Sociedad

Limoncito sale de las sombras

De como un futbolista, un misionero y un ingeniero intentan proteger de las drogas y la violencia a más de un centenar de niños y adolescentes de Limoncito, uno de los barrios más peligrosos del Caribe.

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Ángela Ávalos y Alonso Tenorio aavalos@nacion.com 12:00 a.m. 20/03/2011

Cae el sol sobre puerto Limón. Bajo el manto de celajes, más de un centenar de niños y adolescentes corre tras varias pelotas descosidas, reventando la energía de su juventud contra el suelo de la plaza.


Ese jueves no es un día cualquiera. Si fuera martes, con toda seguridad el sitio estaría vacío y los vecinos, encerrados en sus casas. Sonaría casi a blasfemia pensar en salir a la calle cuando el sol cae y empiezan a merodear los narcos, que se creen los propietarios de Limoncito hace años.

El atardecer de aquel jueves pasaría sin novedad de no ser por las risotadas y las carreras alrededor de la plaza. Es un escándalo delicioso que despereza a los congos y atrae a las purrujas.

Luis, un quinceañero color negro-betún, llega a jugar descalzo, sin tacos porque no tiene, algo que parece no importarle, según se desprende de la energía que le pone a cada “bombazo” contra el marco. Sus chancletas las dejó en la orilla, observando.

Christoper, de 11 y tan negrito que solo se le ven los ojos y los dientes en la noche, viene a entrenar desde que lo convencieron de las desventajas de empezar a fumar tan temprano.

Un “amigo” lo inició en el vicio a los 8 años de edad. Ahí estaba ese jueves, entre los más chiquitillos, pateando el balón. Su “amigo” paró en San José. Salió huyendo del puerto amenazado de muerte.

Manuel Mora, de “veintipico”, entrena por las tardes gracias a una fianza. Está esperando la hora del juicio donde conocerá cuántos años le impondrán por “palmar” a un man –dice que en defensa propia– que se le metió en una borrachera. Julio será el mes de su sentencia y del fin de su libertad.

Al de las trenzas largas, el viento se lo quiere llevar de lo flaco que está. Lo apodan Guti por sus jugadas tan parecidas a las del exfutbolista del Real Madrid.

Se llama David Vargas, tiene 23 años y llegó hasta ahí solo. En sus inicios, era un espectador más, pero de esos que molestan. Él mismo cuenta cómo insultaba y amenazaba durante los entrenamientos a quienes hoy son sus compañeros de equipo. Un día de tantos, hará casi dos meses, cedió a la invitación y traspasó los límites de la plaza para metérsele de frente al esférico.

La bala que Guti guarda en su muslo derecho y los recuerdos de los asaltos que protagonizó, son parte de las memorias que le sirven de combustible para mantener intacta su capacidad de soñar. Por eso está ahí. Desea ser un gran futbolista, como José, de 15; Leonel Blandón, de 19 años; Obed, de 12, y el mentaoOjitos, Jorge Luis Jiménez Sojo, de 20 años de edad.

Un misionero, un futbolista y un ingeniero son los principales responsables de que este centenar de jóvenes entrene en uno de los sitios más peligrosos de Limón, adonde pocos se atreverían a entrar por su propia cuenta.

Desde la oscuridad

El escándalo al atardecer tiene el poder de sacar del letargo a los vecinos. Por dicha, no son ni pleitos ni operativos policiales. Son los chiquillos “del proyecto”, como le llaman a esta incipiente escuela, bautizada con el nombre Futbol con Dios.

De no ser por estos jugadores en potencia, los lugareños no se atreverían a dejar sus casas después de las 5 de la tarde, como suele suceder los martes, cuando no hay entrenamiento.

Las prácticas son el único solaz en una comunidad donde la pobreza, la falta de oportunidades y la delincuencia, han echado raíces casi tan profundas como los mangles en las ciénagas del puerto.

Si para los adultos es difícil y triste vivir en un barrio donde abundan las balaceras, a los niños esa carga se les multiplica. Ahí no hay dónde jugar. La plaza de esta historia fue un montazal donde se ocultaban drogadictos e indigentes. Las cepas de zacate son vestigios de esa época. A la orilla, se levantan vestidores en ruinas.

Un año atrás, los menores de Limoncito solo tenían dos salidas: encerrarse entre las rejas de sus casas y las latas de sus ranchos, o salir a dar vueltas por las calles llenas de polvo y basura, bajo la amenaza de convertirse en presa de los delincuentes locales. Muchos corrieron ese riesgo y terminaron como Manuel o Christoper.

