Así como hace unos días esta columna describió la alegría por el oro que obtuvo Nery Brenes, hoy toca comentar la amargura de Kristopher Moitland por su caída en el taekwondo, el pasado jueves.
Tal y como el deportista mencionó en reiteradas ocasiones, el oro era una obligación para él.
Se lleva la plata, nada despreciable, pero era el favorito, el olimpista, el experimentado'
Además, su motivación, sus declaraciones, su confianza, combinadas con la necesidad de otra presea de este metal para así aliviar los bajos números en ese rubro, hicieron pensar que ya la teníamos en el bolsillo.
Todos nos la creímos y solo faltó el titular: Moitland se deja el oro. Pero no se logró.
La dura patada que recibió el taekwondista costarricense en la cabeza, la cual lo marginó del puesto más alto del podio en el tiempo adicional (impacto al casco válido por “punto de oro”), vino acompañada con una dosis de realidad: en la competencia no hay nada escrito.
Es curioso que dicha frase siempre se nos aplique, pero no pase lo mismo al contrario'
A pesar de todo, Moitland no se escondió detrás del telón, no se guardó entre excusas e hizo lo que pocos o más bien ningún deportista costarricense hace de buenas a primeras: aceptó la derrota y hasta pidió disculpas.
No hubo frases de “no hubo apoyo”, “fueron los árbitros”, “culpa de la prensa”. Ni una. Solo dijo un claro: “Es mi culpa, me equivoqué y fallé”.
Escuchar a un atleta nuestro decir que siente verguenza y que ofrece disculpas al país es tan anormal que confunde.
Por supuesto que sus palabras y su visible tristeza no borran que no ganó y que se frustró una de las máximas esperanzas, no obstante, demuestran que es un profesional comprometido, con verguenza deportiva.
Esos son los que triunfan. Ojalá tenga esa oportunidad.