Formación de jueces

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María Eugenia Vargas S. Abogada 12:00 a.m. 09/01/2011

En la década del 70, parte del Circuito Judicial de San José estaba instalado en viejas casas de la época situadas 50 metros al sur del costado sur-oeste de la catedral metropolitana. Una de estas casas se compartía con la residencia de una estimable familia josefina. Estas circunstancias materiales en parte justificaron la creación de los actuales edificios del Circuito Judicial en lo que fue el potrero de los Gallegos. Sin embargo, los que les dieron respeto y abolengo a esas inapropiadas oficinas judiciales fueron los jueces que ahí interrogaron, estudiaron, se documentaron, apreciaron prueba y resolvieron las peticiones de justicia de unos y de otros.

Entre ellos figuraban Miguel Blanco Quirós, Fernando Coto Albán, Ulises Odio, Edgar Cervantes, Gonzalo Retana, Francisco Sáenz Meza, María Eugenia Vargas Solera, Emilio Villalobos, José Luis Pujol, Hugo Porter, Ulises Valverde, Antonio Rojas. La mayoría de ellos llegaron a ser magistrados de la Corte Suprema de Justicia, presidentes de ella, presidente del Tribunal Supremo de Elecciones y profesores en la UCR.

Una misma formación. En común tenían una misma formación, egresados de la Facultad de Derecho de la temprana Universidad de Costa Rica que mantenía la sede de la vieja Escuela de Derecho. Sus profesores fueron entre otros Alberto Brenes, Gregorio Martín, Luis Anderson, Francisco Echeverría, Amadeo Johanning, Ernesto Martén, Ricardo Fournier, Rómulo Tovar, Luis Demetrio Tinoco, Everardo Gómez, Napoleón Valle, Pablo Casafón, Guillermo Padilla, Alberto Martén, Jorge Guardia, Fernando Baudrit, Teodoro Picado, Fabio Fournier, Fernando Lara, Alfonso Acosta, Emilio Valverde, Froilán González, Gonzalo Ortiz, Otto Fallas.

Seis años de estudio conducían primero a un grado de Bachiller en Leyes al finalizar el quinto año, grado que era requisito para cursar el sexto año. Este pase se obtenía al salir airoso de dos exámenes ante temidos tribunales de grado: uno, sobre toda la materia básica de derecho, recibida durante los cinco años, y otro de cinco materias complementarias que se sorteaban. La conclusión de estudios se obtenía al finalizar el sexto año, con la repetición de los dos exámenes que se habían rendido para el grado de bachiller en leyes, incluyendo lo estudiado en el sexto año, más la presentación y defensa de una tesis.

El diseño arquitectónico del edificio que albergaba la facultad era muy sobrio. La dirección, la biblioteca y todas las aulas daban a un corredor que a la vez rodeaba una pequeña zona verde central. Lo anterior permitía a los estudiantes, por ejemplo, a los que ingresaron a primer año en 1940, salir a recreo, a la vez que también lo hacían los de sexto año, entre ellos Mario Echandi, Manuel Mora, Hernán Cordero, Fernando Chaves y del quinto año, Jaime Solera, Fernando Fournier, Rodrigo Facio, Gastón Guardia, Rogelio Sotela, Gonzalo Facio, Jorge Rojas y del cuarto año, Jorge Rossi, Daniel Oduber, Armando Aráuz y Fernando Jones y de otros años Fernando Coto, Virginia Martén, Miguel Blanco, Edgar Cervantes, Francisco Sáenz, Ulises Odio, Gonzalo Retana, Ulises Valverde, Eduardo Ortiz, Antonio Robles y Manuel Yglesias.

Ética rigurosa. Esa movilidad, esto es, el paso de un año a otro, la graduación de nuevos profesionales, la llegada de nuevos estudiantes y la formación jurídica a cargo de los mismos profesores, motivó que entre estos primeros grupos de egresados en Derecho de la recién creada Universidad de Costa Rica, además del conocimiento personal que se tenía desde estudiantes, se demandaba mutuamente una rigurosa ética profesional y una misma fundamentación jurídica.

Todos los jueces arriba mencionados pertenecen a la época descrita. La formación que recibieron, su permanente actualización y celo jurídico y el trabajo que les tocó desempeñar, quedó plasmado en sus resoluciones e intervenciones y en la academia, impartiendo justicia a unos y traspasando conocimientos a otros. Dejó dicho Calamandrei: “Parece que entre todas las profesiones que los mortales pueden ejercer ninguna otra puede ayudar mejor a mantener la paz entre los hombres y las mujeres que la del juez que sepa dispersar aquel bálsamo para todas las heridas que se llama justicia”.

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