EDITORIAL

Deber de probidad

La obligación de probidad de los funcionarios públicos debe ser observada minuciosamente, más allá de su definición legal e incluso en el reino de las apariencias

Conductas inconvenientes, otrora ignoradas, son hoy una dramática demostración de la desconexión entre importantes sectores de nuestra política y la realidad nacional

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12:00 a.m. 01/07/2011

La pretensión de cinco diputados, jubilados del Magisterio Nacional, de conseguir una pensión calculada a partir del último salario devengado como legisladores, fue derrotada en la Sala Constitucional. Hasta ahí llegaron los representantes populares en su lucha por impedir la aplicación a sus casos de una resolución de la Junta de Pensiones del Magisterio Nacional (Jupema) que prohíbe calcular las pensiones del Magisterio con base en ingresos ajenos a la educación.

Los diputados, cuyas pensiones van de ¢350.000 a ¢700.000, salvo uno de ellos cuya jubilación alcanza ¢1,6 millones, pretendían obtener ¢3,5 millones mensuales a partir de su salida del Congreso por el solo hecho de haber permanecido en él durante cuatro años.

La pretensión de los diputados no es novedosa, como lo atestigua la medida de Jupema, adoptada en el 2009, precisamente para cerrar el camino a legisladores y otros funcionarios que pedían un nuevo cálculo de sus jubilaciones al dejar la función pública. En algún momento, esas jubilaciones cobraron tal prominencia que recibieron un nombre propio, “pensiones de lujo”, y así se instalaron en el debate público y la indignación popular.

Pretender revivirlas a estas alturas es una dramática demostración de la desconexión existente entre importantes sectores de nuestra política y la realidad nacional. María Antonieta, según los historiadores, nunca sugirió que, a falta de pan, el pueblo comiera pasteles. La frase, empero, recoge a la perfección el espíritu de desapego de la realidad imperante en la corte de Luis XVI. Aquella era una monarquía absoluta y no pueden derivarse símiles sin una grosera exageración, pero sirva la caricatura para recordar la relación entre la estabilidad del régimen, aun el democrático, y su legitimidad basada en la respuesta puntual a las aspiraciones de los ciudadanos.

Cinco diputados, de fracciones muy diversas, no son el Gobierno, pero tampoco son poca cosa. Hay fracciones legislativas con igual o menor número de miembros. Sus desaciertos, además, tienen un efecto acumulativo con otros cometidos en la propia Asamblea y en los demás centros del poder político.

Así, el Poder Ejecutivo se ha sentido en la obligación de exigir explicaciones a otro diputado cuya intervención frena la construcción de un colegio en la zona sur del país. De por medio hay supuestas deudas de la empresa constructora con el legislador y, según la empresa, el pago de importantes sumas al legislador.

El presidente ejecutivo del Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados, por su parte, se ve en el trance de renunciar a raíz de un viaje a México, donde se reunió con una funcionaria de la institución. Poco antes de la dimisión, la Procuraduría de la Ética había rendido un dictamen donde le atribuía faltas a las normas contra la corrupción. El viaje se costeó con fondos públicos, y la funcionaria involucrada también es objeto de investigación.

En los ministerios de Trabajo y de Turismo, el escándalo por presunto acoso y relaciones inconvenientes alcanza las más altas esferas, y, en la Cancillería, una funcionaria nombrada con fuerte intervención de la política devengó $50.000 en salarios, solo para darse cuenta, al final, de que no recibiría la aceptación del país donde se pretendía acreditarla.

Los casos citados son muy disímiles, pero tienen en común la despreocupación por la salud y legitimidad de nuestras instituciones que dependen, en última instancia, de la confianza en ellas depositada por los ciudadanos. La obligación de probidad de los funcionarios públicos debe ser observada minuciosamente, más allá de su definición legal e incluso en el reino de las apariencias, porque el descrédito ya tiene años de incubación y el país no merece ver expuesto a semejante peligro lo que tanto tiempo y esfuerzo le ha costado.

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comentarios

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Diego Porras Fernández 17:27 1/7/2011

Sería interesante que LA NACION investigue y denuncie a la opinión pública un acto inmoral y asqueroso en la Asamblea Legislativa, donde un diputado después de muerto hereda su pensión a los hijos solteros que le sobrevivan. Existen casos donde esos hijos son capaces, profesionales e incluso empresarios y disfrutan de la pensión de su fallecido padre o madre legislador solo porque así lo establece una legislación tan abominable. Me encantaría ver algo de esto denunciado por la prensa. Que opinan

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Henry Guerrero Alfaro 15:53 1/7/2011

Me parece un excelente editorial, claro que le faltan otros casos como el diputado que se fue al sur y dejo la factura para que JODESUR pagara la cuenta y luego sale a decir que fue un mal entendido. Si algo deseo acotar no se que pensar si es que hay mas gente que denuncie esos cosos o es que mas corrupcion y mas que denunciar, claro esta preferiria que fuera la primera, para pensar que la nueva generacion que asoma a la politica no desea ecibir un pais corrupto. Claro al final son conjeturas.

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Jaime Sandoval G 13:12 1/7/2011

Que barbaridad y hay inescrupulosos que justifican estos actos con frases como "eso se usa", "es normal", ya los viera si fuera con el dinero de ellos que se despilfarra inmoralmente.

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Miguel Sánchez Fonseca 10:45 1/7/2011

En días pasados el programa 7 días nos mostró la realidad de nuestros hermanos en Talamanca y saber que el diputado que los representa anda en tanta sinverguenzada lo llena a uno de cólera. Bien por el periodismo investigativo.

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Giovanni Porras Villalobos 08:45 1/7/2011

¡Excelente editorial, felicitaciones! Los casos de corrupción no solo deben ser objeto del repudio popular y tener consecuencias laborales, los culpables deben dar cuentas ante la justicia, tanto penal como civilmente. No es posible que se dilapiden millones de colones, o cientos de miles de dólares y no haya responsables civiles, pues al final somos el pueblo quienes pagamos esas piñatas. Parece que si no fuera por las denuncias de la prensa, las autoridades dejarían esto en el olvido.

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