No importa que no haya suficiente luz alrededor de la plaza. Con la que haya al morir la tarde, Gerania Zumbado se las ingenia para ver entrenar a sus tres hijos. Mauren Ruiz Rosales, de 24 años, tampoco falta cuando juegan dos primos suyos, de 25 y 26 años.

Dice Carlos Manuel Salas –quien lleva 25 años de vivir ahí– que las guerras entre pandillas son las responsables de volarse a balazos las lámparas de los postes de alumbrado eléctrico. Si acaso, quedaron tres en uso. El resto, terminó desmantelado por los delincuentes, que se subían a los postes para arrancar todo lo que resultara útil para vender e intercambiar por droga.

Entre las más de 6.000 almas que circulan por las callejuelas de Limoncito, hay cientos de niños. Cientos. El misionero de los Soldados de la Cruz –grupo cristiano de origen estadounidense–, Erubei Concepción Ayala, encontró en esa juventud en riesgo su siguiente misión.

Erubei –de origen panameño– venía de Liberia, donde conoció al futbolista William Sunsing. Allí crearon una escuelita de futbol en barriadas pobres. Pero nada como esto, a lo que empezaron a dar forma cuando el misionero se enteró de que el jugador integraba las filas de Limón FC.

Su propuesta no cayó en saco roto. Sunsing se apuntó de inmediato en el proyecto de quitarle espacio a los delincuentes y arrebatarles la carne de cañón que usan en su guerra de guerrillas: los niños y jóvenes.

El trío lo completa el ingeniero eléctrico Celso Medina Hudson. Celso le mete el hombro a Sunsing en los entrenamientos con los chiquillos.

Desde hace más de tres meses, el futbolista de primera división combina sus intensas prácticas en el renovado estadio limonense, con los dos o tres atardeceres semanales en los cuales llega a entrenar a este mar de fiebres que integran la lista de Futbol con Dios.

Este deporte sirve de gancho para distraer a los pequeños y dirigirles la mirada hacia otro horizonte.

El único requisito para integrar el equipo es cumplir con las reglas del juego limpio: terminantemente prohibido consumir drogas o fumar; no tomar licor; no decir obscenidades; tampoco pelear antes, durante o después de los partidos; estudiar y sacar buenas notas; no portar ni usar armas e ir a la iglesia al menos una vez a la semana. Y más de cien están cumpliendo con ese reglamento al pie de la letra.

Quienes cumplan esas normas acumularán puntos por buen comportamiento y serán premiados por eso, como un incentivo para seguir avanzando por el mismo sendero.

Por soñar no se cobra

Para estos pequeños, patear sin tacos y hasta con el pie pelado, jugar sin uniforme, con bolas despellejadas de tanto uso y una cancha a oscuras, no es nada. Están habituados a vivir con falta de todo.

La ilusión y la esperanza son más poderosas que el hambre y el dolor de dejar la piel de los dedos colgada de las piedras.

John Steven Vargas, de nueve años, cayó rendido en el suelo apenas comenzó el entrenamiento del viernes. “Ya no echo. Yo me canso muy rápido”, contó con naturalidad, como si aquella caída no fuera la primera.

La razón la conocimos unas horas antes, cuando visitamos su casa, esa misma mañana. Su hermano, Keilor, de cuatro años, se encargó de revelarla: “Café pelao”. Eso fue lo que comieron el jueves; también fue el único desayuno y almuerzo del viernes.

El tugurio donde viven con otros cuatro hermanos y su mamá, Maribelle Vargas Retana, queda en Los Lirios, el sector más bravo de Limoncito. Por ahí, en diciembre pasado, una bala perdida mató a una escolar que salía de la fiesta de la alegría.

El mayor de los seis hijos de Maribelle es Guti. Sin duda, esta es una familia con sueños de futbolistas, en la cual hasta Keilor aspira a convertirse en portero cuando sea grande. De no ser por ‘el proyecto’ –como ya todos lo conocen–, esos sueños tendrían poco asidero porque se trata de una familia en miseria, como el 5% de las que habitan Limón.

“Yo vivo de la basura”, dijo la mujer de 40 años, para contar luego que las paredes, puertas, armarios, sillones y camas han salido de los botaderos del barrio.

