Claramente, el mundo no ha superado aún la fuerte recesión del año pasado, producto de desequilibrios acumulados a lo largo de muchos meses, especialmente por malas políticas sobre el sector financiero en el mundo desarrollado, especialmente desregulaciones y pobre supervisión.
Claramente, el mundo no ha superado aún la fuerte recesión del año pasado, producto de desequilibrios acumulados a lo largo de muchos meses, especialmente por malas políticas sobre el sector financiero en el mundo desarrollado, especialmente desregulaciones y pobre supervisión.
Aunque en el 2010 la mayoría de los países y regiones muestran crecimiento económico, este no parece ni lo sólido ni lo sostenible que se requiere y su gran debilidad (especialmente en el mundo desarrollado) sigue siendo la floja creación de empleos.
En este contexto, hay importantes debates tanto sobre la caracterización de la situación económica actual, sus causas y efectos a corto y mediano plazos (¿estancamiento? ¿“double deep”?, ¿recuperación mediocre? etc.) así como sobre sus implicaciones para el análisis y la práctica de la Economía.
La mayoría de sus protagonistas son académicos y no “responsables” de ejecutar acciones (“policy makers”) por ello sus implicaciones son más para la Teoría, que para la Política Económica. (El excelente artículo de Roubini en Página Quince el 20/07/10, es buen ejemplo de lo dicho).
Diferencias. Por supuesto, la política económica se apoya en teoría(s), pero no se agota en ella, y por eso deseo anotar tres elementos que las distinguen entre sí:
1. El “timing”: mientras la teoría económica no abunda en consideraciones sobre el “momento preciso” para aplicar o juzgar una medida o acción determinada, la política económica (igual que el amor) puede deber su éxito o su fracaso (casi) enteramente al momento preciso en que se aplica. Una medida tomada demasiado pronto o tardíamente, puede conllevar la diferencia entre éxito o fracaso (como en el amor').
2. El grado: generalmente, la teoría económica hace abstracción de las dimensiones para explicar una situación específica. O más bien, los teóricos no insinúan siquiera que en la diferencia de volumen, grado o, más precisamente, la dosis, de una acción, puede residir su eficacia. En cambio, para quienes “hacen política económica”, el grado o dosis de una medida (o combinación de estas) puede significar “toda la diferencia” entre acertar o no.
3. Cambios cuantitativos que generan cualitativos: la aplicación de medidas económicas adecuadas suele tener eficacia aplicadas en determinadas circunstancias y en cierta dosis, pero suele ocurrir que, a partir de cierto punto, pueden dejar de ser eficaces y hasta volverse “tóxicas”. Este fenómeno, también ocurre en otros ámbitos de la vida social y hasta natural.
Lo anteriormente dicho suele ser cierto más allá de las diferencias entre neoclásicos, keynesianos, monetaristas, etc. Es más frecuente, no obstante, que las diferencias entre distintos analistas o comentaristas versen en determinar si se trata de un autor o una política de una u otra escuela, y no en si la diferencia reside en lo adecuado del momento para aplicar una u otra acción de política, usar un determinado “instrumento” (gasto público, tasa de interés, impuestos, tipo de cambio) o la dirección y el grado en que debe usarse o combinarse.
Por otro lado, la teoría económica solo trata de entender una situación, caracterizarla y, a lo más, describir la conducta de los “actores económicos”. En cambio, la política económica, si bien usa las herramientas que le provee la teoría, intenta incidir y hasta modificar las conductas de esos actores, expresadas por medio de los movimientos de determinadas variables.
Esto hace que acertar en la política económica sea más complejo que en la teoría. A la vez, le acerca más a la categoría de arte que a la pretensión científica que tienen las teorías, quizá con alguna razón, pero en ámbitos y condiciones demasiado estrechos y no con la generalidad que algunas reclaman.
Además, los hechos han venido a demostrar que los modelos económicos presentan más limitaciones o deficiencias de lo que sus autores o “usuarios” prevén o admiten. Por esto, un buen conocimiento de la historia económica, se ha convertido en una de las disciplinas más relevantes e importantes para la práctica de la Economía, pues pueden revelar más que un conjunto de variables interactuando bajo fuertes supuestos.
Nada de esto cambia el hecho de que debemos seguir entendiendo la Economía como esfuerzos sistemáticos, controversiales y limitados, para comprender e intentar incidir positivamente en aspectos esenciales de la vida de las personas en sociedad.
Por eso, aunque el más fácil acceso que actualmente existe a análisis y debates en medios de difusión masivos, de economistas destacados como Krugman, Stiglitz, Roubini, De Long, Ferguson, Wolf y otros, no hace más sencilla la tarea de los encargados de la política económica: cada uno de estos profesionales defiende sus planteamientos con argumentos y evidencia empírica rigurosa, aunque se puedan situar en posiciones antagónicas o por lo menos distintas.
Le queda entonces al lector o, más delicado aún, al formulador y ejecutor de políticas, desentrañar quién está en lo correcto o qué es adecuado de cada quién. Más precisamente, para ser congruente con la tesis de este artículo, cuál planteamiento está más cercano a la situación específica que se está tratando de analizar e influir, en qué grado y momento preciso deben aplicarse las medidas y cuándo han dejado de ser eficaces, requieren modificación y cómo deben ser sustituidas.
Quizá un poco más de conciencia sobre estos aspectos, puede contribuir a mejorar la calidad del debate nacional sobre esta área de las políticas públicas y hacer la vida de los encargados menos complicada.