La Asamblea Legislativa se nos está convirtiendo en una charanga o, si se quiere, en una mejenga en ascenso, para pena y sonrojo de aquellos diputados, la mayoría, que se rigen por los valores del respeto, la responsabilidad, la verguenza y el sentido del interés público. Bastan, sin embargo, unos pocos para contaminar el Parlamento, de palabra y de obra, y entorpecer la vía legislativa, con daño irreparable para el país.
Lo más preocupante es que este desquiciamiento de la institucionalidad y este extravío del juramento constitucional, no es solitario. Más bien, corren parejas con una ola de vulgaridad, de irrespeto, de pachuquismo, de mediocridad y de irresponsabilidad que se ha enseñoreado de nuestro país en los más diversos sectores y que ha penetrado en parajes estratégicos de la función pública y de la sociedad civil. No hace falta proporcionar estadísticas. Los hechos están a la vista de todos aquellos que quieren ver y oír. Se trata de una epidemia nacional.
Resumo esta calamidad en una palabra o valor ético determinante: el respeto, entendido, según ha escrito y enseñado, en dos sentidos concomitantes: el sentimiento especial provocado por el reconocimiento de un valor moral, espiritual o cultural en una persona, en una institución, en un conjunto de creencias o en un ideal, así como la abstención de todo aquello, de palabra o de hecho, que puede causar perjuicio a una persona o a un conjunto de normas.
El respeto a la dignidad humana corona la doctrina de los derechos humanos. Hoy, se exalta la tolerancia, y se menosprecia el respeto, que es lo esencial. La tolerancia –dice F. Abauzit– es una virtud pequeña, pero necesaria. Nos previene del advenimiento de la barbarie. No es un máximo, sino un mínimo. El respeto, en cambio, como reconocimiento de la dignidad humana, no tiene límites. De aquí que muchos se ufanan de su tolerancia y la predican, pero, frente a los objetos de su odio o prejuicios, hacen añicos el valor ético del respeto.
Volvamos a la Asamblea Legislativa. Si la llamada Alianza por Costa Rica, que la preside, se rige, al ritmo de su precario interés político, por una cierta tolerancia, pero no pone freno al irrespeto a las personas, a la majestad del Parlamento, al interés público o al avance normal de los proyectos de ley, estará cavando su propia tumba. De nada sirve la razón del número sin la calidad. La Asamblea no debe ser el eco o la reproducción de lo callejero, sino una escuela de calidad. Nos estamos ahogando en un sumidero de vulgaridad, de pachuquismo y de irresponsabilidad. Lo visto en estos días, en una Asamblea huérfana de liderazgo y de respeto, ha colmado la copa.