Tradiciones

Ellas lo dieron todo

Cerca de 60 mujeres rafaeleñas de 80 años o más de edad dieron buena parte de su vida para que el cantón herediano de San Rafael sea lo que es hoy. Varias de ellas cuentan sus historias de lucha, sacrificio y, por qué no, sus muchos buenos recuerdos.

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Ángela Ávalos R. aavalos@nacion.com 12:00 a.m. 08/08/2010

A Libia Vargas Esquivel la vida la sorprendió escogiendo granos de café en el beneficio Otoño. Ser mamá sola, con tres hijos que mantener no era una hazaña fácil en los años 50 del siglo pasado.

Imagenes/Fotos

Aunque aprendió el oficio de telegrafista, Libia no tuvo más salida que trabajar en el patio de uno de los seis beneficios de café de San Rafael de Heredia. Lo hizo por más de dos décadas.

Así fue como crió a sus tres hijos: el actual alcalde de ese cantón herediano, Alberto Vargas, y Áurea y Cecilia, quienes se dedicaron a la educación.

Libia pertenece a un grupo de 60 mujeres rafaeleñas a quienes ese cantón le rendirá un homenaje pues fueron parte de aquel ejército silencioso de damas que ayudó a levantar la comunidad.

Con poco más de 40.000 habitantes en la actualidad, San Rafael cumple, en este 2010, los 125 años de su fundación.

Para algunos, quizá, las historias de estas mujeres puedan parecer una cadena de simples hechos sin mayor pomposidad o relevancia. Pero apenas uno se deja llevar por sus narraciones, se encuentra, de frente, con la aventura de madres que lo fueron a la luz de una candela, o con la hazaña de criar solas a nueve hijos a punta de abarrotes de pulpería.

Damas de roble

Cada una de esas 60 mujeres tiene una historia en la que se refleja la madera de la cual están hechas. Por eso, los rafaeleños están tan orgullosos de ellas.

El caso de Libia: visitarla es como meterse en un rinconcito del pasado. Su casa es pequeña y guarda muchos detalles de aquellos años en los que tanto luchó por sacar adelante no solo a sus hijos, sino a su mamá, a quien cuidó hasta sus últimos días.

Sus días transcurrieron entre un grupo de 40 escogedoras de café. “Era divertido. Uno se entretenía hablando y oyendo radio”, comentó, como queriendo bajarle el perfil a lo tremendamente agotadora que era aquella labor.

Horas de horas pasó en una silla, con los ojos perdidos entre miles de granos de café, atenta a pescar aquellos que no cumplían con la calidad requerida.

¿Que si dolía la espalda? ¡Claro! Por eso, luce encorvada. Un bordón le ayuda a moverse luego de una fractura de pierna. De vez en cuando, viene a verla alguno de sus nueve nietos o sus seis bisnietos.

Socorro González Vargas, de 88 años, es de figura pequeña y delgada. Contrasta con la fuerza de su risa.

Vive camino al Monte de la Cruz, en una casa de madera de 40 años o más. Aprovecha la visita inesperada para contar que lleva 12 años tramitando una pensión del régimen no contributivo, que la Caja da solo a pobres.

“¡Va a crerusté que me dijeron que tenía que vender el lote para que me dieran la pensión! Yo, lo único que quiero es tener mi platica para comprarme delantales y no depender de nadie”, cuenta, y suelta la carcajada en lugar del llanto por tanto papeleo inútil.

Socorro tuvo nueve hijos a los cuales crió sola porque su difunto marido solo tuvo capacidad para portarse bien los primeros años de aquel fugaz matrimonio.

Ella es experta en deshijar el café y, sobre todo, en sembrar frijoles. Lo aprendió “desde güila” cuando su papá la sacó de la escuela para ponerla a trabajar.

“Me casé a los 17, ostinadititica de la casa, pero me fue pior. Al principio, él fue un buen marido, pero después fue pa’trás y pa’trás”.

Tan atrás que se desapareció del mapa. A punta de vender en una pulpería, Socorro se las arregló para darles a todos el sexto grado por lo menos.

Su pulpería fue famosa en el barrio. Se llamaba Centro de amigos, y fue levantada en un rincón del jardín. Y a ella se le recuerda siempre con su trenza recogida y su delantal de peto, detrás del pequeño mostrador.

