En su libro de relatos “Conversando una botella”, Eduardo Montecinos, escritor chileno-costarricense, nos narra episodios destacados de su niñez, adolescencia y juventud en la provincia chilena de Valparaíso, su intensa actividad política por el socialismo, el trabajo de los líderes, los obreros y los estudiantes, la llegada de Allende, los trabajos del Frente Popular y el golpe militar que introdujo la horrenda dictadura pinochetista.
Su libro nos ofrece interesantes descripciones de la vida de los obreros, las comidas típicas, las celebraciones, las diversiones, la política, el paisaje de su provincia natal. Se encuentran aquí recuerdos de amigos desaparecidos y sobrevivientes, el exilio, las visitas a su país natal, los emotivos reencuentros.
Luego de sufrir un año los duros campos de concentración militares, Montecinos obtiene asilo en Costa Rica y desde entonces vive entre nosotros con su familia. Aquí ha realizado un extraordinario aporte a la cultura costarricense a través de su labor editorial y su librería “Nueva Década”, por muchos años la mejor surtida, en nuestro medio, de obras científicas, filosóficas y literarias. En su libro hay una constante referencia, plena de agradecimiento, a su segunda patria y las amistades cultivadas aquí.
Homenaje. Pues bien: en uno de los pasajes de su obra, Montecinos escribe que, una vez llegado a Costa Rica en 1974, “con el tiempo me di cuenta que había llegado a un país socialista, era prácticamente lo que nosotros queríamos para Chile con el Gobierno de la Unidad Popular. Lo que empecé a conocer de Costa Rica era increíble: universidades del Estado, la Banca, los seguros, la salud, el agua, las telecomunicaciones, todo, todo bajo control del Estado. El país daba la sensación de tranquilidad y estabilidad. Y lo más importante, sin Ejército”.
La percepción del aguerrido joven político rinde un homenaje justo a lo que era por entonces nuestra nación. En efecto, por los años cuarenta, no obstante la guerra de 1948, y hasta fines de los setenta del siglo pasado, Costa Rica era una democracia sana, con un sistema educativo que permitía estudios primarios, secundarios y universitarios de muy buena calidad.
En las escuelas se atendía con esmero la educación y la salud de los niños y los maestros se distinguían por su laboriosidad y por el respeto bien merecido que les rendía la población. Se caminaba con seguridad, libertad y alegría por los campos y las calles urbanas se contaba con un buen régimen de salud, un sistema bancario nacional sólido y unas garantías de trabajo desarrolladas. La prensa libre era en general una magnífica tribuna crítica política.
Naturalmente, aquella sociedad algo sencilla no podía mantenerse para siempre, pero podría haber evolucionado ordenada y coherentemente hacia la complejidad creciente de los estados contemporáneos mejor organizados. Por el contrario, ¿cómo una democracia extraordinaria como aquella, habría de caer en la cruel desgracia que hoy sufre nuestra nación? Desde hace años la amenaza del narcotráfico se cierne hasta sobre los destinos de nuestros niños. Estos hoy se inician en el fumado y el alcoholismo a edades muy tempranas y a las puertas de las escuelas los acechan los traficantes.
La violencia pandillera ha tomado populosos sectores de las ciudades y cobra diariamente su caudal de sufrimiento. Ninguna casa, edificio, negocio ni lugar se encuentran seguros ante la temeridad y el armamento de los delincuentes. El mal estado de puentes y carreteras y los accidentes diarios aumentan la incertidumbre y el dolor. Un millón de habitantes hundidos en la pobreza agrava notablemente esta siniestra perspectiva.
La seriedad de los problemas nacionales no encuentra en el partido gobernante ni en la oposición las acciones que requiere necesariamente la preservación de nuestro país.
Es muy peligroso que una nación demócrata, medianamente culta y todavía beneficiara de los logros de su pasado, no sepa reaccionar pronta y firmemente a situación tan grave y no se dedique a defender a su población con toda su fuerza e inteligencia.