadores de la isla de Santorini.
Como resultado de estas estratagemas, más del 70% de la población griega recibe sus ingresos total o parcialmente de impuestos o gravámenes.
Una cantidad considerable de recursos que podría utilizarse para generar riqueza se gasta en la lucha sobre las rebanadas de un pastel económico en contracción. Estudios académicos sugieren que si Grecia nivelara los costos burocráticos de hacer negocios con el resto de la Unión Europea, Grecia aumentaría el PIB en un 3,5%.
La izquierda ha argumentado, especialmente en los últimos años, que el principal problema del capitalismo es que supuestamente pone “a los mercados por encima de la gente”.
Por eso cree que la intervención política es necesaria para domar a los mercados y restaurar al pueblo a su lugar legítimo de “amo” y no de “esclavo” del mercado. El modelo griego proporciona la perfecta realización de esta visión. Grecia siempre ha puesto “al pueblo”, es decir, a los “clientes” por encima de los mercados con los resultados trágicos que vemos hoy en día.
Serían muy pocos los costarricenses que no vieran retratado a su país en este marco de recetas socialistas que condujeron al Estado de Grecia por una ruta segura hacia la ruina.