El presidente Barack Obama enfrenta desafíos muy complejos. Su agenda se extiende desde la reactivación económica hasta la guerra en Afganistán, el proceso de paz en el Cercano Oriente y la carrera nuclear de Irán, amén de una infinidad de asuntos externos e internos de Estados Unidos que consumen la mayor parte del día y nutren los desvelos del mandatario.
Sin embargo, el principal reto no aparece claramente individualizado en el recuento cotidiano aunque, en el fondo, permea su quehacer y, no menos importante, también los sondeos de opinión. Ese esquivo desafío es el estado anímico de la ciudadanía, hoy manifiesto en el creciente pesimismo sobre la dirección del país.
Este sentimiento, en vísperas de las elecciones de medio período programadas para noviembre, presagia pérdidas considerables del oficialismo demócrata en el Congreso y, también, una multiplicación de las dificultades de la Casa Blanca para sacar adelante las iniciativas presidenciales.
Obama, destacado por su inteligencia, sabe que su futuro político va de la mano del ánimo ciudadano. El desánimo marcó la derrota de Jimmy Carter en 1980, frente a Ronald Reagan, el candidato republicano que irradiaba optimismo. Hoy día, Obama conserva en las encuestas un puntaje favorable a su persona, pero no a su gestión. Esto lo obliga a redoblar esfuerzos para lograr la reelección en el 2012.
Ciclos así no son nuevos, aunque la magnitud del actual preocupa a la jerarquía demócrata. Es cierto que a su favor se dibuja un cuadro republicano disperso, sin figuras de particular carisma y dominado por grupos autónomos como el Tea Party. Con todo, el indicador que quizás más debería alertar al Presidente es el relativo a la dirección que sigue el país. Según la compilación publicada por RealClearPolitics, las opiniones negativas sobre el rumbo del país exceden ya el 60%, en tanto las positivas van de caída y se sitúan en el orden del 30%. Las cifras corresponden a finales de julio.
El pesimismo es notorio en lo que respecta a la guerra en Afganistán, donde converge un aumento pronunciado de muertes y un entorno de corruptela gubernamental. La semana pasada, en una votación en la Cámara de Representantes para autorizar el presupuesto destinado a las fuerzas norteamericanas en Afganistán, más de 100 congresistas demócratas se rebelaron y votaron en contra de la petición del Presidente. La aprobación necesitó votos republicanos para concretarse.
Algo similar sucede en lo que respecta al libre comercio. Los legisladores demócratas moderados reconocen su importancia para reactivar la economía estadounidense. Así lo declaró hace poco Obama al invocar la necesidad de refrendar en el Congreso el tratado de libre comercio con Corea del Sur y los pendientes con Colombia y Panamá. Como bien señaló en esa oportunidad, estimular las exportaciones es un imperativo para superar la recesión económica y ampliar el empleo.
Lamentablemente, los sindicatos y otros sectores proteccionistas son enemigos del libre comercio, tema que han viciado a través de los años mediante campañas millonarias. Esos sindicatos gozan de una exagerada influencia en círculos demócratas, a los que sirven mediante contribuciones financieras y el apoyo logístico de sus cuadros. Esto ha derivado en la parálisis de la administración en varios campos donde no ha osado implementar lo que el Presidente pregona.
Los imperativos electorales frecuentemente han sido excusa para la inacción. Sin embargo, la hora de tales excusas se agota y Obama necesita revitalizar áreas que su administración ha descuidado. En este sentido, no hay justificación para la virtual ausencia de Estados Unidos en la región latinoamericana, en tanto Chávez, Irán y Rusia aprovechan el vacío político para extender sus intereses en ella. No creemos que las imágenes de Ahmadinejad pavoneándose en Latinoamérica, o de Putin paseando a sus anchas por Suramérica y el Caribe, generen particular optimismo entre los estadounidenses. Y esto es algo que debería alarmar al Presidente.