Los presidentes, al igual que todo el mundo, se enferman. Es parte de la condición humana a la que no escapamos los miembros de la especie. Constitucionalmente, los legisladores de todos los países han previsto estas ausencias temporales, caso de una enfermedad, o definitivas, en caso de muerte de los mandatarios. El país es una razón colectiva, lo que republicanamente se asume como una razón mayor que la individual. Por esto el país-nacional debe seguir adelante, no importa que pueda ocurrirnos individualmente a cualquiera de nosotros. Esto sucede en democracia, pero hay otros casos.
En regímenes donde la autocracia y el culto al líder han llevado a una patológica vinculación de lo colectivo con lo individual, la enfermedad del “líder” supone un viraje de la condición política que se vive, hacia un futuro de incertidumbre. Tales sistemas están atados a una “forma de hacer política” que esencialmente no es delegable ya que está asociada a una persona. Por otra parte, estos líderes que se consideran únicos y providenciales, no piensan mucho en el mañana pues les domina la dialéctica de “luego de mí, el diluvio”. Todo se acaba conmigo, dicho en términos sencillos. Ejemplos históricos sobran. La muerte de Hitler fue el fin del nazismo, la de Mao supuso una enorme torsión en el totalitarismo chino. Todos sabemos que, al desaparecer la monarquía cubana de los hermanos Castro, vendrá un cambio de régimen para la Isla porque el “socialismo” esta simbolizado en el dominio despótico de esto dos hermanos.
Comunismo estatista. De una manera más tropical y desordenada, Venezuela ha seguido los tristes pasos de regímenes autocráticos que ya creíamos superados. Con el llamado “Socialismo del Siglo XXI”, eufemismo edulcorante que disfraza un comunismo estatista retrógrado que ha acabado con el aparato productivo privado y la industria petrolera venezolana, desde el poder ejecutivo se ha ido capturando y aniquilando la independencia de los demás poderes públicos. Incluso el poder ejecutivo mismo ha sido doblegado en apología perpetua al “comandante-presidente” como se le alude, pues ya no se habla siquiera del gabinete ministerial como centro de decisión (el régimen lleva más de 120 ministros, en permanente rotación de cargos). El país ha sido pues, entregado a la voluntad de un hombre, Hugo Chávez, quien participa a los demás sobre el rumbo a seguir.
Tal situación de cosas no es sostenible ni siquiera a corto plazo. El despotismo es la degradación de la democracia y anuncia siempre un inminente cambio de rumbo. En reciente alocución al país, ya no para cantar, contar anécdotas de su vida o vituperar y denostar a sus opositores políticos, Chávez anuncio que tiene cáncer. No dijo nada más. Nadie sabe en realidad qué es lo que tiene, ya que las palabras fueron deliberadamente imprecisas en un régimen que habitualmente produce limbos epistemológicos: “células cancerosas en la zona pélvica”.
Resonancia sísmica. Pero con esto, solo con esto, todo el eje Caracas-La Habana, el Alba, Petrocaribe, los cientos de acuerdos petroleros con Irán, con Bielorrusia, con Nicaragua, ha entrado en resonancia sísmica. El mundo que se ha aprovechado del irresponsable dispendio patrimonial de la “chequera que camina por América Latina”, empieza a ver el día después. Especialmente los cubanos, a quienes Venezuela provee de 100.000 barriles de crudo diario gratis. Más de lo que la Unión Soviética les daba por forzarlos a obedecer. Incluso intelectuales como Heinz Dieterich y Noam Chomsky ya supieron marcar distancias de sus anteriores simpatías con el “militar demócrata de izquierda”. Claramente, el régimen vinculado a una persona, ahora enferma y con futuro incierto, se tambalea.
Venezuela tiene elecciones presidenciales en el 2012. Chávez, aparte de los Castro con quienes co-gobierna Venezuela, es el mandatario más antiguo en la región. Llevará entonces 14 años de presidente. ¿Tendrá salud para una nueva campaña electoral? Nadie sabe.
En el socialismo, las palabras no existen para explicar la realidad, sino para disfrazarla.