El reconocido historiador español Josep Fontana afirma, en el prólogo del libro de Peter Linebaugh y Marcus Rediker, La hidra de la revolución. Marineros, esclavos y campesinos en la historia oculta del Atlántico (Critica, 2005), que estos autores, en virtud de la calidad de su obra, fueron galardonados por la “International Labor History Association Book Prize”. Agrega que esos historiadores, que anteriormente habían sido merecedores de premios de renombre mundial, fueron objeto, sin embargo, de una “reseña sangrienta”, por parte de otro historiador reputado: David Brian Davis, autor de importantes estudios sobre la esclavitud en el mundo occidental.
Los autores supracitados, a juicio de Fontana, cometieron varios “pecados”. En primer lugar olvidaron que en la práctica, “el estudio de la historia es un campo dividido en varias parcelas cerradas, en cada una de las cuales los jefes de fila de las distintas tribus académicas [los especialistas consagrados o supuestamente tales] fijan las reglas del juego y las condiciones de la admisión”.
En esas circunstancias, ¿se podría ser especialista “en un libro que abarca cerca de dos siglos y medio en las orillas del Atlántico, que tiene por protagonista a marinos, esclavos, trabajadores y campesinos, que nos cuenta las luchas de hombres y mujeres en un escenario múltiple de tierras comunes, plantaciones, barcos y fabricas”? Esa osadía, Davis no la tolera, y se empeña en machacarlo, “echándoles en cara algunos errores factuales” Esto, en realidad, “es de poca monta, en una obra de tal amplitud, que aporta gran cantidad de evidencias procedentes de fuentes manuscritas o impresas hasta hoy desconocidas”.
Pero el mayor “pecado” cometido por Linebaugh y Rediker, en la óptica de Davis, radica en el supuesto “enfoque marxista simplista y romántico que mezcla a toda las víctimas y a todos los rebeldes en un “proletariado homogéneo, coherente y heroico”. Esto, según Fontana, demuestra una franca “hostilidad ideológica”, puesto que el análisis de los autores de La hidra de la revolución' se sitúa “más allá del concepto de clase”. Además, replica Fontana, en ese libro “hay muchas más citas de Shakespeare y de Milton que de Marx (y, por supuesto, no hay ninguna de Lenin, de Mao o de Pol Pot)”.
Por razones de espacio, no es posible dar cuenta de los otros “pecados” cometidos por los autores de la obra prologada por Fontana, causante del “furor de Davis”. Entre ellos el poner al desnudo “la violencia ejercida contra una clase multiétnica que fue esencial para el surgimiento del capitalismo y la economía global moderna: La violencia de la picota, del tajo, de la horca y de los grilletes en la sombría bodega de un barco”. (Lo entrecomillado es de Linebaugh y Rediker).
Lo referido hasta aquí evidencia, no obstante, el hecho de que en el mundo académico, en todas las latitudes, hay personas o grupúsculos que se constituyen en “guardianes del orden intelectual”. Estos, al funcionar como sínodos, concilios o sumos pontífices, se comportan como poseedores del monopolio del saber; se arrogan el derecho de decidir que es académico y lo que no lo es; y llegan al punto de establecer diferencias entre lo que es Historia e historia. Igualmente, estos oráculos parecen tener el derecho de decir la última palabra sobre lo divino y lo profano, pero también de decidir que es digno de publicarse o no; e incluso de determinar quién es merecedor de una distinción nacional, y ¿quién no? ¿Habrían sido, además, escogidos por La Providencia, como lo creyó haber sido en su tiempo, William Walker, para sacar al resto de los mortales de la ignorancia y la oscuridad?
En concordancia con lo relatado por Josep Fontana, se considera pertinente acotar lo expresado por uno de los comentaristas de la obra del escritor colombiano William Ospina, El país de la canela, premio de novela Rómulo Gallegos, 2009. (Documento de Internet). Cuenta que cuando Ospina recibió ese prestigioso galardón, “reconocidas voces literarias venezolanas sostenían que eso se debía a que el autor era simpatizante de Hugo Chávez”. Pero, subraya ese comentarista que “después de haber leído El país de la canela, no tengo más que decir: “bien merecido” ['] Ospina “halló en este premio un justo reconocimiento en todo sentido por su dedicación y años de paciente investigación”.
Aunque eso haya causado “escozor en el pensamiento de pocos o de muchos' ”.
¿Ocurrirán cosas así, en nuestra querida patria –perdón, por el nacionalismo anacrónico– de sencillos labriegos?