La reunión de los presidentes de Colombia, Juan Manuel Santos, y de Venezuela, Hugo Chávez, el martes último en la ciudad de Santa Marta, marcó un avance en la normalización de las relaciones entre esas dos importantes naciones suramericanas. Además de restablecer los vínculos diplomáticos rotos por Venezuela el 22 de julio, luego de las denuncias planteadas en la OEA por la administración del ahora expresidente Álvaro Uribe sobre la protección de Caracas a los insurgentes de las FARC y el ELN, la cita del 10 de agosto fijó un plan de ruta para revivir las relaciones políticas y comerciales entre los dos países.
Cabe señalar que la acusación formulada por Colombia se apoya en pruebas contundentes de las cuales Chávez carecía –y todavía carece-- de una respuesta seria y creíble. Los insultos formulados por el mandatario venezolano negando el patrocinio a la guerrilla, más bien fortalecieron la posición de Bogotá en el conflicto con Chávez.
La falta de sustento golpeó internacionalmente al gobernante venezolano y, en mucho, abrió el camino al diálogo en Santa Marta. Asimismo, el fracaso del acercamiento propuesto previamente por la Unasur, organismo de seguridad regional creado a instancias del presidente brasileño Lula da Silva, rector del foro y amigo de Chávez, obligó al líder carioca a emprender una gestión más determinante y personal, que ayudó a concertar el encuentro en Santa Marta.
Converge en este panorama el calendario electoral de Brasil y Venezuela. Las elecciones presidenciales en Brasil serán en octubre, y Lula no querrá terminar su gestión bajo la sombra de un doble fracaso diplomático, en Irán y en la disputa de Chávez con Colombia. A su vez, las elecciones legislativas en Venezuela, el 26 de setiembre, preocupan a Chávez, quien posiblemente pensó que un apretón de manos con el nuevo presidente colombiano favorecería su imagen.
Con todo, fue evidente en Santa Marta que Santos y su equipo llegaron al poder con un plan de trabajo concreto y cuidadoso. Para empezar, las rabietas de Chávez han gravitado negativamente sobre el comercio con Colombia, que solía mantener un cuantioso y activo intercambio con Venezuela. Dichas relaciones produjeron un saldo deudor de Venezuela que ronda los $800 millones. Voceros del Gobierno colombiano manifestaron que el pago de esta deuda les preocupa mucho más que otros aspectos de los acuerdos cimeros. En este sentido, como resultado de la cumbre deberá integrarse una comisión binacional para detallar medidas concretas a favor de la reactivación comercial, incluyendo el pago de la deuda venezolana.
Otra comisión establecerá el mecanismo de verificación de los compromisos, particularmente los concernientes al desarrollo y la seguridad en las fronteras, amenazadas por la presencia de los guerrilleros en territorio venezolano, la cual Chávez sigue negando. Posiblemente sea la Unasur la encargada de supervisar las tareas de comprobación, pero primero será imprescindible precisar qué se debe inspeccionar. La integración de las comisiones debe ser definida el 20 del presente mes, en una reunión de cancilleres en Caracas, la cual también está llamada a llenar las lagunas subsistentes en los acuerdos.
Con base en la experiencia, la pregunta es cuánto tiempo le tomará a Chávez repudiar las obligaciones asumidas en Santa Marta. De manera más concreta, su reiterada negación del maridaje con las FARC, que cobija un jugoso tráfico internacional de drogas, se muestra hueca. Para muestra, un botón: los dos principales jefes de las Fuerzas Armadas, los generales Rangel y Carvajal, que supuestamente son responsables de mantener limpias de insurgentes las zonas fronterizas, han sido incluidos por el Departamento del Tesoro estadounidense en la lista negra de narcotraficantes internacionales y asociados con las FARC en ese negocio. Otras figuras cercanas a Chávez también aparecen en la infausta nómina. Más allá de las elecciones el 26 de setiembre, ¿seguirá Chávez cooperando con Colombia?
Son muchas, sin duda, las tareas pendientes para convertir las palabras en hechos. Por eso, formulamos votos por el éxito de los acuerdos de la cumbre, de manera que Santa Marta, donde reposan los restos de Simón Bolívar, no termine igualmente en sepulcro de las esperanzas generadas por la cita.