Ambiente

El Tárcoles se le planta a la muerte

El río Grande de Tárcoles enfrenta una agresión permanente: aguas negras, todo tipo de basura, llantas y otros vertidos han contaminado su cauce. Pero en el enorme río, en sus riberas y alrededores, la vida se aferra, se adapta y se exhibe, orgullosa de su resistencia.

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Víctor Hugo Murillo S. vhmurillo@nacion.com 12:00 a.m. 29/08/2010

Allí, en un playoncito del manglar de Guacalillo, el trío seguía su rutina, imperturbable. Ajenas a las miradas curiosas y al ronroneo del motor de la lancha, las espátulas rosadas exhibían sus gráciles figuras, reflejadas en el espejo de agua.

Imagenes/Fotos

En otro sector del cauce, solo unos centenares de metros antes de entregar sus aguas al océano Pacífico, garzas con plumaje blanco y negro hurgaban entre el cieno en pos de un “bocadillo”.

Y, ¡cómo no! Los señores de las aguas: los cocodrilos, temidos y admirados, y también mimados.

Sí, aunque cueste creerlo, todavía queda vida en el río Grande de Tárcoles, ese tan contaminado que la sola mención de su nombre evoca desolación, malos olores y muerte.

Mas la naturaleza tiene recursos para defenderse o, al menos, resistirse ante el embate de las actividades del ser humano. Es una resistencia continua a un ataque sin tregua, que –por supuesto– hace mella en el río y en los ecosistemas.

Golpeada y obligada a adaptarse a condiciones degradadas y hostiles, la vida está allí, dispuesta a que la admiren, incluso, por muchos de quienes la atacan.

El Grande de Tárcoles, convertido en cloaca a cielo abierto por los dos millones de personas que viven en su cuenca de 2.000 km², todavía lucha todos los días por seguir de pie.

Relación parque-río

En las proximidades del río, la vida subsiste y es más variada de lo que uno piensa: al menos, 250 especies de avifauna, monos cariblancos y congos, mapaches, pizotes, manigordos, lapas rojas, aves zancudas... y cocodrilos americanos, por supuesto.

Quién diría que, kilómetros arriba, sus más fieles afluentes –el María Aguilar, el Torres, el Tiribí o el Virilla– reciben constantes descargas de desechos de todo tipo debido a la falta de planificación urbana del Valle Central. Hasta ahora, los esfuerzos por limpiar esos hijos del Grande de Tárcoles han sido débiles.

De las numerosas especies que habitan su desembocadura, los cocodrilos han mostrado gran capacidad de adaptación a las severas condiciones impuestas por los humanos. A estos animales se les ha visto nadar entre marejadas de plástico casi ahorcados por las llantas que viajan en el cauce desde la capital.

Esta especie, al estar en la parte de arriba de la cadena alimentaria, es un indicador del estado del ecosistema, explicó Bernardo Aguilar González, director de la Fundación Neotrópica.

La densidad de esos reptiles es muy significativa desde 1994 debido a varios factores: la consolidación del Parque Nacional Carara, la relativa purificación del agua y la reducción de la ganadería en la cuenca baja.

No cabe duda de que hay una relación de ayuda mutua entre el legendario río y Carara, creado en 1978 como reserva biológica y con la categoría de Parque Nacional desde noviembre de 1998.

Río y parque se tocan y se afectan. Carara evita que las crecidas de su vecino erosionen las orillas del parque, pero las llenas del río arrojan desechos en el sendero que da a la laguna meándrica, contaminando sus aguas.

Ambos ecosistemas ayudan a especies que se entrecruzan y posibilitan la anidación de aves, la reproducción de camarones y de otros animales. La lapa roja, por ejemplo, depende de ambos espacios: se reproduce y alimenta en Carara pero pernocta en el manglar de Guacalillo.

El rey del Tárcoles

El cocodrilo está presente dentro del parque y en el río. Es un campeón de la supervivencia y, ahora, ayuda a la población humana a sobrevivir.

Tiene seguidores asegurados en el puente sobre la carretera Costanera Sur, y se deja admirar en las riberas, aguas abajo. “La gente defiende al cocodrilo”, destacó Adrián Arce Arias, encargado de las investigaciones en el Parque Carara.

Gracias a un programa de educación ambiental, dirigido a la conservación y al manejo de los recursos, los lugareños se dieron cuenta de que la preservación es un buen negocio.

Esa resistencia de la vida en el río y sus alrededores es lo que permite que haya tours en lanchas que parten desde un muellecito en el pueblo de Tárcoles, en el cantón de Garabito.

Los visitantes viajan hasta la desembocadura para conocer lo que aún la contaminación no ha sido capaz de exterminar.

Cuatro empresas de lanchas –una de ellas costarricense–, ayudan al turista a adentrarse en los tranquilos canales de los manglares, un hábitat muy diezmado en otros puntos de la costa del Pacífico. El manglar es un ecosistema bello y útil. En caso de un tsunami, el manglar de Guacalillo sería una barrera natural contra la fuerza de las grandes olas.

Al navegar por sus aguas, el Tárcoles no puede esconder, entre las raíces de sus árboles y en los troncos semisumergidos, los restos de bolsas plásticas.

Por desgracia, las llantas y los envases plásticos son uno solo con el paisaje del río.

Las campañas de limpieza –que si bien contribuyen a generar conciencia entre la gente sobre la gravedad del problema–, apenas logran aliviar la suciedad de forma temporal.

A pesar de que la estación lluviosa ayuda a “lavar” el cauce, el olor a basura domina el ambiente y recuerda al turista y a los habitantes de la zona que la contaminación está allí, y continúa bajando por sus aguas.

En el río hay peces, pero no pesca. José Francisco Adanís Moreira –de 26 años y 15 de faena– y Manuel Agüero Solís –44 años y 36 pescando– deben viajar a Quepos, Parrita y hasta el Pacífico sur para lograr subsistir.

“Hay que buscar otras zonas porque aquí no podemos pescar”, dijo Agüero, quien vive en Tárcoles. Recordó que hace “unos 10 ó 15 años” empezaron los problemas para los pescadores, quienes se vieron obligados a lanzar sus trasmallos mucho más adentro del mar.

Obtener una buena pesca (500 ó 600 kilos) y una ganancia entre ¢150.000 y ¢200.000 los obliga a un viaje de, al menos, ocho días.

En el pueblo de Tárcoles, donde el 80% de la gente depende de la pesquería, no esconden su reclamo: “San José nos tiene matados”, se quejó Adanís.

¿Cuánto faltará para que la contaminación también acabe con el manglar de Guacalillo y con los espejos de agua de las espátulas rosadas?

Lo único cierto, hasta ahora, es que el Tárcoles todavía tiene fuerzas para resistir y plantársele, como el Grande que es, a la muerte.

Colaboró en este reportaje la periodista Ángela Ávalos.

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