“Hijos pequeños, problemas pequeños; hijos grandes, problemas grandes”, recuerdo haber escuchado muchas veces de boca de padres de familia que estaban lidiando con adolescentes.
Creo que –como sucede con todo en la vida– hay excepciones; pero, ciertamente, los desafíos de criar hijos aumentan al unísono con su edad, aunque a los padres primerizos les cueste creerlo cuando están batallando con las malas noches de su recién nacido o con la primera jornada de exámenes de un nuevo y pequeño escolar desconcentrado.
Este domingo, nuestro reportaje de portada, de la periodista Amy Ross, muestra una de las tantas caras complejas de la adolescencia: la exposición al licor que, según datos del IAFA, empieza cada vez más temprano.
La edad en que los jóvenes están deseosos de conocer y probar es también la edad en que más fuerza adquiere la presión de grupo. En este contexto deben entenderse las barras libres, esas fiestas con acceso ilimitado al licor que se realizan casi todos los fines de semana, con escasa o nula supervisión de adultos.
Aunque la entrevista es un medio valioso para conseguir información –y fue un recurso que usamos para efectos de este reportaje–, más revelador aun era vivir la experiencia en carne propia: ver, oír, oler, sentir...
Por eso Amy y dos fotógrafas, Eyleen Vargas y Juliana Barquero, fueron hace algunas semanas a una ‘barra’ en las cercanías de Santa Ana. Este es su relato.