Las elecciones de gobernadores celebradas a principios de mes en tres estados mexicanos depararon importantes triunfos para el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y alientan los pronósticos de una imparable victoria de esa agrupación en las votaciones presidenciales del año próximo. En especial, el triunfalismo en las filas del PRI fue abonado por el apabullante desenlace (más del 60% de los votos emitidos) en el crucial estado de México, el más poblado del país.
También en Nayarit y Coahuila el PRI venció con holgura, aunque con márgenes menores. Cabe apuntar que las tres gobernaciones ya estaban en poder del PRI, al igual que otras 16 y cuyo total representa el 51% de la población del país.
En contraste, los otros dos partidos de escala nacional, el Partido Revolucionario Democrático (PRD) y el oficialista Partido de Acción Nacional (PAN), gobiernan en cinco estados cada uno, y ambos cogobiernan en tres. Asimismo, el PRD es titular de la alcaldía del Distrito Federal, la capital.
Sin embargo, la reciente marcha ascendente del PRI también ha generado duras críticas y temores entre la ciudadanía, sentimientos destacados ampliamente en la prensa nacional. Así, ha retornado a primer plano la ingrata memoria del PRI, el partido cuasidictatorial que rigió con mano férrea durante 71 años consecutivos, dispensando prebendas a los incondicionales y tormentos a los disidentes y adversarios.
Una especie de perestroika introducida por Ernesto Zedillo, a partir de 1994, en respuesta a los males sociales y económicos fomentados por el PRI, abrió grietas en el régimen que fue derrotado por primera vez, en el 2000, por Vicente Fox, del PAN. De nuevo, en el 2006, el PAN conquistó la presidencia con Felipe Calderón, quien venció por estrecho margen a una alianza de la izquierda bajo la bandera del PRD y su candidato, Andrés Manuel López Obrador.
A este respecto, no hay duda de que la guerra contra el narcotráfico, emprendida por Felipe Calderón temprano en su gestión, aunque valiente, necesaria y resuelta, devino con el tiempo en un factor de desgaste para el Gobierno y el PAN, que al final se impuso sobre los buenos resultados económicos obtenidos en la presente administración. Paradójicamente, como bien apunta The Economist, la batida contra el crimen emprendida por Calderón, inaplazable a la luz de las dimensiones alcanzadas por el azote de la droga, permitió mejorar la atmósfera económica del país. No obstante, llegada la pujanza, los beneficiarios se sienten hoy cansados de la violencia. Esto es comprensible, pero, aparte de la contemporización nefasta de épocas del PRI, las opciones son muy pocas. ¿Se estará gestando un vuelco al ayer?
De acuerdo a denuncias múltiples, en la reciente ronda estatal, el PRI arrolló con una maquinaria electoral de viejo cuño que no tuvo reparos en repartir dinero y alimentos a cambio de votos. Pero también es cierto que los candidatos del PRI eran en esta oportunidad caras nuevas y más jóvenes que las usuales figuras anquilosadas del partido. En especial, el saliente gobernador de México, Enrique Peña Nieto, parece haber concretado su candidatura a la presidencia por el PRI, el año entrante, gracias a su gestión y, sobre todo, la eficacia de su bien aceitada estructura política que permitió arribar al desenlace del 3 de julio.
La imagen ganadora de Peña Nieto proviene sobre todo de su ambicioso programa de construcción de obras públicas y la intensa campaña de medios que lo amparó. Entre tanto, el desempleo, el crimen y la pobreza aumentaron dramáticamente, fenómenos que el gobernador atribuyó a las políticas de Calderón. Nada de esto es promisorio para el pueblo mexicano.
No hay duda de que tanto Zedillo como Fox y Calderón promovieron iniciativas de transparencia electoral y administrativa muy loables. Sin embargo, aunque algo se ha avanzado en ese camino, más se ha perdido en el archipiélago legislativo y la maraña federal. El PRI sigue contando con un extenso aparato político y electoral, además de la fidelidad de poderosos sindicatos.
Ante tal panorama, solo una campaña muy intensa, perseverante y, sobre todo, inteligente, sería capaz de esclarecer a los votantes una realidad lamentable: el PRI no es un nuevo modelo, sino la satrapía de antes con disimulos. Las actuales fachadas se muestran jóvenes y renovadoras, pero sus frutos siguen siendo los mismos de antes. Concretar transformaciones tan profundas en la visión y acción de los partidos que se enfrentan al PRI no parece fácil. “Si los comicios del Estado de México han sido un ensayo general para las elecciones federales del 2012, podemos pensar que la votación federal dentro de un año será también decepcionante”, escribió al respecto el analista mexicano Sergio Sarmiento, en Reforma.
Con todo, el ámbito de la política nunca cesa de sorprendernos, y quizás el futuro cercano depare el cambio extraordinario que el sistema político mexicano demanda en bien de la democracia.