El coro del tiempo

Nos hicimos uno al otro

El coro del tiempo Un personaje de la Nueva Canción de Costa Rica recuerda a Fidel Gamboa y toda una época

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Adrián Goizueta adrian.goizueta@gmail.com 12:00 a.m. 11/09/2011

Eran como las 2 ó 3 de la madrugada. Nosotros seguíamos con la charla, guitarra en mano y con un vinito Viña Canuto, de los más baratos de aquellos tiempos. Los vecinos de mi casa de Los Yoses tosían a manera de protesta para que nos callásemos de una vez. Yo le hice un gesto a Fidel como de “Bajemos la voz, que nos matan”. Mis hijos pequeños también dormían (y tosían), y él arrancó suavecito con una especie de habanera guanacasteca, y a media voz cantó: “Anoche fui a Liberia / a eso de las dos. / Por todo mundo se oía: / ‘Cos, cos’, la maldita tos, / ‘Cos cos, cos cos, cos cos’, / la maldita tos”.

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Eran como las 2 ó 3 de la madrugada. Nosotros seguíamos con la charla, guitarra en mano y con un vinito Viña Canuto, de los más baratos de aquellos tiempos. Los vecinos de mi casa de Los Yoses tosían a manera de protesta para que nos callásemos de una vez. Yo le hice un gesto a Fidel como de “Bajemos la voz, que nos matan”. Mis hijos pequeños también dormían (y tosían), y él arrancó suavecito con una especie de habanera guanacasteca, y a media voz cantó: “Anoche fui a Liberia / a eso de las dos. / Por todo mundo se oía: / ‘Cos, cos’, la maldita tos, / ‘Cos cos, cos cos, cos cos’, / la maldita tos”.

Yo exploté en risotadas y sorpresa de la buena por la ocurrencia de Fidel y por la belleza naïf de esa joyita folclórica; o sea, la cosa fue peor para los vecinos, pero para nosotros fue un momento pleno, de descubrimiento y alegría. Allí nomás le dije: “Eso debemos incorporarlo al Experimental”, y él respondió cantando: “¡Ay, llorar, llorar! / ¡Ay, llorar mis penas! / ¡Ay, llorar mis ojos, / que lloran por ella!”. La canción del perrito la llamábamos, y poco tiempo después ya era parte del repertorio del Grupo.

Fusión.  Una nueva etapa empezaba así, a mitad del camino, incorporando esas raíces del frondoso guanacaste a la Nueva Canción costarricense, a la que llevábamos entre lo latinoamericano, el jazz y el Caribe desde hacía bastante tiempo. Sembrada la semilla, germinó muy rápidamente en las canciones de Fidelito, cumpliéndose así, de manera espontánea y necesaria, con el principio fundamental de la Nueva Canción: construir un canto de proyección folclórica con una temática y una propuesta musical auténticas y propias de cada país, con las que se identifiquen las nuevas generaciones y las anteriores que perdieron el camino de lo que somos y de lo que debemos y queremos ser como nación, región y continente.

 Ese canto vivía y se construía desde hacía años en Costa Rica. Recordemos al grupo Tayacán, con Luis Enrique Mejía, Rigo Salas, Quincho Rodríguez y Orlando Gamboa (el Macho, tío de Fidel y Jaime). Tayacán le había impregnado una mezcla de altiplano y Limón, asentándose genuinamente en la Centroamérica de luchas y razones. Viva Voz –con Dionisio Cabal, Marisol Carballo y los hermanos Mena– ponía en polifonía el rescate meseteño de la inmensa Emilia Prieto, viva, aportando antes y después de su muerte. Erome –con Ernesto Raabe, Manuel y Bernal Monestel– encontraba nuevos aires mezclando charangos con voces, cuatros y quenas.

Nuestro incipiente proyecto estaba aún en calidad de exilio, apoyado por Rafa Acosta, Rigo Salas, Chiqui Ortiz, Jordi Antich y otros, con el sur dolido vibrando en las cuerdas y la garganta, aportando arreglos y aprendiendo los nuevos ritmos para históricas causas compartidas e incorporando pensamientos brechtianos de la pluma y la pasión de Virginia Grutter.

Inti Huasi era Carlos Saavedra y Pedrito Arce (otro ausente). Se oía la dulce trova de Juan Carlos Ureña, solo o con el dúo Octubre, junto a Paulina Chaverri o Marisol Antillón. Vivía el Arauco poético y sangrante de Víctor Canifrú y Alejandra Acuña, y quién sabe cuántos más que por mi injusta inmemoria no nombro, haciendo y creyendo desde la vieja casona del CECUPO (Centro de Cultura Popular) en San Pedro de Montes de Oca.

Alta voz. Era el final de los años 70 y se presagiaban los movidos 80, que traerían nuevos colores, estilos, reacomodos de músicos y arribo de tantos otros a esta Nueva Canción, que ya se transformaba en movimiento latinoamericano.

En el 79 se había fundado oficialmente el Grupo Experimental. Desde el principio invité a participar a un flaco alto, desgarbado, callado e inquieto, a quien había conocido en el Castella en clases de música y tocando el saxo alto de maravilla en el Grupo de Jazz del Conservatorio: Fidel Gamboa era su nombre.

