Sentado en la segunda fila, Nando recibe un 25 en matemáticas. La mirada severa de la profesora se endulza cuando pasa a la fila de adelante y le entrega un 100 a Anita. En Nando se mezclan rabia, envidia e impotencia: junto a una nota perfecta, su 25 es un balde de mediocridad cayendo sobre su cabeza. “Cuatro ojos... ¡pecosa!”, farfulla para sus adentros y siente un deseo incontenible de tirar de las trenzas de Anita y hacerla llorar. La cercanía de la profesora lo frena, pero ya habrá tiempo en el recreo para hacerle una broma pesada, ignorarla o contestarle cualquier grosería cuando se acerque a conversar.
Del otro lado del colegio, en la piscina del gimnasio, Pepe –hermano de Nando– le saca veinte metros de ventaja a sus compañeros en los 200 metros libres. “¡Otra medalla para dientes de conejo!”, le grita uno de sus compañeros, incapaz de soltar una frase de felicitación sin mezclarla con alguna descalificación o burla.
A la misma hora, doña Victoria –mamá de Nando y Pepe– recibe un reconocimiento de parte de la Gerencia del banco por ser una cajera velocísima y precisa. Algunos de sus compañeros se acercan a felicitarla, pero la estudiada indiferencia de la mayoría y la risa socarrona de un trío que se queda cuchicheando en el fondo del salón no dejan de incomodarla.
Las incidencias de Anita, Pepe y doña Victoria ilustran una situación en la que el individuo que destaca, en lugar de ser visto como un ejemplo a imitar, es atacado y descalificado por el resto. Este fenómeno ha sido llamado “trampa del desempeño” por el psicólogo venezolano Oswaldo Romero.
La cara oscura de la solidaridad. En nuestra cultura, la solidaridad es un valor central y la base de grandes instituciones creadas para proveer a todos de salud, educación, crédito, energía, vivienda, agua potable y muchas otras cosas. En este sentido, la solidaridad es una red de apoyo y un sistema de oportunidades.
Empero, la solidaridad tiene un lado oscuro, conocido como “igualitarismo”, que empuja hacia la homogeneidad, rechaza la diferenciación y, en última instancia, iguala en la mediocridad. Un ejemplo clásico lo tenemos en aquellas organizaciones que confunden equidad con igualitarismo y los incentivos (reconocimientos al mérito) acaban convertidos en beneficios (“igual para todos”).
El problema es que el igualitarismo produce un clima en el que la excelencia es problemática: si todos somos iguales, entonces ninguno debe destacar. Así, en el país de la trampa del desempeño el tuerto no solo no es rey, sino que tiene que andarse escondiendo para evitar que le arranquen el ojo. En la cultura, encontramos menciones a la trampa del desempeño en la expresión “serrucharle el piso a alguien” y la conocida historia de la caja de langostas que el pescador mantiene destapada, pues, si una de ellas se levanta e intenta escapar, el resto la atenaza y se la trae abajo...
En la práctica, la excelencia es castigada con aislamiento (“¡No invités a esa nerda a la fiesta!”), crítica destructiva y “búsqueda del defecto”. Mención especial merece la tendencia a estar bromeando a costa de alguien (el clásico “choteo”). Xinia Campos, una profesora e investigadora costarricense, ha subrayado lo nefasto de este fenómeno en el aprendizaje del inglés en adultos. Dice: “Si un estudiante es choteado en su clase y se inhibe, la probabilidad de que quiera participar en clase constantemente es casi nula”. Así, choteando a otros, los bajo a mi nivel, protejo mi (baja) autoestima y evito el riesgoso esfuerzo de tratar de crecer.
La famosa película Amadeus (1984) pinta la rabia del maestro Salieri cuando, tras un arduo trabajo, logra una composición que luego es deconstruida y mejorada por el genio de Mozart con una facilidad espantosa.
No es raro sentir envidia y hasta lo que los entendidos llaman “herida narcisista” cuando vemos a otros subir al podio. Empero, cada vez que ello ocurre, tenemos la preciosa oportunidad de decidir si vamos a tratar de empequeñecerlos o de crecer nosotros y elevarnos a su nivel.
El punto es que todos podemos ser como Anita: el secreto está en emplear nuestra energía en aprender de su ejemplo y perseguir la excelencia, en lugar de malgastarla en estar siempre halando sus trenzas.