EDITORIAL

Masacre en Hama

El régimen de Damasco desencadenó una campaña de persecución y muerte que la prensa mundial describe como un “frenesí de brutalidad y salvajismo”

Si bien ha sido un proceso lento, la alianza occidental parece orientarse a una visión más realista del despotismo sirio

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12:00 a.m. 07/08/2011

El pueblo sirio ha sufrido durante los últimos cinco meses el embate implacable del régimen despótico de Bashar al-Assad. En respuesta a las manifestaciones pacíficas de la ciudadanía, sobre todo de jóvenes estudiantes, reclamando las reformas democráticas que el régimen ha prometido en los últimos años, Damasco desencadenó una campaña de persecución y muerte que la prensa mundial describe como un “frenesí de brutalidad y salvajismo”.

Tanques, artillería y francotiradores pretenden –sin éxito– aplastar las crecientes demostraciones. Se estima que más de dos mil personas han perdido la vida, pero hay observadores que creen mucho más alto el número de víctimas. En cualquier caso, el hecho más significativo es que cada embestida del régimen, lejos de atemorizar a la población, estimula una mayor presencia cívica. El mundo, por desgracia, ha actuado en forma indecisa y ambigua frente a este golpe a la conciencia humana.

Hoy día, el epicentro de estas batallas por la libertad es la histórica ciudad de Hama, sitiada por tanques el miércoles pasado, en víspera del solemne Ramadán islámico. De manera significativa, años atrás, en febrero de 1982, también en Hama, el entonces déspota Hafiz al-Assad, padre del actual dictador, desató una sangrienta campaña bélica contra los pobladores de la ciudad. Con ese ataque, el autócrata pretendía reprimir una serie de manifestaciones lideradas por la Hermandad Musulmana en contra de su régimen.

Debe señalarse que en Siria la población es abrumadoramente musulmana y los sunitas constituyen la mayoría, en tanto los alawitas, una pequeña rama de los minoritarios chiitas, con al-Assad a la cabeza, controlan el Gobierno y el mando de las Fuerzas Armadas, además de los grupos paramilitares. Asimismo, es necesario indicar que Hama fue un bastión conservador que en ese entonces apoyaba a la Hermandad Musulmana, rival político e ideológico del laico y socialista Partido Baath, en el poder.

La batalla de Hama de 1982 duró 27 días, durante los cuales los militares, jefeados para la ocasión por un hermano del supremo líder, literalmente exterminaron a más de 20.000 civiles. De acuerdo con las cifras del Comité Sirio de los Derechos Humanos, el número de 40.000 muertos es más cercano a la realidad. Asimismo, afloraron entonces acusaciones de que el régimen había utilizado armas químicas en contra de sus propios ciudadanos.

Este trasfondo histórico permite discernir la tendencia absolutista, cruel e inhumana del actual gobernante. Mucho se especuló, cuando el padre falleció, y Bashar heredó el cargo, en julio del 2000, que en virtud de su educación como médico en Londres estaría más abierto a liberalizar y reformar el sistema político. Esta creencia fue nutrida por el mismo Bashar entre los gobiernos occidentales, al punto de que algunos de ellos continúan prendados de esa imagen. No en vano, hace poco, en pleno fragor del azote desencadenado por el régimen, la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, describió a Bashar como “un reformador”. Resulta igualmente revelador que no fue sino hasta la semana última cuando la Casa Blanca, pareja a la retórica europea, comenzó a pedir el retiro de Bashar.

A este respecto, no es posible soslayar la floja reacción de las principales potencias a los sangrientos acontecimientos en Hama. Desde que la violencia en Siria cobró fuerza cuatro meses atrás, el Consejo de Seguridad de la ONU empezó a considerar una resolución de condena contra Damasco, la cual no terminaba de cuajar. Por su parte, de manera notoriamente renuente, algunos Gobiernos impusieron sanciones contra figuras de la dictadura siria, pero sin incluir a al-Assad.

En la semana última, las imágenes e informes de las atrocidades de las Fuerzas Armadas sirias contra la población civil en Hama infundieron mayor vigor a la iniciativa de condenar al régimen en el Consejo de Seguridad. No obstante, las negociaciones entre los Gobiernos encontraron tropiezos. Para empezar, China y Rusia, amigas de Damasco, objetaban una condena y favorecían una excitativa a la moderación de las partes, es decir, incluir a los manifestantes. Líbano, miembro no permanente y satélite de Siria, estaba opuesto a cualquier pronunciamiento adverso.

Finalmente, logrado el consenso con observaciones de Rusia y China, el Consejo emitió el jueves pasado una “declaración” de censura por la violencia contra civiles. Sin embargo, esta declaración no es legalmente vinculante, en tanto que la “resolución” que se anticipaba habría tenido más peso. De todas formas, más allá de la ONU, varios senadores estadounidenses, de ambos partidos, formularon una resolución que prohibiría el comercio y las inversiones norteamericanas en el sector petrolero libio. Aunque ya Estados Unidos había impuesto sanciones años atrás, esta iniciativa las extendería al campo energético, vital para la supervivencia de régimen sirio.

Europa ha evitado sancionar el comercio petrolero, ya que importa la mitad de la producción siria. La otra mitad está destinada a China e India. Ahora, sin embargo, ya considera junto con Washington penalizar dicho intercambio. De prosperar, la medida sí afectaría un ingreso clave para sostener al Gobierno de Damasco.

Un factor crítico en los cálculos del Oeste es la injerencia iraní en el conflicto sirio. Para Teherán, la alianza con Siria es crucial pues constituye el puente de respaldo a Hezbolá, en Líbano, y a Hamás, en Gaza. El alto rango de estos vínculos ha ameritado la presencia en Siria de contingentes de Al-Quds, fuerza élite de la Guardia Revolucionaria, connotados expertos en la técnicas de la represión.

Con todo, resulta esperanzador el giro anti al-Assad que la alianza occidental ha ido asumiendo. Si bien este ha sido un proceso lento, sí parece orientarse a una visión más realista del despotismo sirio. Incluso Rusia, ansiosa de mejorar su deteriorada imagen internacional, ahora ya critica al régimen sirio por sus excesos contra la población civil. Y Turquía, país interlocutor amigable de Siria, censuró el exceso de violencia contra civiles, máxime al inicio del Ramadán. Es de esperar que la actual dinámica mundial conduzca a generar cambios políticos en beneficio del sojuzgado pueblo sirio.

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