Es cada vez más complejo abogar por la integración centroamericana, procurar una unión aduanera que mejore la dinámica comercial y buscar encadenamientos productivos intrarregionales, si nos encontramos una aduana con el grado de ineficiencia y caos de la de Peñas Blancas.
Un curso en el Incae en Nicaragua, me llevó a viajar a nuestro vecino del norte vía terrestre. El caos no se limita al transporte de carga, lo sufren también los pasajeros, pero a un nivel nada comparable con los transportistas de mercancías. Para un pasajero que viaje en bus, cruzar la frontera puede demorar hasta 2,5 horas solo realizando trámites.
Con diferencias en los procedimientos en cada país, los tiempos de espera no son muy distintos. En Costa Rica cada quien realiza sus trámites, mientras que en el lado nicaraguense es la empresa autobusera quien los efectúa. Cada pasajero debe entregar el pasaporte y realizar un pago de $13 u ¢8.000.
Sinceramente, no entendí cómo nuestra moneda se devalúa en pocos metros de distancia con tipos de cambio sacados de la manga. Una funcionaria de Migración se ubicó en la puerta del bus y llamó a cada pasajero para entregarle su pasaporte, devolviendo la tranquilidad a más de un extranjero que no entendía por qué un documento de este tipo se lo habían quitado.
Aparte de los trámites migratorios, debemos pasar en ambas fronteras por un proceso de revisión de equipaje, teniendo que sacar las maletas del bus y abrirlas en otro lugar para que sean revisadas. Con una revisión superficial o ninguna de parte de funcionarios de Gobierno y nulo control por parte de la empresa transportista, perfectamente se pueden sacar las maletas del bus y volverlas a meter sin que nadie corrobore si se llevó a cabo el proceso.
Pese a lo anterior, lo más sorprendente fue ver la situación del transporte de carga del lado tico, cuando regresaba al país. Aquellos vehículos que llevan el esfuerzo exportador de muchas empresas y hacen que los países del Istmo se conviertan en uno de los principales destinos de las exportaciones de productos alimenticios y manufacturados estaban atascados en una fila interminable.
Estaban esperando cruzar la frontera 264 unidades de transporte y había también un doble carril en el espaldón, que se extendía hasta el primer puente viniendo de la frontera, el cual, si es el utilizado para las unidades que vienen con los documentos transmitidos desde otras aduanas distintas a Peñas Blancas, no veo cómo este pudiese funcionar para agilizar el proceso, sin señalamientos visibles y sin un solo oficial de ningún tipo. Algo que también me llamó la atención fue que cerca del poblado de La Cruz, comenzaba otra fila, esta vez de 74 unidades de carga.
Esta realidad lacera cualquier esfuerzo de mejorar la competitividad y los intercambios comerciales en la región. Atenta contra los cientos de conductores que tienen que esperar horas y sin las condiciones básicas; además, estimula todo tipo de negocios y actividades en la frontera, al verse imposibilitados los transportistas a realizar ellos mismos los trámites.
La situación es grave. Y si es complicado para un pasajero de autobús pasar alrededor de 2,5 horas cruzando la frontera, no me imagino estar hasta 36 horas esperando en un vehículo de carga. Me pegunto si en el resto de las fronteras de la región será igual o somos quienes tenemos el “honor” de tener la frontera más caótica.
Más preocupante aún es que otros Gobiernos han tratado de intervenir con fuerza y no han podido resolver el problema. El Gobierno anterior nombró una comisión de alto nivel, conformada por viceministros y jerarcas de otras entidades relacionadas con la operación de Peñas Blancas y, viendo esta realidad, me doy cuenta lo poco efectiva que fue.
Esta es la triste realidad de un paso fronterizo vital para nuestro país, el cual parece no ser prioridad para nadie.
Luis Obando. Asesor en Comercio Internacional de la Cámara de Industrias de Costa Rica