Sobre un proverbio liberal

Acton era un liberal en un sentido de la palabra que hoy nos parece casi anárquico y caótico

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Mauricio Sanders Director del Instituto de México en Costa Rica 12:00 p.m. 01/01/1900

Al parecer, fue Lord Acton quien primero dio con este proverbio: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Acton escribió esto en una carta del 5 de abril de 1887 a su amigo Mandell Creighton, un clérigo que, se dice, hubiera sido arzobispo de Canterbury si no hubiera muerto a los 57 años de edad. Lo que Acton escribió a la letra fue: “Power tends to corrupt, and absolute power corrupts absolutely”.

Acton integró el Parlamento inglés durante muy pocos años, pero ejerció fuerte influencia sobre las políticas del primer ministro del Reino Unido, Gladstone. La postura de Acton podría ilustrarse con un dicho suyo, el cual se le escuchó decir con motivo de la derrota de los Confederados en la guerra civil de Estados Unidos: “Lamento más lo que se perdió en Richmond que celebro lo salvado en Waterloo”.

Extraña cosa es la tradición: lo que se trae al presente desde el pasado. Parece extraño que, si Acton acusa los efectos del poder, lamente lo perdido en Richmond: el Sur y las plantaciones de esclavos y la aristocracia terrateniente.

Si algo se perdió en Waterloo fue el gorro frigio y el triple ideal de Libertad, Igualdad, Fraternidad.

Lo que siguió fue la época de Metternich, cuyo nombre lastima la sensibilidad de nuestra era con su nombre como de gis que rechina en la pizarra: “Restauración”.

Queda la pregunta de si Acton no habrá sido un incongruente, pues todos los liberales, todos, aman la Revolución francesa y detestan el Antiguo Régimen. No se puede advertir contra el poder absoluto al mismo tiempo que celebrar el absolutismo, ¿o será que Acton tocó la flauta por casualidad y por eso es un autor poco leído?

Diferencias. No todos los liberales son iguales. Tratemos de poner en contexto el proverbio cuando todavía no lo era, cuando era una oración en un párrafo en una serie de cartas entre dos amigos, Acton y Creighton.

Los amigos conversan sobre el dogma de la infalibilidad papal. Creighton es anglicano; es decir, un católico que sentó al rey de Inglaterra en la silla del Papa. Aunque católico, Acton alzó la voz para oponerse al dogma, proclamado durante las sesiones del Concilio Vaticano I, convocado por Pío IX. Acton era un liberal católico.

El problema con la palabra “liberal” es que quiere decir casi cualquier cosa. Acton era un liberal más o menos contemporáneo de otro liberal que podría haber sido su antítesis intelectual y políticamente hablando: el mexicano Benito Juárez.

Aunque era un noble inglés, Acton había recibido toda Europa por todas partes pues la nobleza europea no fue nacional antes del siglo XIX: era nobleza de terruños y patrias chicas. Valga como figura del lenguaje decir que Acton mamó del pecho de su madre la desconfianza hacia el Estado central, hacia el rey y la Corte en la Gran Capital.

Lord Acton era liberal en el sentido en que lo fueron los príncipes alemanes que primero se convirtieron al luteranismo para sacudirse el yugo imperial de Carlos V. Era liberal en el sentido en que Cataluña y el País Vasco repelen el magnetismo de Madrid y para repelerlo podrían convertirse en lo que fuere, excepto Francia.

Acton era un liberal en un sentido de la palabra que hoy nos parece casi anárquico y caótico. Él desconfiaba del poder concentrado en quienquiera que se concentrase: papa, rey, presidente, partido, poderes de la Unión...

Acton escribió un sinnúmero de ensayos, entre los que destacan Cavour y Bureaucracy, pero es un escritor con aura trágica pues no pudo cumplir su profundo deseo: redactar una obra de extensión hemisférica donde cupieran veinte siglos, la Historia de la libertad en Occidente.

Sin embargo, el párrafo de la carta de donde la tradición cogió el proverbio contiene otras oraciones que quizá en algunos siglos acaben en refranes: “Los grandes hombres casi siempre son hombres malos” y “No hay mayor herejía que sostener que la función santifica al funcionario”.

El proverbio es el género literario admirable que permite condensar certidumbres tradicionales sin derruir bosques enteros ni colmar bibliotecas. El proverbio contiene la experiencia en clave de generaciones sin necesidad de tener lógica. Sirve para expresar sucintamente los claroscuros que dejan perpleja a la razón.

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