Una vez más, Hugo Chávez atiza las tensiones en la región. A raíz de las denuncias sobre campamentos de las guerrillas de las FARC en suelo venezolano que el Gobierno de Colombia presentó con lujo de pruebas y detalles ante el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA) la semana pasada, el presidente Chávez respondió con una escalada de sus usuales diatribas y amenazas.
Según Chávez, las acusaciones de Colombia son mentiras fraguadas por Washington y forman parte de una tenebrosa confabulación para asesinarlo y derrocar al régimen bolivariano. Y, de nuevo, Chávez ha amenazado con suspender el suministro de petróleo a Estados Unidos, amenaza reiterada por el ministro de Energía y Petróleo, y presidente de Petróleos de Venezuela (PDVESA), Rafael Ramírez, desde La Habana, sujeta a que se concrete la agresión armada contra Venezuela desde territorio colombiano.
Nada de lo que ha dicho –y amenazado– Chávez hasta ahora es nuevo. Sin embargo, hay en estos momentos un trasfondo particular. Para empezar, las acusaciones sólidamente formuladas por Colombia sobre la protección de Chávez a las FARC, la mayor guerrilla colombiana, internacionalmente declarada narcoterrorista y vinculada a agrupaciones como ETA y Hezbolah, son sumamente graves y no son fáciles de rebatir ni mucho menos ocultar. Si así fuera, Venezuela habría consentido de inmediato el envío de una delegación de la OEA – solicitada por Colombia– para verificar sobre el terreno las serias denuncias de Bogotá.
Cabe señalar que existe en Washington un público atento a las andanzas del Presidente venezolano, especialmente en el Capitolio, que ha demandado repetidamente la declaración de Venezuela como Estado patrocinador del terrorismo. Curiosamente, de producirse tal declaratoria, Chávez haría compañía al elenco de déspotas cuya amistad ha cultivado. Ahora, con el cúmulo de evidencias suministradas por Colombia, además de muchas otras en poder de la administración y el Congreso, será más difícil para la Casa Blanca y el Departamento de Estado soslayar dichos llamados.
En este sentido, cabe señalar que la declaratoria de patrocinador del terrorismo acarrearía la inmediata imposición de sanciones comerciales y financieras por parte de Washington. Esas serían las nocivas consecuencias económicas que Chávez ha estado invitando con sus excesos y demagogia. Y, de esta manera, las amenazas de cortar los envíos de petróleo a Estados Unidos, se tornarían reales. Vaya ironía.
Las implicaciones de la declaratoria han sido, sin duda, ponderadas por los dirigentes norteamericanos y eso ha contribuido a frenarla. Venezuela es el quinto proveedor más importante de Estados Unidos. Con todo, señalan los expertos, la cesación del comercio perjudicaría más a Venezuela que a Estados Unidos. Por una parte, el petróleo venezolano es pesado y demanda refinerías capaces de procesar esta categoría de combustible, las cuales mayormente están en Estados Unidos. Por otra, Estados Unidos podría compensar rápidamente las cantidades provistas por Venezuela con compras en el mercado internacional, en especial de sus actuales proveedores.
En cambio, las ventas a Estados Unidos son las mayores de Venezuela y desviar este flujo a otros compradores que no gozan de las mismas ventajas geográficas y técnicas sería complicado y llevaría tiempo. Y el tiempo es un recurso del cual el régimen de Chávez no dispone dadas las graves condiciones de la economía venezolana, incluida la declinante producción de PDVSA.
Convergen en este panorama las elecciones legislativas de Venezuela, a celebrarse el 26 de setiembre próximo. Desde hace algún tiempo circulan versiones de que Chávez anda en busca de una excusa para cancelar ese ejercicio democrático por temor a los resultados. La creciente oposición a su gobierno amenaza traducirse en un fiasco electoral para el oficialismo, que perdería así un engranaje clave para el ejercicio autocrático.
Aunque la oposición, por bien o por obra y milagro de chanchullos, quedara en la minoría, siempre presentaría un serio desafío para el chavismo.
Agitar las aguas del entorno y escalar las tensiones con Colombia quizás va en esa dirección, pero hay desarrollos diplomáticos, entre ellos la mediación de UNASUR y la personal de Lula, alentados por el cambio presidencial en Colombia el 8 de agosto, hacia donde podrían reconducirse los acontecimientos regionales. No hay forma de vaticinar lo que hará Hugo Chávez, una figura controversial e impredecible, capaz de depararle al hemisferio sorpresas y tragedias. He ahí la incógnita.