En días pasados el sitio web centralamericadata.compublicó una nota titulada “El país que se durmió”, para referirse al panorama económico y financiero de nuestro país, a raíz del aumento de la pobreza que ha señalado el último informe del INEC y la Cepal.
Confieso que como costarricense me ha dolido profundamente leer la noticia, donde se considera a Costa Rica –ficticia potencia, Suiza y país más feliz no solo de Centroamerica, sino del mundo– como uno de los pocos países donde los índices de pobreza e indigencia han venido creciendo.
Sin embargo, no ha sido esta alarmante noticia la única que me ha entristecido, aunque posiblemente sí la que más. Debido a que en otros informes, como en el Doing Bussiness 2011, así como en otros verdaderamente banales, pero que parecen preocuparnos muchísimo más que los anteriores, como por ejemplo en el ranquin de FIFA, nuestro país también ha venido cediendo espacio para ubicarse en los últimos lugares, lo que ha significado un duro golpe a nuestra autoestima nacionalista y me ha llevado a enarbolar las más diversas teorías de lo que actualmente está sucediendo. A continuación algunas de ellas.
La teoría de la in-competitividad. Esta palabra que se encuentra en boga en nuestro contexto desde hace unos años, sin este prefijo, prácticamente se considera como un insulto en nuestro país, que se ha encontrado más ocupado en distribuir riqueza que en buscar nuevas herramientas o mecanismos para generarla, quizás porque nuestra idiosincrasia de iguali-ticos siempre ha visto con malos ojos al vecino que se hace rico trabajando, mientras nosotros simplemente preferimos el berreo.
La teoría del temor a las coincidencias. En Costa Rica, a diferencia de las naciones desarrolladas, hay un temor mayor a coincidir que a disentir, tanto entre bancadas como a lo interno de cada una de ellas, que pondera los intereses personales o egocentristas de algunas figuras, en detrimento de los intereses nacionales, solo para dejar bien claro quién es la persona que verdaderamente “manda en esta finca”.
La teoría del big-bang electoral. Derivada de la teoría anterior, escritores, analistas y políticos, coinciden en que como ha señalado Alberto Cañas “'cada 8 de mayo, de año par y no bisiesto, Dios crea el mundo de la nada'”. Esto, para referirse a que con la llegada de un nuevo gobierno, independientemente de que exista la alternancia o no entre distintas fuerzas en el poder, todo gobierno que llega necesita nuevas leyes y tiene distintas prioridades a la hora de conducir los destinos del país. Cuántos años hemos desperdiciado bajo el confort de ser una de las grandes promesas de América Latina y bajo la quimera –que cada día se vuelve más lejana– de convertirnos en una nación desarrollada en 2021, para no pasar de eso: ser una promesa, producto de la confianza en que nuestra superioridad innata, bastaría para garantizarnos abandonar el umbral del subdesarrollo sin esfuerzo. Exteriorizo una disculpa para aquellos con ánimos susceptibles a la crítica, pero lo anterior me ha parecido la mejor forma de hacer un útil recordatorio del por qué estamos lejos del desarrollo y aunque si bien es cierto en algunos aspectos nos encontramos mejor que nuestros vecinos latinoamericanos, pero sobre todo centroamericanos, de mantener comparaciones únicamente con países de la región, llevaremos como baluarte un país de hombres ciegos donde el tuerto es Rey y satisfechos por ello, evitaremos surgir, para observar un mundo que es distinto y que empieza a dejarnos atrás. ¡Reaccionemos! ¡Estamos a tiempo de abandonar nuestro letargo!