En el estudio de la realidad, existen ciencias positivas y ciencias normativas; la ciencia positiva estudia cómo es la realidad, la verdad formal, conocida y evidente, mientras que la ciencia normativa estudia el deber ser, los valores. Cuando hablamos de la ética, nos referimos a la conciencia moral, a ese juicio práctico e inmediato de nuestras acciones. La moral precede a la acción y pertenece a la inteligencia, al entendimiento humano; es el recurso que utilizamos para conocer qué cosa es “el bien o lo correcto” en un determinado momento y lugar.
La ética o conciencia moral es insustituible como norma de comportamiento, ya que una persona obra de buena fe de acuerdo con su conciencia moral y es cuando va en contra de lo que dice su propia conciencia que actúa mal. De allí, la dificultad de hacer coincidir la moralidad subjetiva y la objetiva; que solo podríamos lograr si se fundamenta en los juicios subjetivos y se expresa a través de la sabiduría universal aplicada a la actividad humana, voluntaria y libre, que nos permita unir esas conciencias individuales para formar el comportamiento ético esperado de una sociedad, que a su vez, se ha ido formando como resultado de tradiciones, costumbres, la opinión pública y demás factores del entorno y de nuestro propio desarrollo.
¿Será posible? Existe una ética costarricense, un comportamiento esperado que se fundamenta en nuestra historia, en nuestras buenas costumbres y en los mínimos universales necesarios para una sociedad justa. Lastimosamente, nuestra ética se ha enfermado, se ha debilitado y ha perdido su identidad. Para una sociedad en busca del desarrollo y el crecimiento socioeconómico, la ética se convierte en la mayor expresión de solidez y fortaleza de esta sociedad; ya que, al contar con ella, allana el camino y nos permite enfocar todas nuestras energías y recursos en la búsqueda de ese progreso deseable y congruente con los más altos valores que probadamente nos dieron buenos resultados.
La tarea es identificar nuevamente la ética costarricense, pero ¿cómo?, si se trata de una ética nacional y no personal. ¿Será posible hacer la tarea colectiva necesaria para determinar qué es lo que queremos y hasta dónde queremos llegar? ¿Queremos establecer principios generales y de aplicación subjetiva (ética abstracta) o queremos aquellos que apliquen a problemas reales y específicos (ética concreta)? ¿Nos centraremos solo en lo que está prohibido y no se puede hacer (ética negativa) o se incluirá el comportamiento humano y la realización de la justicia con el objetivo de lograr conductas de mayor calidad ética (ética positiva)?
Ley y ética. No podemos quedar limitados a la legalidad, dado que la ley positiva se ve enfrentada con la ética y la moralidad subjetiva del legislador, el cual tendrá sus propios criterios para elaborar las leyes y al hacer esto, se corre el riesgo de la injusticia como obra humana que es. Además, la ley suele basarse en supuestos generales que, aunque sean válidos, se limitan al comportamiento.
Podríamos entonces partir de la filosofía de Emmanuel Kant, quien fundamentó los derechos morales del hombre en dos formulaciones: 1. “Nunca he de actuar excepto de tal manera que yo pueda también querer que mi criterio pueda convertirse en ley universal” 2. “Una acción personal es moralmente recta si y solamente si, al ejecutar la acción, esa persona no utiliza a los demás meramente como medios para promover sus propios intereses, sino que respeta y favorece su capacidad de decidir libremente por sí mismos”.El pensamiento kantiano, al no ser universal en su aplicación, no nos puede señalar qué derechos morales particulares tienen los individuos.
Además de Kant, también se nos presenta Nozick; otro filósofo con perspectiva libertaria: “Libertad sin restricciones, excepto para prevenir la imposición de mayores restricciones”. En principio, es loable la aspiración máxima de libertad para todos los humanos; sin embargo, no existe garantía real de libertad para todos, dado que “la distribución de beneficios y de cargas en una sociedad es justa, si existen los principios de igual libertad, de diferencia y de una leal igualdad de oportunidades” (John Rawls).
Ley natural. Muchos podríamos coincidir con la ley natural: “Capacidad que tenemos todos los hombres y mujeres para participar por igual de la ley eterna y universal, para descubrir cómo debe comportarse y orientar su existencia hacia el bien”.
El pero está en que solo es válida para quienes creemos en un Dios que gobierna el universo con eterna sabiduría y amor, y que le ha dado al ser humano, como criatura racional, la libertad y responsabilidad para actuar dejándose guiar por esa ley eterna que nos ofrece principios y criterios generales y cercanos a las circunstancias concretas que se deben resolver desde el punto de vista ético.
Dada la diversidad de opiniones y enfoques que pudiesen surgir en ese ejercicio ciudadano y colectivo, les invito entonces a desempolvar nuestra identidad costarricense, a volver a nuestras raíces y cimentar nuevamente nuestras acciones sobre la base de la justicia, la solidaridad y la verdad; solo así, volveremos a encabezar las listas de desarrollo de la región en beneficio directo de la mayoría de la población.
Crecer juntos. Lo importante es comprobar que existen valores mínimos compartidos por casi todos, entre los cuales podríamos mencionar: la validez de la palabra empeñada; el cuidado de no decir nunca lo que no es; el ganar posiciones solo a través del esfuerzo, el trabajo y la honradez; el manejar los recursos públicos con la mas absoluta eficiencia y austeridad; el respeto a lo ajeno y a las autoridades; y el deseo de crecer juntos en una sociedad solidaria que nos garantice estabilidad y armonía en la convivencia democrática que heredamos y deseamos heredar.