Pilas de Buenos Aires. Sentada en una banca en el corredor de su casa y con la mirada clavada en la Fila Hipólito, una pequeña montaña ubicada al frente, Hellen Henrichs lanza un no rotundo a la represa de El Diquís.
Vecinos opinan sobre El Diquís
“Yo nací aquí y aquí vivo tranquila con mi familia, me gusta este pueblo y este ambiente. La represa afecta a demasiados pueblos”, argumenta la joven de 25 años, quien está a punto de graduarse en Administración de Empresas con énfasis en Turismo.
Precisamente, Ellen escogió esa carrera con la idea de promocionar los bosques, cataratas y los ríos cristalinos que, según dice, aún se conservan en este caserío.
Con la hidroeléctrica El Diquís, Colinas quedará bajo el agua y junto a él los sueños de Ellen, quien no encuentra apoyo ni en su familia para detener la planta. “A veces me pregunto si será que este pueblo no es tan lindo como a mí me parece”, se cuestiona.
Su madre, Eriselda Atencio, que ha escuchado desde la sala los argumentos de su hija, sale al corredor y da su criterio. “A pesar de que también nací aquí, pienso que si hay que irse hay que irse y no echarse a morir”.
“Yo le digo a ella (Ellen) que cuando aquí llegó la electricidad fue una gran alegría. Ahora nos toca sacrificarnos para que la luz llegue a otros pueblos”, dijo.
Las divergencias de la familia Henrichs Atencio son el común denominador entre los vecinos de las 10 comunidades que serán inundadas total o parcialmente para dar paso al embalse de una planta de 650 megavatios de capacidad, la hidroeléctrica más grande por construirse en el país.
El proyecto del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) ha hecho aflorar sentimientos de dolor y esperanza entre las 416 familias (1.547 personas), en su mayoría agricultores quienes asumirán el mayor sacrificio: dejar para siempre sus pueblos.
Sus viviendas, plazas, escuelas, iglesias, fincas, pulperías, parte de su historia y de su propia identidad quedarán bajo el agua
Pilas de Buenos Aires es uno de esos pueblos abrigados por montañas que desaparecerían. Incluso, será el punto más profundo de la represa, entre las zonas habitadas.
Para algunos de sus habitantes, la idea de la hidroeléctrica es simplemente inadmisible. “Aquí nació mi abuelo, mi padre y yo tengo 76 años de vivir aquí. Ahora me dicen que me van a poner a vivir mejor, pero cómo voy a estar mejor si me quitan lo que tengo ¿’Ígame usted?”, interroga Rafael Granados.
Sin embargo, a menos de un kilómetro de distancia, hay vecinos que abrigan la iniciativa del ICE y ven en ella la oportunidad del futuro. Esta es la posición de quienes resienten el abandono estatal que los ha privado de tener caminos transitables, mejores escuelas, centros de salud, acueductos y mayores oportunidades de empleo.
Sin estar bajo el agua, sienten haber desaparecido del mapa nacional desde hace rato.
La presencia del ICE en la zona ya empieza a cambiar esa realidad. El Instituto rehabilitó caminos y puentes que antes a duras penas permitían el paso a caballo. También ha colaborado con los acueductos, escuelas e iglesias.
“Este proyecto es de mucha importancia para el país y trae grandes beneficios. Como habrán visto, el ICE está haciendo caminos y ayudando a las comunidades”, comenta Evelio Henrichs.
Nuevos pueblos. Como parte de las medidas que exige la Secretaría Técnica Ambiental (Setena) para aprobar el Estudio de Impacto Ambiental, el ICE prometió a las comunidades que serán afectadas por el embalse, el reasentamiento en fincas vecinas. Es decir, volver a construir el pueblo pero en otro lugar.
Esperanza Burgos, encargada de la unidad de Reasentamientos de Poblaciones del proyecto, explicó que a cada comunidad se le dan tres alternativas de fincas para que ellos escojan. Algunas ya han visitado los sitios y, por medio de una votación, seleccionaron el lugar.
El Instituto se compromete a darle a cada uno un pedazo de tierra para que cultiven. La distribución se hará en forma proporcional al terreno que poseen hoy (aún no está definido el máximo a entregar). Quienes tienen fincas muy grandes, se les indemnizará. El ICE también les ha prometido construirle sus casas, escuelas e iglesias.
Asimismo, ha hecho un minucioso inventario de todos los bienes con que cuentan los pobladores, como huertos y animales domésticos, para compensar las pérdidas.
De acuerdo con Burgos, entre 60% y 70% de las familias apoya el reasentamiento.
Los más optimistas con la instalación del embalse creen que el turismo alrededor de esa enorme piscina traerá nuevos empleos. Pero reconocen que siendo agricultores de toda la vida deben capacitarse.
Para don Rafael Granados, quien deberá renunciar a su finca de 400 hectáreas, la represa no es alternativa ni presente ni futura.
