entre líneas

Cien días

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Armando González R. agonzalez@nacion.com 12:00 a.m. 15/08/2010

Sin proponérselo, Franklin D. Roosevelt proyectó una sombra, pocas veces benéfica, sobre el ejercicio del Poder Ejecutivo. Asumió la Presidencia en 1933, confrontado con los horrores de la Gran Depresión y presentó un programa de cien días para rectificar el camino. Desde entonces, la medida temporal se aplica sin distinciones a los sucesores de Roosevelt en los Estados Unidos y a una pléyade de desafortunados mandatarios en el resto del planeta.

El Presidente estadounidense aprovechó su dominio sobre el Congreso y la unión de voluntades concitada por la crisis para impulsar trascendentales reformas en los tres primeros meses del mandato. Su recién inaugurada administración representaba, además, una clara ruptura ideológica con el pasado.

El programa no se agotó en cien días y no todas las medidas resultaron exitosas, pero el plazo para la evaluación quedó escrito en piedra, como si fuera posible repetir la hazaña en cualquier circunstancia y, peor aún, como si la repetición fuera una expectativa natural y razonable. La prensa, a menudo proclive a los clichés, contribuye a perpetuar el mito, casi siempre sin conciencia de las peculiares circunstancias de su origen

En condiciones apropiadas, los primeros cien días de gobierno –y ¿por qué no los primeros 150 ó 200?– representan una oportunidad irrepetible. La novedad del mandato y el impulso de la victoria electoral ofrecen al Ejecutivo una ventaja de enorme potencial transformador. Si el mandatario cuenta, como Roosevelt, con el apoyo del Congreso y la urgencia de remediar una crisis de proporciones históricas, el impulso puede ser irrefrenable. Pero las estrellas de la política pocas veces se alinean con tanta perfección y el parámetro de Roosevelt, aplicado a otro tiempo y lugar, no pasa de ser una construcción artificial.

En circunstancias menos favorables, por ejemplo, un gobierno inaugurado sin mayoría parlamentaria y con las crucitas de su predecesor al hombro, los primeros cien días pueden ser un calvario. Tampoco tienen por qué ser los más importantes. La atomización de fuerzas políticas exige una gestión pausada, intensa en la negociación y con pocos resultados inmediatos.

Si los veinte años de Gardel no son nada, los cien días de Laura no son como para llorarlos en un tango.

Por el contrario, hay iniciativas interesantes. Un ejemplo es la promesa de políticas coherentes frente a la inseguridad ciudadana. Todavía no pueden ser evaluadas, porque los primeros cien días fueron para pensarlas.

Los errores --y hay varios– pueden ser valorados en cualquier momento, pero los logros' pues, bueno, abusando de la paráfrasis tanguera me atrevo a repetir: cien días no son nada.

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