Buenos Aires
Siete jugadores de esta desilusionante Selección Argentina son santafesinos: Messi, Banega, Di María, Mascherano, Lavezzi, Carrizo, Garay. Por eso y porque nunca la Celeste y Blanco había jugado en Santa Fe, un público fervoroso, emocionado, cálido, le dio la bienvenida al equipo nacional. El estadio de Colón puesto de punta en blanco, el césped resembrado por un experto para que la bola ruede lisita, los desvelos organizativos, el calor inocente, la alegría casi infantil de los hinchas del Interior, menos acostumbrados al ruido grande, más pueblerinos, por recibir a sus ídolos. Rezumaba orgullo la gente, olvidada ya del magro debut ante Bolivia. Hizo de cuenta que no existió aquel 1 a 1 y le renovó todo el crédito al ¿equipo ...?
Noventa minutos después del apoteótico recibimiento, esa montaña de cariño fue mutando de ilusión a desencanto, luego disconformismo, enfado, ira, hasta terminar en canto hiriente. “Me dolió la reacción de la gente”, reconoció Gabriel Milito, uno de los responsables del tembladeral que fue la defensa.
Esto demuestra, contra la creencia generalizada, que nunca la tribuna levanta a un equipo, es el equipo el que la enciende. O, en este caso, el que la apaga.
Lo único que quedaba para festejar era el resultado. Pocas veces un 0 a 0 es tan generoso como lo fue con Argentina anteanoche. Colombia fue superior desde el primero al último pitazo. Nada excepcional, sí un conjunto ordenado, bien plantado en el campo, con marcas firmes, llegadas claras. Como dice la tribuna, un equipo que sabe a lo que juega. Y varios futbolistas interesantes. Le sobran delanteros en esta generación a Colombia. Falcao García, Dayro Moreno, Teo Gutiérrez, Jakcson Martínez, Hugo Rodallega, Adrián Ramos... a cual mejor. Seis llegadas claras tuvo Colombia frente a un par de Argentina.
Entusiasmante lo del país de García Márquez. Un futbol que siempre ha sido animador, dueño de un estilo agradable y que intenta salir de un pozo que lo marginó de tres Mundiales consecutivos. Venía cuestionado Bolillo Gómez desde su mismo nombramiento, pero con el triunfo ante Costa Rica, y sobre todo en este empate ante Argentina, acalló todas las críticas, calmó las aguas. Navegará con viento de cola en el mar de la eliminatoria. Se ha recibido de gran candidato a quedarse con uno de los cuatro cupos y medio asignados a Sudamérica.
Curiosamente, este 0-0 de Santa Fe le da un valor agregado a la actuación de Costa Rica con Colombia. Con su selección alterna, plena de jóvenes, le propuso un partido difícil, jugando con diez hombres durante largo rato. Se le presentó más fácil a Colombia el conjunto de Batista que el de La Volpe.
El primer destello que iluminó el pensamiento durante la noche santafesina, fue el futuro. Luminoso el de Colombia, oscuro el de Argentina. A partir de la ecuación de que en Suramérica pueden clasificar 5 sobre 9 al Mundial, en cualquier análisis se descuenta un boleto albiceleste. No estamos tan convencidos. Jugando así, la va a tener difícil. Sus 8 contendientes han mostrado tener mejor organización de juego, más espíritu de combate. Como expusimos tras el partido frente a Bolivia, fue un equipo versus 11 jugadores. No hay elementos que permitan vislumbrar un cambio.
Sergio Batista declaró en conferencia de prensa: “Confío en los jugadores y en el trabajo que estamos haciendo". El pueblo futbolero, sin embargo, no confía en él, y menos en el trabajo que viene haciendo. Lo expresó rotundamente tras este 0 a 0. Le bajó el pulgar porque no advierte un plan, una idea. Lo sostiene la chapa de su pasado de buen jugador, de campeón del mundo, de persona correcta, Checho es un caballero. La Nación de Buenos Aires refleja el sentir popular con su título en la portada del cuadernillo de deportes: “Tocó fondo”. Es difícil jugar peor.
Años lleva Argentina sin rumbo, jugando mal, dilapidando buenas generaciones de futbolistas. A veces la salvan las individualidades, pero cada vez menos porque el juego está absolutamente colectivizado. Es una granja participativa donde el engranaje puede maquillar la mala tarde de una pieza, pero difícilmente una pieza logre salvar al resto de la maquinaria.
También hay una idea errónea, y generalizada, de que le sobran jugadores. Tiene buen material de tres cuartos de cancha en adelante. Hacia atrás, no encuentra un zaguero de clase, un marcador de punta de esos impasables, un cinco de calidad. Incluso ha venido de tumbo en tumbo con los arqueros.
¿Y Messi...? Desolado en medio de tanta confusión. Harto de no recibirla, frente a Bolivia terminó jugando casi en la mediacancha. El gran jugador baja solo, sin que se lo pidan, porque necesita el contacto con el esférico para hacer la diferencia. Y porque hay que asociarse. Batista protestó: “Él no debe jugar tan atrás, tiene que quedarse arriba”. Le dieron la orden de no bajar ante Colombia; casi no la tocó. Es inquietante: el barco hace agua, pero no hay un marinero que le pueda alcanzar la pinza al plomero para que arregle la pérdida.
Mientras, algunas voces rebuznan: “¿Y el plomero... qué hace...?”