Mordia-amari-boaradia-ngu-boruga-amari-mordia (Quien pierde sus mitos se pierde a sí mismo), reza un proverbio aborigen australiano. Bien por la decisión de los jefes de las fracciones legislativas de proponer que se declare Héroe Nacional a don Juan Rafael Mora. El grupo Mora Vive había declarado el año 2010 como Año del Desagravio y a fe que, tras el acuerdo de los líderes parlamentarios, alcanzó su meta con creces.
Debe agradecérsele a Eduardo Nassar Barahona el haber sido, desde 2004, nervio y motor de ese grupo, nacido del temor, a la postre bien fundado, de que los gobiernos, el de Pacheco (“mi amigo míster Bush”) y, más tarde, el de Arias, bajarían en lo posible el perfil a la conmemoración del sesquicentenario de la Campaña Nacional contra los filibusteros. De no haber sido por el fervor de Nassar Barahona, no habríamos percibido aquella especie de conspiración urdida para opacar la remembranza de la epopeya matriz de nuestro gran mito nacional. Su alerta nos hizo comprender a tiempo que, en efecto, la comisión organizadora de los actos conmemorativos se había tornado inoperante de una manera que aparentaba muy bien ser deliberada; y como resultado de aquel aviso algunas entidades independientes decidieron no esperar más por las iniciativas oficiales -que llegarían tarde y serían tibias- y a tomar decisiones propias que, por ejemplo, en el caso de las editoriales públicas y algunas privadas llevaron a la edición, la reimpresión y la reedición de numerosos libros y documentos sobre la Campaña Nacional y sobre la figura de Juan Rafael Mora y su tiempo. Pese a todo, la conmemoración oficial fue sosa y como vergonzante, cual si las autoridades se hubieran empeñado en borrar de las mentes costarricenses cualquier alusión histórica que pudiera fortalecer la oposición al TLC. Bien podría decirse que la distancia de siglo y medio se reflejó en la diferencia entre las proclamas de don Juanito -acta de nacimiento de nuestra nacionalidad- y el memorándum Casas-Sánchez, posiblemente el documento político más ruin de nuestra historia.
Y a propósito de ese memorándum, algún día los historiadores harán lo que los periodistas no han tenido la oportunidad de hacer: revelar su verdadero origen. En la historia no habrá de faltar un minúsculo capítulo que relate quiénes fueron los participantes en la reunión de la que salió ese documento. Casas y Sánchez solo fueron la cabeza de turco, y la lista completa, registrada ya en muchos cuadernos de notas, no hará que nuestros nietos se caigan de espaldas pero sí explicará algunas de las rarezas políticas más recientes.