Desde el inicio de la serie de reuniones cimeras entre autoridades israelíes y palestinas que impulsaron los acuerdos de Oslo de 1993, difícilmente se podría recordar alguna con pronósticos tan pesimistas como los generados por la cumbre celebrada el miércoles y jueves recién pasados, en la capital estadounidense. Por ello, precisamente, resulta alentador que de esa cita haya surgido el cometido de forjar mecanismos conducentes a un arreglo final del conflicto judío-palestino.
Invitados por el presidente Barack Obama, el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, y el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abas, se dieron cita en la Casa Blanca acompañados por el presidente egipcio, Hosni Mubárak, y el monarca jordano, Abdulá, para lanzar un proceso de reuniones bilaterales que al cabo de un año debería producir un convenio final para la creación de un Estado palestino en paz con Israel. El derrotero fue subrayado por la presencia y apoyo a las conversaciones de Egipto y Jordania, naciones que han suscrito tratados de paz con Israel.
En cierta forma, la celebración de esta cumbre, por sí sola, constituyó un logro significativo del presidente Obama, cuya invitación difícilmente podían soslayar los convidados, beneficiarios privilegiados de la munificencia económica y militar de Estados Unidos. De esta forma, a pesar de las advertencias que recíprocamente se formularon por la prensa, Abas y Netanyahu acordaron elevar la intermediación norteamericana a un plano de encuentros “cara a cara”, considerados hasta hace poco inútiles debido a las realidades imperantes.
Estas realidades, sin duda, constituyen la fuente del pesimismo en torno a la cita en Washington. Apuntan, por una parte, a que Netanyahu se muestra imposibilitado de ofrecer concesiones significativas para el conglomerado palestino debido a la actual composición de su Gabinete, dominado por agrupaciones políticas adversas a la fórmula de intercambiar territorios por paz, amén del profundo escepticismo que genera un liderazgo palestino carente de mandato.
En mucho, estas percepciones derivan del sangriento colofón de los acuerdos de Oslo, sumado al desenlace violento que tuvo el retiro unilateral israelí de la franja de Gaza, hoy dominada por Hamás, agrupación radical pro iraní y rival de la Autoridad Palestina. La opinión generalizada es que, de traspasar las líneas marcadas por la mayoría de los integrantes de su presente coalición, Netanyahu arriesgaría hundir a su Gobierno. Sin embargo, nada raro sería que Netanyahu ya tuviera, de antemano, algún entendimiento con partidos más abiertos a las fórmulas que perfila esta nueva avenida de negociaciones y con los cuales podría preservar el Gabinete.
Por otra parte, Abas, quien renunció al terrorismo propugnado por su predecesor, Yaser Arafat, tampoco cuenta con la suficiente amplitud para aceptar las condiciones que podrían satisfacer a los partidos hoy aliados de Netanyahu, particularmente reconocer a Israel como un Estado judío y renunciar al retorno de palestinos exilados a Israel. Asimismo, Abas conoce bien las limitaciones de su autoridad aún en Cisjordania, donde podría incluso ser derrotado por Hamás en comicios competidos tal como ocurrió en Gaza. De hecho, las elecciones que debían tener lugar hace tres años fueron suspendidas indefinidamente debido al temor de un fracaso similar.
De cara a tantos obstáculos, ¿por qué la convocatoria de esta reunión en Washington? Pareciera que la Casa Blanca ha avizorado alguna posibilidad de un arreglo inédito al conflicto, sugerido asimismo en declaraciones a la prensa por el actual ministro de Defensa y exprimer ministro israelí, Ehud Barak, quien aseguró que una división de Jerusalén y la demarcación de fronteras de un Estado palestino desmilitarizado, entre otros aspectos, constituirían la médula del acuerdo.
Pero, ante todo, la Casa Blanca anticipa dividendos electorales de esta jornada, sumada al retiro de tropas estadounidenses de Iraq y, una vez más, la reiteración de la salida de Afganistán el año entrante. Quizás este cálculo a la postre materialice, aunque por ahora los sondeos apuntan en otra dirección.
Con todo, una tímida esperanza asoma para la nueva ronda diplomática. El hecho mismo de haber acordado los dos líderes proseguir sus negociaciones directas cada dos semanas, empezando el 15 del mes en curso, es un buen síntoma. Igualmente es motivo de esperanza la formulación de un acuerdo marco para fijar la ruta de las conversaciones. También resulta muy positivo el activo papel desempeñado por los cuerpos de seguridad palestinos en la captura de los autores de dos atentados trágicos contra civiles israelíes en Cisjordania, ocurridos el miércoles y jueves últimos, los cuales Hamás se atribuyó, declarándolos el principio de una campaña cruenta dirigida a sabotear las nacientes conversaciones de paz.
Abonemos también al eventual éxito de las negociaciones, el hecho que influyentes Gobiernos árabes ya admiten la existencia de un nuevo cuadro estratégico de la región, dominado por los excesos del régimen iraní y la creciente amenaza que la teocracia islamista representa para la estabilidad de la zona.
Resulta por eso mismo alentador el asomo de un arreglo pacífico entre israelíes y palestinos, un primer paso en la ardua y complicada tarea de superar las divisiones y prejuicios endémicos del Cercano Oriente.