James D. Watson, premio Nobel de 1962 por sus investigaciones sobre el ácido desoxirribonucleico (ADN), es considerado uno de los padres de la genética moderna. Sus investigaciones junto al británico Francis Crick abrieron camino a la comprensión de la estructura en doble hélice de la molécula de ADN y su papel en la transmisión de la información hereditaria. Gracias a él y a sus colegas, conocemos mejor la vida y conseguiremos prolongarla y hacerla más agradable, merced a los adelantos de la medicina.
Watson es, también, racista, misógino y alienta la homofobia. Sus declaraciones en estas materias son repugnantes hasta el punto de la náusea. Se ha disculpado por ellas y las pagó con la renuncia al Cold Spring Harbor Laboratory, donde laboró durante cuatro décadas. Con todo, hay errores cuya enmienda exige más que una disculpa, sobre todo en caso de un científico de su estatura.
El público reunido el martes en el auditorio de la Ciudad de la Investigación de la Universidad de Costa Rica no asistió atraído por las imbecilidades de Watson, sino por sus genialidades. Los organizadores lo invitaron con el mismo propósito y la charla se concretó, finalmente, a lo mucho de valor que puede aportar su experiencia.
El Consejo Universitario, sin embargo, intentó impedir la celebración de la conferencia. La institución, dice su ente rector, “no debe propiciar espacios a personas que han promovido posiciones que atentan contra valores básicos de convivencia humana y de respeto a la diferencia”.
En abierta contradicción con la medida resultante, uno de los considerandos agrega: “La Universidad de Costa Rica es una institución humanista y abierta a la discusión de todas las corrientes de pensamiento; por lo tanto, sus principios se fundamentan en la defensa de los derechos humanos y los valores que respeten la dignidad y la igualdad entre los seres humanos”.
La declaración de principios es inobjetable, pero no la consecuencia derivada de ellos. Watson, según el Consejo, no tiene derecho a exponer sus tesis científicas desde un podio de nuestra casa de enseñanza en virtud de sus absurdas y nocivas opiniones en otras materias. La pregonada tolerancia encuentra, pues, un límite en determinadas opiniones, aunque su portador no tenga la intención de exponerlas.
El Consejo Universitario se constituyó así en árbitro del pensamiento lícito y se precipitó por la peligrosa pendiente de decidir, en cada caso, los temas admisibles para la discusión académica. Por ese camino, la libertad de cátedra pierde su carácter de principio de aplicación general para convertirse en un derecho de contenido casuístico y relativo, según los dictados ad hoc de un cuerpo de decisión superior, con funciones de policía del pensamiento. Ayer, el Consejo hizo circular un nuevo acuerdo, donde reconoce los excesos del primero y rectifica el desacierto. Es una actitud honorable y es justo reconocerlo.
La defensa de los derechos humanos en el claustro universitario se hace por otros medios, y no la censura, que más bien los lesiona. En la base de la misión académica está la convicción de que el libre debate forja el acercamiento a la verdad y, si bien hay tesis que siempre, o por largo tiempo, serán debatidas, otras caen por su propio peso merced a su imbecilidad, como es el caso de las opiniones del Dr. Watson en materias ajenas a sus proezas científicas.
Otros centros de enseñanza de alto prestigio, es verdad, impidieron al Dr. Watson tomar el podio para dirigirse a sus comunidades académicas. Lo hicieron por idénticos motivos. La pregunta es si hicieron lo correcto. Por contraste, se le ha permitido exponer en muchos foros cuyos responsables seguramente repudian, también, los nefastos prejuicios del biólogo.
La comunidad científica nacional es la llamada a esclarecer si en ese ámbito específico la visita de Watson al país hizo aportes de valor. Las primeras opiniones, de fuentes muy autorizadas, van en ese sentido. Bruno Lomonte y Rodrigo Zeledón coincidieron en la necesidad de promover vocaciones y alianzas científicas mediante visitas como la de Watson. No está mal, tampoco, promover el debate sobre las ideas menos edificantes del científico estadounidense porque nuestra sociedad sigue urgida de erradicarlas mediante el debate abierto, el conocimiento, la razón y la decencia.