Hubo dos puntos que tanto promotores como detractores del TLC con EE. UU estuvieron de acuerdo: i) el tratado tenía ganadores y perdedores y ii) era necesaria una agenda complementaria o de mitigación para sanar o compensar el saldo entre ganadores y perdedores del tratado, entre los mismos costarricenses.
Lo primero se hizo efectivo, el tratado entró a regir y funciona. Lo segundo se esfumó tan rápido como lo primero se logró concretar. Ya con el tratado en vigor, nadie habló más de agenda complementaria, compensatoria o de mitigación: no se confunda esta con la agenda de implementación, los 13 proyectos paralelos al tratado que se aprobaron en tiempo récord para poder hacerlo entrar en vigencia .
A continuación, Costa Rica, su no-dirección y su política se han dejado llevar por su día a día, y por sus crisis inmediatas de la “platina”, la deserción colegial, las crisis agudas de seguridad ciudadana y de seguridad social, sin ser resuelta ninguna de las anteriores. Estas crisis están relacionadas con lo ya mencionado, no con el tratado en particular pero sí con la discusión abierta y pendiente sobre quiénes son los ganadores y los perdedores en Costa Rica.
Las zonas francas y el sector asociado a ellas fueron claros ganadores del Tratado con los EE. UU. Nadie va negar que son un sector muy dinámico y clave, generador de empleo para el país, pero, como cualquier motor de riqueza y de desarrollo, debe tener una carga de impuestos para procurar la equidad social, la paz y el desarrollo de todos, ganadores y perdedores .
Cualquier remedo de país de tercera puede fundamentar una estrategia de competitividad en eliminar impuestos. Pero Costa Rica no es eso.
Para quien medianamente conoce la competitividad de Costa Rica, sabe que esta se fundamenta en su recurso humano (educación y salud), en su estabilidad (democracia y paz), en su posición geográfica, sus recursos naturales y también sabe que el país flaquea en cuanto a infraestructura (física y a veces institucional).
La verdadera amenaza. Coincidentemente, esos elementos de competitividad real son lo que hoy están en crisis: la deserción colegial y la deficiente calidad educativa frente a países competidores así como la crisis de la salud (seguridad social); la paz del país se ve socavada por la inseguridad ciudadana con raíz en la delincuencia y el narcotráfico, y las obras de infraestructura siguen en planos a la espera de una mejor administración de recursos.
Ahí está, clarísima, la verdadera amenaza a la inversión en el país. En contraposición, si tuviéramos excelencia en estas áreas, no habría nadie que nos pudiera detener en nuestro crecimiento y prosperidad como nación.
¿Espera, pues, el sector asociado con las zonas francas que se resuelvan estos problemas que lo amenazan, y, de paso, no pagar impuestos? Se sabe que la reforma fiscal no sería la solución a todo, pero sí un paso positivo en la dirección correcta. Harto se sabe que urge una mejor administración. Pero tampoco olvidemos que quien ha administrado por los últimos casi seis años, el PLN, es el partido que ha sido abiertamente apoyado por la cúpula del sector asociado a las zonas francas, con muchas de sus figuras participando activamente en el Gobierno.
Cada vez más nos enrumbamos a una Costa Rica de “sálvese quien pueda y como pueda”. Sálvese el que tiene la mejor cerca o alambre de navaja, o sálvese quien puede pagar el doctor. Seguimos atrapados en la lógica de más policías, y no en la de más oportunidades y menos delincuentes.
Se extrañaban los comentaristas al decir que el Estadio Nacional estaba a un 70% de su capacidad en el partido de la Selección Nacional contra Brasil, cuando solo dos quintas partes de la población tienen un ingreso que les permite pagar con cierta holgura por ver un espectáculo de ese tipo al precio que estaba.
A los sectores que han venido ganando reiteradamente, los de mayor ingreso y mayor educación, les vendría bien cavilar más sobre el asunto, no solo el de los impuestos a las zonas francas, sino la cuestión de Costa Rica en general, en cuenta al expresidente Arias, tan alineado en los últimos días y años con esa tendencia que encalla en el “sálvese quien pueda”.