Buenos Aires. Extramuros de Montevideo, departamento de Canelones. Calle de tierra, un alambre bajito permite desde afuera ver la cancha “con los muchachos practicando”. Una construcción de techos bajos, de tejas, un arco grande en la entrada con la leyenda negra sobre fondo amarillo que dice: “PEÑAROL”.
Y adentro, ambientes que trasuntan sencillez, hasta diríamos humildad. Pero una atmósfera de predio histórico lo envuelve todo: es Los Aromos, la casi mitológica concentración de Peñarol.
Allí acunaron ilusiones, matearon, jugaron al futbolín y a los naipes diversas generaciones de gloriosos varones.
Aún parecen estar los duendes del Juan Alberto Pepe Schiaffino conversando con el buenazo de Roque Gastón Máspoli'
Meditando en un rincón, Obdulio Varela' Cerca suyo, Juan Eduardo Hohberg. Alcides Ghiggia hace chistes con Omar Míguez' Luis Cubilla sonríe junto a Pedro Virgilio Rocha y Ladislao Chiquito Mazurkiewicz'
Elías Figueroa juega un billar con Pablo Forlán' El capitán Tito Goncálvez le pide algo a un directivo' Alberto Spencer y Juan Joya evocan sus patrias lejanas, el Ecuador y el Perú'
En otras dependencias de la institución, Fernando Morena escucha música, Rubén Paz está al teléfono con su familia en Artigas. El Carlos Alberto Patito Aguilera y Pablo Bengoechea leen los diarios matutinos'
Una escenografía más moderna -Arévalo Ríos hablando por celular- asocia al nuevo crack con aquellos próceres.
Una manera de ser. La liturgia se repite hace décadas. De cada pared brota gloria como si fuese humedad. Hay cuadros, pergaminos, una estatua de Washington Cataldi, símbolo del dirigente que vive para la divisa.
Tres palabras lo retratan en bronce: “Imaginación, Lealtad, Audacia”. Veinte años dedicados a la casaca aurinegra para llevarla a la cima y mantenerla allí.
No es Milanello, el célebre “retiro” del club italiano, no es Appiano Gentile, la sofisticada pensión del Inter, tampoco el afamado centro deportivo del Ajax ni el lujoso hotel seis estrellas del Chelsea en Stamfordbridge. Es mil veces menos confortable y moderno.
Sin embargo, un aire de templo envuelve a Los Aromos. Allí retozaron ejemplares ganadores, cada rincón guarda íntimos secretos de ídolos populares, cada pared tiene un juramento: “Hoy hay que dejar el alma en la cancha”. Las almohadas están embebidas de sueños triunfales.
Es el predio donde transcurre desde hace décadas la vigilia de uno de los clubes más ganadores y emblemáticos del fútbol sudamericano: Peñarol de los Milagros, como lo bautizó el inolvidable periodista argentino Juvenal la tarde aquella de 1987 en que el cuadro carbonero se coronó campeón de América exactamente en el minuto 120 con el histórico gol de Diego Aguirre.
Ya expiraba el alargue, se iba la Copa Libertadores y el juez se estaba llevando el silbato a la boca cuando el zurdo la empalmó con su vida y clavó la puñalada allá abajo, cruzada, para darle la gloria a Peñarol frente al América de Cali.
Fue el último capítulo estelar del club oro y negro en el campo internacional. Luego devino un oscuro túnel de 23 años en que cayó el fútbol uruguayo y, en particular, Peñarol.
“Entrar acá y ver las fotos de estos fenómenos que fueron campeones de todo es algo fuerte, pesado, como que la historia se te viene encima”, confiesa Manuel Gregorio Keosseián, hoy entrenador peñarolense y extécnico en Costa Rica de Alajuelense, Saprissa y Brujas.
El mañana. El tronco centenario de la entidad mirasol, vieja amiga de la hazaña, está salpicado de brotes nuevos.
Fue campeón de Uruguay después de siete años, clasificó a la Libertadores 2011, se está renovando institucionalmente, creciendo, y acomete con brío peñarolense la Copa Sudamericana.
Debutó el martes de la semana pasada con el triunfo a domicilio sobre el Barcelona de Guayaquil y en Los Aromos ya se escuchan promesas de títulos nuevos.
“Vamos a pelearla hasta el final, tenemos fe, a Peñarol esta Copa le vendría bárbaro para volver al primer plano internacional”, dicen.
Hay una mezcla de chicos jóvenes, potrillos de la cantera aurinegra, con veteranos que sirven de guía. Y en el medio, el nuevo orgullo carbonero: Egidio Arévalo Ríos, el moreno que fue convocado a último momento por el estratega Óscar Washington Tabárez y destacó en el Mundial de Sudáfrica. El que brilló ante Alemania y le dio un bello pase de gol a Diego Forlán.
Tener en el medio local a un jugador mundialista, y figura, es casi una rareza en la Sudamérica actual. Más en Uruguay, devenido casi exclusivamente en productor y exportador de materia prima. Justamente para entrevistar a Egidio nos allegamos el viernes de la semana pasada a Los Aromos.
Contó cosas lindas el moreno. Sin embargo, las mudas paredes de Los Aromos dijeron más. Y la nota derivó en otro tópico. Como un vaho de eucalipto, el aura de Los Aromos nos invadió de un sentimiento de admiración y respeto por aquellos legendarios futbolistas que forjaron la tradición aurinegra. La del Peñarol de los Milagros.
“Serás eterno como el tiempo y florecerás en cada primavera”, reza el lema mirasol. El próximo 28 de setiembre el club de Montevideo celebrará su 119 aniversario. Y en eso está, volviendo a florecer.