En nuestro país existe una desidia cada vez mayor por los asuntos públicos, por quienes los atienden y principalmente por la forma en que lo hacen.
El vertiginoso descrédito en el que se encuentra la política, producto del precario actuar de muchos de nuestros “políticos” y la superficialidad con la que generalmente se aborda el debate de los asuntos públicos en los distintos ámbitos de la sociedad, plantean la obligación de entonar el mea culpa, reconociendo nuestros propios errores y pecados.
Los políticos, la prensa y “la ciudadanía”, en caso de que esta última pueda llamarse como tal, obviando su arquetipo griego, son los grandes culpables de esta dramática reducción en el interés de los asuntos públicos, que ciertamente herrumbra nuestra institucionalidad democrática y es peligrosa semilla del discurso antipolítica y antipartidos, antesala al autoritarismo.
En Costa Rica en los últimos tiempos, este pernicioso discurso ha venido calando principalmente en los jóvenes, quienes representan un poco más del 40% del padrón electoral, lo que podría abrir paso al surgimiento de mesiánicos “líderes”, de los que ya preocupantemente hemos empezado a ver algunos síntomas, sin que esto todavía sea motivo de alerta en las altas esferas de poder.
Hoy, por ejemplo, posiblemente la mejor manera de mercadearse como un candidato ante un electorado joven en nuestro país, es no provenir, ni tener una amplia militancia en partidos políticos, y, aunque esto pudiera interpretarse favorablemente como bocanada de frescura en un ambiente político nacional urgido de caras nuevas, crea las condiciones para la aparición de aquellos, quienes pretenden hacer política de la antipolítica, despreciando este oficio, tildando a todos los políticos de corruptos y que, resentidos por una partidocracia –generalmente excluyente–, terminan por renegar la democracia.
Es doloroso admitir que las circunstancias dadas están convirtiendo nuestro entorno en terreno fértil para el surgimiento del autoritarismo, donde esperemos el esquema de pesos y contrapesos no deje de ser visto como fuente de equilibrio democrático y empiece a ser considerado como un obstáculo de los enemigos de la democracia, quienes sostienen precisamente que “el fiarse de los muchos es fiarse de los peores”.
No debemos olvidar que el origen democrático de los gobernantes no garantiza precisamente su ejercicio democrático. ¡Estamos advertidos!