Costa Rica es una nación incómoda. En 1949 abolió el Ejército y así creó a sus vecinos la necesidad de justificar el propio. La hazaña, o el mal ejemplo, según se mire, se lo debemos al jefe de una revolución triunfante, capaz de renunciar a las armas (y al poder) una vez ganados los objetivos del alzamiento. El gesto de don José Figueres Ferrer no tiene paralelo, pero pocos se lo perdonan en el vecindario americano. Leer más...
Los detractores de Costa Rica llevan la pesada carga de justificar cuantiosos gastos militares financiados con el sudor de pueblos misérrimos
Cuando un presidente boliviano elogia las virtudes de sus armas, nunca se sabe si intenta prevenir un golpe de Estado