La información sobre los triunfos científicos o artísticos de los niños y jóvenes costarricenses en el campo internacional o interno ha venido in crescendo en nuestro país, gracias a su mismo impulso. Durante mucho tiempo las noticias exaltaban básicamente a los atletas y a los futbolistas, principalmente a la selección nacional de futbol, desde el inicio de su preparación, con todo detalle, hasta la consecución de alguna medalla o triunfo resonante. Es preciso mantener esta tradición deportiva en el orden informativo. Los logros deben publicitarse pues estimulan y plantean renovados desafíos.
En cuanto a los triunfos de los jóvenes o de los niños, en el campo científico, en los torneos de matemáticas o en diversas olimpíadas mundiales en su género, así como en concursos musicales de renombre, este periódico no ha escatimado tiempo ni espacio. Esta dimensión de la cultura nacional y del conocimiento ha arraigado y forma parte de nuestra agenda, como prolongación del esfuerzo realizado por años en el apoyo a la educación pública y en la difusión de la literatura universal. Esta labor se entronca unitariamente con los proyectos de responsabilidad social, la mejor forma de gratificar a nuestros lectores por su respaldo y confianza.
Hoy le toca el turno, en este editorial, a los cuatro jóvenes que participaron, con otros 64 países, esta semana, en la primera Olimpíada Mundial de Química en Tokio. Son ellos Rafael Ángel Rodríguez Arguedas, de 19 años, egresado del Colegio Científico de San Ramón, quien conquistó medalla de oro, con el más alto puntaje en América; Óscar García Montero, de 17 años, del Colegio Nueva Esperanza, de Santa Bárbara de Heredia, quien obtuvo una mención honorífica, y con ellos, como parte de la delegación nacional estudiantil, Tachmajal Corrales Sánchez, de 17 años, del Colegio Científico de San Pedro, y Wainer Camacho Vargas, de 16 años, del Colegio Científico de San Ramón. El apoyo de Conare, del Micit y del Conicit dio frutos abundantes.
Estas entidades y el Ministerio de Educación Pública han contraído, en cada una de estas justas victoriosas, un fuerte compromiso con la educación de calidad y con la formación científica, con el mismo empeño y visión con que, en el campo musical, los grandes triunfos han servido para trazar una senda firme y ancha para estimular a muchos niños y jóvenes, cuyos sacrificios personales y familiares, en pos de horizontes más altos, han hecho historia. Esta comparación con la enseñanza musical no es fortuita.
La gran lección que nos deja es de larga data y se hunde en los pensadores griegos: el camino del triunfo es la disciplina, la ética del trabajo, el esfuerzo propio, y no, como ocurre en nuestros predios, el facilismo.
Los jóvenes triunfadores en la primera Olimpíada Mundial de Química en Tokio, así como otros en torneos nacionales e internacionales, conquistaron lauros y enaltecieron al país porque, desde el punto de arranque, pusieron alto el listón. Ellos tenían un sentido claro de los derechos, pero también de los deberes, y sabían bien que, entre aquellos, sobresale el derecho a la excelencia, sobre todo para los estudiantes y familias más necesitadas, inalcanzable sin la mediación del deber. A ninguno de ellos se les retiró de su lista de deberes una obra literaria o científica por ser “compleja” o “pesada”, como el Quijote, y jamás se les habría estimulado mediante la degradación del bachillerato, como propuso, en forma alegre y populista, la Defensoría de los Habitantes.
El derecho a la educación, en todo el proceso que exige la Constitución Política, no alcanza su plenitud si no se acompasa con el derecho a una educación de calidad y con la armonización entre los derechos y los deberes. Se distorsionan la realidad y la justicia cuando se pone el acento en el financiamiento, en forma discriminatoria y hasta privilegiada, en la educación pública y se deja de lado el deber y el derecho esencial de la excelencia en todos los niveles. Las competencias internacionales deben invitarnos a una reflexión objetiva sobre lo que estamos haciendo.