Él se incorporó de a poquito, con la timidez y la cautela de siempre, porque, desde el debut, el Experimental tenía una base al estilo de música de cámara: Rafa Chinchilla (piano), Carlos Silesky (viola), Willie Víquez (cello), Roberto Huertas (flauta), Leo Sánchez (bajo) y Chizco Castillo (oboe). En el transcurso del show se iban sumando el jazz y la “loquera”. Rafa agarraba el “sinte” micromoog, algo nunca oído en la Nueva Canción, como la batería de Rigo Salas o Carlos Saavedra; Bernal mezclaba la quena, el cuatro y el charango

Allí irrumpía el saxo salvaje de Fidel, como un grito en la selva, como una llamada de la tierra, con una rítmica abrumadora y con escalas sabiamente construidas que conducían inexorablemente al infinito, con un pitazo al límite del grito que llamaba al combate.

A todo esto, las cuerdas desesperaban por respirar en medio de la descarga, hasta que volvía el arreglo orquestal, clave distintiva del Experimental, y cada cosa volvía a su lugar para que la poesía y el mensaje retomasen la palabra.

Es justo decir que lo conceptual de la propuesta se manifestaba y se manifiesta también en el lenguaje de cada instrumento porque ¿quién podría decir que Federico (tema que compuse para la escenificación de Murámonos, Federico, de Joaquín Gutiérrez) no hablaba y luchaba a través del saxo de Fidel?  Los conciertos habían salido ya del CECUPO para ganar la calle, los teatros, las universidades y cada acto de solidaridad con Centro y Sudamérica.

Buen país. Con pujanza y gran reconocimiento, nuevos grupos y solistas se sumaban a las filas de este movimiento de música e ideas. Cantares profundizaba y recreaba el folclore meseteño, Cantoamérica le daba por fin paso al tren para que el Caribe nos inundara “fergusianamente” de los ritmos limonenses y para seguir afirmando que más allá de Turrialba también es Costa Rica.

Rubén Pagura, presente desde los inicios del movimiento, arrancaba fuerte con La Oveja Negra, llevando y trayendo la barriada con su riqueza urbana y su día a día. Lo acompañaban Juan Carlos Ureña, María Pretiz, Bernal Villegas y otros de los buenos músicos del momento.

Los 80 florecían para los nuevos cantos y hasta se formó una “nuevita canción”. Gracias a este género, Costa Rica empezó a interactuar, dentro y fuera de las fronteras, con los más grandes del continente: Silvio Rodríguez, Daniel Viglietti, Alfredo Zitarroza, Amparo Ochoa, Inti Illimani, Quilapayún, Mercedes Sosa, Pete Seeger, León Gieco y Tania Libertad más tarde, siempre Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy y tantos otros.

El Experimental le daba la vuelta al mundo, hasta el punto de que, cuando nos presentaban en algún concierto, el locutor decía: “Han tocado en Norte, Centro y Suramérica, islas del Caribe, Europa y Medio Oriente”. Esto último le causaba gracia a Fidelito, y tenía razón: era exagerado y rimbombante.

Allí estábamos todos, juntos en una época de luz y sin sombras: Iván Rodríguez al violín, Jaime Gamboa en el bajo, Kin Rivera en la batería, Berni Monestel en la percu, Gaby Alfaro en el cello, Jorge Rodríguez en el oboe; antes, Manuel Rojas' Tantos nombres, tanta historia' Guadalupe Urbina nos mostraba de dónde eramos, como María Pretiz, con piano y canciones que siempre nos hablan.

 Así pasamos de década sin darnos cuenta, a puro canto y razones. Dimos la bienvenida a Editus con su esencia instrumental poética y con sus logros internacionales conjugando el ser costarricense.

La cronología del nuevo canto no cabe en estas páginas ni en muchas más. Llegaron “los trovadores”: Humberto Vargas, con su naturalidad triunfadora, poniendo en canto alto al país; Bernardo Quesada, Allan Guzmán, Esteban Monge y tantos otros. Llegó el presente colectivo en el nuevo Malpaís.

Fidel, creando y cantando; Manuel Obregón y sus musas flotando en las escaramuzas de Tapado Vargas, y Jarquín, con la sabia savia de Jaime e Iván.

Ellos eran el paso siguiente; lo sabía muy bien Fidel, quien había sembrado y recogido en cada surco: sacar el alma de la tierra, poner lo de aquí allá y en el más allá, contar las historias de ellos porque eran las nuestras, historias de un buen país, “antipódico” Malpaís.

El autor es músico argentino-costarricense; fundó el Grupo Experimental

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Al oído a Fidel, mi amigo eterno

Inventaste el mar para cantarle

le Samareaste las olas contra el viento

lo viste por dentro sin despertarlo

por eso le cantaste

pero no lo nadaste

hiciste un paisaje de recuerdos

con corredores cómplices del tiempo

presagiaste el olor del agua en tu pampa

con las grúas de Hamburgo arrasando

¿te acordás de aquella tarde de frío

en el muelle gris de las bestias?

menos mal que había una guitarra cerca

unas birras y los amigos

los del tiempo

aprendices del camino

conspiradores de oficio

por hacer que el mundo cambie de mirada

qué suerte que estamos juntos

cuatro soles y una flauta

y el baúl de primaveras

floreciendo en la casa vieja

qué pena que los cigarros

no se apagan todavía

pero ahí está la muchacha

en el recuerdo encendida

con la luna y la ventana

para mirarte la vida

Adrián Goizueta.

Breviario de Fidel

”.

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