“Café pelao”, repitió Keilor cuando le preguntamos, otra vez, qué desayunó ese día. El pan lo ven solo cuando Maribelle manda a John Steven a pedir regalado a una panadería.

Verificamos los pocos comestibles en el armario de la cocina: una bolsa de frijoles y dos de macarrones. Un pichel de plástico tenía el café que Maribelle coló esa mañana.

Guti es el responsable de traer algo para comer todos los días. La última semana no tuvo. Está desempleado. Asegura que mastica el inglés y que ya ha llevado cursos de guía turístico para recibir a los visitantes que se bajan de los cruceros en el puerto.

“Nadie da chambita. Cuando llego a un lugar, lo que me dicen es que acaban de echar a dos”, narra sentado en el brazo de un sillón que sacó de la basura (su foto aparece en la página 8). Es difícil llegar a la casa así, dice, sobre todo cuando Keilor –quien lo ve como el papá, a quien no conoció– lo recibe con una exhaustiva revisión de las bolsas de la pantaloneta para ver si le trajo un confite aunque sea.

El mayor de los Vargas consumió droga, vivió en las calles (“¡viera lo que es pasar frío a las 3 de la mañana en una de las bancas del parque Vargas!”, contó), y cayó varias veces en la comandancia limonense siendo menor de edad. Asaltó por hambre y para consumir droga.

Maribelle, que no vivió una infancia y juventud más fáciles –su papá la llevó a perder a Limón, como si fuera un perro–, reconoce que el futbol ha cambiado a Guti. “Ya no fuma. Va al templo y se preocupa más por nosotros”, contó, dejando ver unos ojos bellísimos, de un verde amarillento que le hacen juego con el bronce de la piel. Bellos pero inmensamente tristes.

Sobre la misma calle, el rancho de Rigoberto Riguillo Mora, de 27 años, está vacío. Es más grande que el de Guti pero solo tiene dos camas y una banca.

Riguillo tiene su pierna derecha enferma. Dos huecos a la altura del tobillo se abren paso entre la carne. Los “protege” con un pañuelo azul bien amarrado.

“Es un hongo, es un hongo. Tengo que ir al hospital, pero no tengo pa’el pase”, dice con esa rapidez y mezcolanza de palabras que revelan su retraso mental.

Aún en esas condiciones, se animó a entrenar el día anterior. Compartió la competencia de velocidad y pateó la bola aunque le doliera, y lo hizo descalzo, como acostumbra andar la mayor parte del tiempo. Es hermano de Manuel, el mismo que también se apuntó al futbol mientras espera sentencia por un asesinato que cometió por defensa propia, según dice.

En esa casa, solo tienen plátanos y chiles picantes para comer. En medio de tal escasez, Riguillo ofreció a los improvisados visitantes unas cuantas manitas de plátano y varios chiles de la mata que crece en el patio.

Su mamá da fe de que él y Manuel se están portando mejor desde que descargan su energía en la plaza de Limoncito. “Ya no consumen tanto. Dejaron esa cochinada (la droga)”, dijo Alicia Mora, de 57 años. No tiene dientes y parece 20 años mayor por la vida que ha llevado.

Esto va para adelante

Melania González prefiere ver a tres de sus cinco hijos pateando la bola que perdiendo el tiempo en las esquinas del barrio.

Ella ha sido testigo de cómo muchos de los chiquillos que crecieron junto a sus hijos Jason, José y Eduardo, han caído en las garras de la droga y la delincuencia. “Esto es comidilla en todo lado: ‘¿Viste? Fulanito ya se metió en eso’”, cuenta simulando alguna de las tantas conversaciones sostenidas con otras vecinas.

No hace mucho tiempo, varios de sus muchachos dejaron el colegio y se han dedicado a trabajar para mantener la casa, que también queda en Los Lirios.

Eduardo, el mayor, tiene 21 años. Se salió de sétimo y ahora trabaja, cuando le sale algo, en construcciones vecinas.

Melania ve los entrenamientos de futbol en la plaza de Limoncito como una bendición caída del cielo : “Eso es mejor que andar de vagos en la calle. El cambio en mis hijos ha sido notorio”.

Cuando Sunsing, Erubei y Celso se enteran de esos comentarios, sonríen. Parte de los objetivos de Futbol con Dios es unir a las familias y ayudar a convencer a los jóvenes a soñar y cumplir sus aspiraciones.

