Lo peor que ha sucedido es que el Gobierno, en vez de abordar los problemas con la seriedad que el descontento generalizado exige, optó por lo más fácil y engañoso: achacarlo a la falta de divulgación y propaganda.
El frío no está en la cobijas y hay rectificaciones de forma y fondo que hacer. Porque no es que la gente no entiende y los gobernantes son unos incomprendidos, sino que comprende demasiado bien. Pero como el orgullo es necio y terca la prepotencia, como gran medida se obligará a las instituciones a reproducir el mensaje presidencial dominical. Lo cual me recuerda la frase de un escritor, que dijo: “Unos quieren ver para creer; otros creen sin ver; pero usted le gana a todos porque cree a pesar de lo que ve”.
Todos esas ratonerías políticas, que van de la Asamblea a la Cancillería, del MOPT a Planificación, de las municipalidades a Setena y al Minaet, son reflejo de modelos de desarrollo que se adoptaron y semiabandonaron para acabar dejándonos a mitad del río. La consecuencia ha sido que no podemos avanzar, ni retroceder, ni quedarnos donde estamos.
El primer modelo, impulsado por Óscar Arias, fue el de la hiperglobalización neoliberal del Consenso de Washington. Fue la época de las privatizaciones a toda máquina, que hizo decir a Rodrigo Carazo que eso equivalía a “vender las joyas de la abuela”. El segundo, fue el retorno al paraíso perdido de la estatización, al cual nadie (salvo algunos que confundían política con nostalgia), ni quería ni pretendía llegar, por imposible. Y el tercero, fue un estatismo moderado que abriera la economía aquí y allá, pero no acullá, como si la actividad económica no fuera una y estuviera indisolublemente ligada.
De este empate –y claro, de otros factores más-, saltan los males de hoy. Mientras unos empujan la carreta hacia adelante, otros lo hacen para atrás, en tanto otros procuran que no se mueva. Sin embargo la mayoría, está centrada en sus intereses sectoriales, a falta de proyectos nacionales. Eso se ve en el desmantelamiento de las instituciones públicas, en el proyecto de producción eléctrica, en las exoneraciones y operaciones bancarias y financieras, en las concesiones y hasta en el enfoque y trato a la CC.SS. De ahí la parálisis, lo grave de la falta de diálogo, el empate sociopolítico y el marasmo institucional en que nos encontramos.
Este es el resultado del clientelismo, el precio de un bipartidismo que se pudrió y de la falta de exigencia de intelectuales, prensa y comentaristas, que nunca les preguntaron hacia dónde iban y cómo. Era más fácil contar el número de leyes aprobadas.
La clase dirigente dejó de estudiar, no se preparó sino para hacer elecciones; y menos para pensar en el país y con cabeza propia. Por ello, autoabanicarse no es ninguna solución.