La hija del pionero

Si por algo es famosa Consuelo Arce Ramírez –además de su dulzura sin límites y su don de gentes– es por Reyes Arce, su papá, quien fue el artífice de la primera cañería que surtió de agua potable a los rafaeleños.

Con 95 años de edad, Consuelo tiene una memoria prodigiosa. El Tanque 90, al cual los rafaeleños califican como el más grande del país, fue una de las obras que se deben a la generación masculina de su familia.

Mas para que esos hombres fueran a trabajar, había un grupo grande de mujeres listo para llevarles el gallito al pie del cafetal; Consuelo entre ellas.

Todavía disfruta palmeando las tortillas caseras que alguna vez le llevó a su papá, sus hermanos y su esposo, Juan Rafael Garita, a quien conoció –como era común en esos tiempos– en la misa de diez.

Nueve de sus diez hijos nacieron en la casa. Al mayor, se le ocurrió nacer una noche, estando Consuelo sola. Con la asistencia de su vecina y de una candela, el güila pegó su primer grito sobre la estera tendida en el piso de la cocina.

Al igual que Libia y Socorro, Consuelo ha dejado una carretada de nietos (22 en total) en San Rafael. “Han salido buenos muchachos”, dice. El tiempo lo dirá en unas décadas, cuando estas abuelas ya no estén y haya otros para contar esta otra parte de la historia rafaeleña.

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Mario Bastos Garro 22:54 8/8/2010

He conocido varias damas y varones ejemplares. De finales del Siglo XIX unos, de principios del Siglo XX, otros. Todas personas con gran carisma y vocación de servicio. Incansables en el trabajo, honestidad intachables y horadez a toda prueba. Esos eran nuestros antepasados. Ejemplo para cualquier generación por exigente que sea. Como ejemplo, me refiero a tres personas de esa época: Señores: Adán, Juan de Dios y Manuel Guillén Soto. Personas ecepcionales: Hablo de ellos en la década de los años 50 del Siglo pasado. Ellos, personas bien entradas en años, 50 a 70 años. Estos tres hermanos, estaban presentes en todos los funerales que hubieron en la Zona de Santa Teresita de Turrialba, en las Velas de los difuntos; ellos se encargaban de abrir las sepulturas. Cuando había un enfermo grave, se encargaban de llevarlo en hombros, en una camilla improvisada, con una distancia de 10 Kilómetros; Participaban en las Junta de Educación y Patronatos Escolares; Eran muy pobres, pero les sobraba voluntad y energías para servir a su pójimo. Con esto quiero resaltar el sitio de honor de las señoras: Libia Vargas Esquivel, Socorro González y Herminia Zárate Araya, sin duda, enorme ejemplo para las juventudes de hoy día. Que Dios Bendiga estas tres ejemplares señoras, por las acrisoladas virtudes, los costarricenses las reverenciamos por su justo mérito y nobleza.

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Defensor de cultura popular les escribe

Una revista las retrata

El educador pensionado Guillermo Bogantes es un enamorado de la cultura popular. Conocedor como es de la historia de su cantón, se decidió un día de tantos a rendir un homenaje escrito a más de 60 mujeres rafaeleñas que han colaborado al levantamiento de uno de los cantones más prósperos.

“La mujer rafaeleña ha esperado 125 años este homenaje”, dice Memo, como le conocen, refiriéndose a la celebración del cantonato.

“Son mujeres que han estado escondiditas todo el tiempo, pero que han dado un aporte con su trabajo y con los hijos que le han dejado al cantón.

“Esto va a ser como sacar del baúl aquella joya preciosa que no ha sido exhibida”, comentó el educador en el corredor de su casa esquinera, a pocas cuadras del hermoso templo católico de San Rafael.

Su idea se transformó en una revista, Homenaje a la mujer rafaeleña (en los 125 años de fundación cantonal), que empezará a circular en ese cantón en estos días con el auspicio del Banco Nacional.

En cada una de sus páginas, Guillermo Bogantes destaca el aporte de mujeres como las cuatro que hoy presentamos en Proa. Son mujeres que se forjaron a puro trabajo.

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