Los viernes no tengo que ir a la Universidad de Costa Rica. Tengo tareas y mucho que leer, pero al menos no tengo que hacer el viaje hasta San Pedro y eso me alegra mucho. Aunque esté atareado, disfruto muchísimo ir a la Universidad, pues las clases, los compañeros, los profesores y hasta las pruebas son el estimulo de mi día; pero, por más que deseo que mi universidad prospere y crezca, y por más que disfrute un día libre como cualquier estudiante, me parece que todo este asunto del paro por el FEES está llegando demasiado lejos.
He intentado informarme y apoyar la causa de el Fondo Especial para la Educación Superior (FEES), pero ni cuando estuve a favor pensé que se podría llegar a un acuerdo por más de ocho por ciento. Por la razón que fuese, el Estado no puede dar más que eso, y era comprensible que se negociara a partir de un cuatro por ciento hasta llegar a una suma tanto útil para la Universidad como pertinente para el Estado. Me parece más importante en este momento buscar maneras de utilizar austeramente los recursos que se les darán a las universidades en vez de exigir, con gritos y violencia, más dinero.
Maneras de expresarse. Ahora bien, yo no soy conocedor de economía o política, soy estudiante de filología y, por ende, lo que puedo resaltar es lo que me incomoda en el discurso universitario. Por más que yo haya apoyado la lucha por el presupuesto, siempre me pareció cuestionable la manera en que se expresaban algunos universitarios, tanto en el pretil como en los medios de comunicación que maneja la Universidad.
Escuché a estudiantes decir que “nos estaban rebajando cuatro por ciento de nuestro presupuesto actual”, oí a otros decir que el Gobierno “nos está robando más de la mitad de nuestro dinero” (usando las figuras de trece, once y cuatro por ciento como referentes), y todo, como si fuera inaudito, instando a alarmarse. Esta actitud es son algo que nunca he compartido con mis compañeros universitarios. Entiendo la necesidad de llamar a la acción y que el liderazgo a veces requiere alarmar o concientizar a las personas, pero aquí la información que se manejaba era tan distinta entre sí y quienes declamaban tan violentos, que terminó por ser nada más que una molestia para muchos, y, después de la negativa a los estudiantes el pasado jueves, vimos la violencia surgir lamentablemente.
¿A quién ayuda esta violencia? Si los rectores y el Gobierno ya llegaron a un acuerdo, si ya se “doblegaron”, como escuché decir en el pretil, y si el dinero que se va a dar, que sigue siendo un crecimiento, va a ser suficiente, si se maneja de forma adecuada, entonces ¿para qué este bloqueo?
Caprichos de los inconformes. Cuando los rectores negociaron por primera vez, la federación de estudiantes dijo, indignada, que las decisiones se habían tomado sin consentimiento de los universitarios y que por eso debíamos exigir nuestros derechos. Pues ahora yo quiero hacer lo mismo. Un grupo de estudiantes se ha adjudicado la autoridad de decidir, en nombre de todos los universitarios, que lo mejor es tomar la Universidad y detener sus funciones; esta decisión se tomó sin el consentimiento de todos, y perjudica a muchos. Los paros y huelgas anteriores fueron apoyadas por la mayoría de la comunidad universitaria, pero una vez terminada la negociación, ¿es esto necesario o estamos pagando justos por pecadores los caprichos de las personas que no están conformes con las decisiones de otros y jamás lo estarán?
El cierre de la Universidad durante el viernes no me afecta directamente, tengo mucho que hacer en casa para la próxima semana, y espero que esta situación no se extienda tanto, pero siento que este movimiento va en contra de lo que los universitarios queremos representar y por lo que luchamos. Espero que las universidades encuentren la manera de rendir el dinero que les corresponde, que la violencia del viernes no manche la imagen de los universitarios que queremos dialogar y estudiar, y, sobre todo que, en el futuro se piense antes de hablar.