El trágico rebrote en los últimos meses de las muertes provocadas por choferes borrachos, es un rompecabezas. Si hemos endurecido las penas contra el manejo bajo los efectos del licor, incluyendo cárcel y decomiso de carros, ¿por qué los borrachos se la siguen jugando?, ¿por qué no los disuaden los constantes controles de la Policía de Tránsito y la probabilidad nada despreciable de que los agarren y les caiga la ley? El rompecabezas se vuelve un enigma cuando uno sabe que la mayoría de esos borrachos no son alcohólicos, enfermos doblegados por una adicción que les nubla el juicio, sino “maes” que se enfiestaron, tipos del montón.
Clasifiquemos a los choferes en tres grupos. El primero es el de los prudentes, que no manejan con tragos ni lo harían, haya o no sanciones duras. El segundo es el de los calculadores, quienes no tienen una oposición moral a manejar tomados, pero se cuidan de hacerlo para evitarse males mayores. Para ellos, sanciones duras valen más que mil palabras. El tercer grupo, el de los majaderos, es el más fregado de todos. Reúnen varios defectos: se creen unos gatazos más vivos que nadie y son egoístas, temerarios hasta la médula. A ellos las sanciones duras les entra por el forro, ahí donde la espalda pierde su buen nombre. Seguirán haciendo lo mismo hasta que se jalen una torta y, entonces, por supuesto, pondrán cara de “me arrepiento del error”.
No tengo la menor idea de los tamaños relativos de cada grupo. Sin embargo, postulo que se distribuyen así: 20% de prudentes; 70% calculadores y 10% de majaderos (pongo cifras con el único propósito de alimentar la discusión). Si los choferes calculadores son mayoría, evidentemente se necesitan sanciones duras contra el manejo bajo la influencia del alcohol para evitar que asomen las orejas. Por otra parte, sabemos que a los prudentes las sanciones ni les va ni les viene. Así las cosas, siempre quedaríamos con un gran problema entre manos: ¿qué hacer con los cien mil majaderos que tenemos?
Habría varias claves. En primer lugar, la educación vial tendría que ser machacada desde kínder, incluyendo los valores de la responsabilidad individual y un conocimiento detallado de la ley. En segundo lugar, endurecería los requisitos para obtener o renovar licencias: rediseñaría los cursos teóricos y prácticos, haciéndolos más exigentes y caros. Que una licencia cueste en serio. Cero tolerancia contra vehículos sin marchamo y revisión técnica y un omnipresente bombardeo de campañas publicitarias. Nada de esto impedirá que los majaderos existan (o que alguien se torne en uno), pero tal vez logremos que pasen de un 10% a un 1%. Más fácil controlarlos cuando son poquitos.