Lo que conocemos como Civilización Occidental fue cuajando desde principios de la Edad Media, como una feliz síntesis de lo que había de noble y bueno en el legado grecorromano con el ingrediente predominante de esta civilización, a saber, el acervo judeocristiano. Este no era únicamente religioso, sino que configuraba toda una mentalidad, una forma de vida individual y social, una manera de analizar la realidad y de trabajar sobre ella, que es lo que a fin de cuentas da forma a una civilización.
Desde luego, en el aspecto religioso, y sin desdeñar la siempre presente minoría judía, la religión de Occidente fue sin duda el cristianismo, en sus tres ramas principales: la católica en Europa Occidental, la ortodoxa en Europa Oriental, y más tarde la protestante en varias regiones europeas;y fueron la primera y la tercera de ellas las que alcanzaron luego el Nuevo Mundo.
Socavamiento al cristianismo. La Ilustración racionalista del siglo XVIII —que, al igual que la ciencia moderna, era hija de Occidente y solo podía nacer en el caldo de cultivo de la mentalidad occidental y cristiana— dio inicio, irónicamente, a una lucha contra la fe cristiana de la que se había alimentado. Con diversos grados de explicitud y de confrontación, ese socavamiento del cristianismo en Occidente fue calando en todos los ámbitos de la sociedad en los dos siglos siguientes, y ya para la segunda mitad del siglo XX se puede hablar, en muchos países de Europa y América, de una sociedad descristianizada o “postcristiana”.
Desde el punto de vista cristiano, ese fenómeno no es en sí, necesariamente, una tragedia. El abandono de la fe y de la práctica religiosa es la consecuencia a largo plazo de una realidad que muchísimos analistas cristianos reconocen plenamente: la religión cristiana se había establecido en estas sociedades más que nada como una religión sociológica, heredada por tradición y por convención social, sin llegar en la mayoría de los casos a ser una fe viva que las personas escogían por opción personal y existencial. En otras palabras, la mayoría de la gente en Occidente, aunque hubiera sido bautizada y cumpliera una serie de prácticas religiosas, no había sido verdaderamente evangelizada. Por ello los cristianos de hoy reconocen que Occidente es tierra de misión y están empeñados en una nueva y amplia evangelización.
Fuera de lo razonable. Pero ese proceso de descristianización de Occidente, por más explicable que sea, llegó a rebasar los límites de lo razonable. La revolución sexual de la década de 1960, que comenzó pregonando el “amor libre” en medio de flores y poemas de paz, fue abriéndose paso para derribar, uno tras otro, todos los postulados de la moral judeocristiana, y para lograr que la sociedad considerara aceptables todas las expresiones de inmoralidad.
El pensamiento humanista secular, descendiente directo de la Ilustración, fue penetrando todos los círculos de la vida social e imponiendo, por medio de su poderoso lobby, su agenda de cómo debía configurarse la sociedad postcristiana.
¿Qué es lo que presenciamos hoy en la sociedad occidental? El imperio del humanismo secular que se impone por medio de minúsculos pero vociferantes grupos de presión, con su tenaz y eficaz cabildeo en la opinión pública, en los medios de comunicación, en la educación, en las leyes y en las decisiones judiciales. A las mayorías se las silencia con el pretexto de la tolerancia y creándoles falsas culpabilidades. Es la dictadura de las minorías. Es el peor de los oscurantismos. Es la antesala de una nueva era de caos social y de barbarie.
Ya no se trata simplemente de indiferencia religiosa, sino de una agresividad visceral contra todo lo religioso, pero especialmente contra el cristianismo como religión de Occidente.
A la religión se la quiere desterrar por completo de la sociedad, y cada vez se la arrincona más en la esfera de lo privado, para impedir cualquier impacto suyo sobre la vida social.
Al cristianismo se lo difama considerándolo la raíz de todos los males y culpándolo de imponer sus criterios morales como “dogmas”. Los que defienden la moral cristiana son descartados como fundamentalistas e intolerantes. Su sola presencia en la opinión pública, en los foros sociales y políticos, es considerada una horrenda amenaza. Lo paradójico es que, en una sociedad supuestamente pluralista, la tan mentada tolerancia se aplica a todo excepto a lo que sea cristiano.
Si el conflicto fuera solo con la religión cristiana como tal, en cierto modo no sería tan trágico. Después de todo, los que somos cristianos estamos bien entrenados en eso de no ser bienvenidos en todas partes, y sabemos sacudirnos el polvo de los pies para irnos a buscar dónde se acepte nuestro mensaje. Pero la tragedia de la actual civilización de Occidente es que esos postulados y valores de la moral judeocristiana que ella se empeña en desterrar no son, como se quiere hacer creer, meros “dogmas” religiosos ni invenciones ritualistas de una religión o de una Iglesia. Más bien, son valores y realidades inscritos en la naturaleza misma de la humanidad, previos (si se quiere) a cualquier religión. Valores como el respeto a la vida humana desde su concepción, la institución del matrimonio y la familia, la moral sexual, no son imposiciones religiosas, sino realidades naturales, universales, racionales e intrínsecas al ser humano y a la sociedad: así fue creada la humanidad, creyente o no. Así lo atestiguan otras civilizaciones y religiones.
De modo que, tristemente, si después de romper con la religión y con la moral judeocristiana, la sociedad de hoy se empeña en romper también con lo que es simplemente natural y humano, está en efecto serruchando la rama donde se posa la civilización. Es el suicidio de Occidente