Sonriente y efusivo, Sebastián Zamora paseaba ayer por las aceras del Estadio Nacional, mostrando orgulloso su camisa de Brasil.
Aunque apenas tiene cuatro años de edad y en su memoria no guarda aún el nombre de algún ídolo del Scratch du Oro, la historia de este infante es la misma de muchos niños costarricenses: es seguidor de un equipo de futbol por influencia del padre.
Ambos, vecinos de San Roque, en Ciudad Quesada, contaban las horas para observar, según dijo el papá, al equipo de sus sueños.
“Pagar ¢80.000 (¢40.000 cada uno) por ver a Brasil no es nada, estoy muy feliz de tener esta oportunidad, y de poder traer a mi hijo”, expresó Alonso Zamora.
Mientras que su papá se solazaba observando la estructura del Nacional, el pequeño “brasileño” se mostraba feliz de estar en la capital con su nuevo camisa amarilla.
“Estoy contento, vine con mi papá”, comentó escuetamente Sebastián, de pie junto a su padre.
La llamativa imagen de este niño corriendo y sonriendo llamó la atención de quienes lo miraban.
De acuerdo con el papá, la ilusión de Sebastián, que apenas cursa el grado de maternal, no es tan grande como la que él vive.
Acerca del juego, el agricultor sancarleño manifestó que esperaba un buen trabajo de Costa Rica, pero que su ilusión era ver a Brasil.
Con los ojos llenos de ilusión, al igual que su pequeño, Zamora añadió que tras el partido se quedarían a dormir en San Pedro, y, que hoy, aún brasileños, vuelven al norte.