Entre las calles llenas de polvo, donde antes hubo alguna mezcla similar al asfalto, ahora se respiran otros aires. Cuantas veces a la semana se pueda, el corazón del barrio empieza a latir con fuerza, a bolazo limpio.

Son atardeceres como nunca antes los vivió Limoncito: niños tomados de las manos, negros, blancos y mulatos. Rezan antes y después de entrenar. Dan gracias a Dios por un día más sin drogas, porque los aleja de la violencia y les da el valor para escribir una historia diferente.

Lo están logrando. Solo les falta un empujón para que la semilla sembrada por el futbolista, el misionero y el ingeniero empiece a dar frutos en Limoncito.

En ese barrio, ubicado a la entrada de Puerto Limón, tal parece que las sombras se están comenzando a disipar con la llegada de cada atardecer.



Nota: no se mencionan los nombres completos de los menores de edad según lo establece la Ley de Justicia Penal Juvenil. Quienes aparecen con su identidad completa así lo autorizaron y tienen permiso de sus padres.





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comentarios

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Raul Mora Castro 19:44 26/3/2011

Que gran trabajo el de estos tres hombres, que ganas de colaborar con estas obras

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Erik Lopez 12:39 22/3/2011

QUE PENSAMOS LO TICOS CUANDO VEMOS ESTO SI NOSOTROS PENSAMOS Y AQUELLOS KE PUEDEN AYUDAR COMO JAPDEVA Y ESAS GRANDES INSTITUCIONES DEBERIAN DE PONER EL EJEMPLO Y MANDAR A UNA PERSONA A VER COMO VIVE Y EN KE SE LE PUEDE AYUDAR TAMBIEN EL GOBIERNO X FAVOR AGAMOS ALGO NO SOLAMENTE BLABLA ESTO ES INCREIBLE TANTO KE RAJAMOS NOSOTROS LOS TICOS I MIREN ESAS FOTOS ESTAMOS IGUAL A AFRICA GENTE KE NO TIENE KE COMER. SALUDES PURA VIDA.

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Esteban Torres 12:35 22/3/2011

¡Gracias y honores a los campeones Sunsing, Erubei y Celso! Sigan adelante, no desfallezcan. Queremos ayudar y ser parte de proyectos como este. La seguridad ciudadana comienza con la responsabilidad ciudadana. mi correo esteban_tortos@yahoo.com

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Alberto Shum Chan 09:51 22/3/2011

Este es el tipo de cosas que deberían estar en el plan de seguridad ciudadana. Como podemos vemos ver, son estas acciones concretas las que realmente ayudan a mejorar la seguridad del país.

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Zara Orietta Mendez Zamora 09:43 22/3/2011

Me imagino que después de leer este reportaje, hay más personas deseosas de ayudar. Agradecería nos informen qué puede hacerse para que este proyecto siga adelante y los niños tengan qué comer.

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8,6%

de alumnos limonenses desertó en el 2009; la media nacional fue 6%.

Esta maldita violencia

En esta provincia y, especialmente, en su cantón central, la violencia y el narco se pasean frente a las narices de todos.

Por eso, el Ministerio de Seguridad Pública envió a 160 policías a mediados de febrero para reforzar a los 200 que trabajan en la limpieza profunda de las barriadas más conflictivas; entre ellas, Limoncito.

No hay que rebuscar mucho para encontrar los números rojos que ponen a la defensiva a cualquiera que se atreva a dar una vuelta por una de las provincias más hermosas del país.

Según publicaciones hechas por La Nación, de todo el territorio nacional, esta zona es donde más asesinatos ocurren por cada 100.000 habitantes.

En Limón, se producen 18 asesinatos por cada 100.000 habitantes, de acuerdo con

un informe de la Oficina de Planes y Operaciones (OPO), del OIJ.

A esta provincia le siguen San José y Puntarenas con una tasa de 13, Heredia con 9, Alajuela con 8, Guanacaste con 6, y Cartago con 5.

La situación ha llegado a tal extremo que, en el caso de algunas instituciones educativas, se le ha tenido que pedir una tregua a los maleantes locales para proteger los pocos haberes de escuelas y colegios.

Esta es, además, la zona del país donde se localiza el cantón más pobre –Talamanca– y donde la tasa de desempleo (7,9%) supera el promedio nacional (4,9%).

15%

de los homicidos del país se producen en Limón; la mitad por drogas.

25%

de quienes viven en Limón son pobres (más de 100.000); 5% vive en miseria (más de 20.000).

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