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Jorge Guardia abogado-economista jguardia@nacion.com 12:00 a.m. 10/08/2010

Algunos colegas han criticado mi defensa de las políticas del Banco Central en el último año y mi convicción de que podría cumplir sus metas de inflación hasta el 2011 (si no mete las de andar de aquí a allá). Alegan que, por sus pérdidas, no podrá hacerlo. Creo que ese factor es cada vez menos relevante.

Lo primero es constatar que la inflación observada por las variaciones en el IPC me da la razón a mí y no a ellos. También, el ISI y el IPPI, ambos en un 4%. Si bien, en enero y febrero el IPC fue alto debido al alza de tarifas y precios regulados, de marzo a la fecha se ha comportado a la baja. En estos 5 meses solo subió 1,38%. Anualizado, apenas llega a 3,31%. Eso sugiere que el Banco Central podrá también lograr sus metas en 2011, entre 3% y 5%.

Luego están las pérdidas del Central, que ayer superaban el 1% del PIB e incidían en el IPC, pero hoy se han reducido significativamente. Sólo representan un 0,4% del PIB. Y si sigue portándose bien, sin regalar encajes a los bancos ni intervenir con emisión en el mercado cambiario, serán absorbidas por el señoraje y menor costo de sus pasivos (bajas tasas de interés por la menor inflación), y podrá consolidar la estabilidad futura, siempre y cuando no se deje mal aconsejar por quienes lo inducen a emitir más para estimular el crecimiento).

Otros pretenden sustituir el colón por el dólar. Está bien. Al menos, son sinceros. Yo no tendría nada en contra, si no fuera porque escogieron un mal momento. Antes, el colón era muy débil y dolarizar era una buena opción. Pero su fortaleza actual se mide según los parámetros convencionales: baja inflación y tipo de cambio de equilibrio. El dólar, en cambio, ha venido cediendo y sus perspectivas no son halagüeñas. Antes de dolarizar, debemos pensarlo bien. ¿Queremos ligarnos a la moneda de un país con bajo crecimiento, altamente endeudado, y cuyo déficit fiscal supera el 12% del PIB?

La otra crítica se centra en las vicisitudes de la flotación. No voy a negar su efervescente naturaleza ni que el Monex sea un mercado limitado. Pero ese trago lo bajo, como medicina amarga, a cambio de innegables beneficios. Su objetivo no es estabilizar el tipo de cambio ni favorecer a sectores privilegiados, sino liberar la política monetaria para controlar la inflación y equilibrar la balanza de pagos en un contexto global, incluyendo entradas y salidas de capital. Ambos se están logrando. Prefiero mil veces un tipo de cambio reverberando al son del Monex, que un colón humillado por alta inflación y altas tasas de interés. La estabilidad del IPC beneficia a muchos; la otra, a muy pocos. Esa es mi argumentación principal.

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