En una tarde tranquila, alguien visitó a un anciano en su solitario lugar. Al despedirse, le dejó cariñosamente una palabra, casi regalada. Después, el anciano trató de unirla con otras palabras muy queridas, pero no pudo. Entonces quiso guardarla.
Fue entonces cuando se enteró de que no tenía un recipiente para recogerla. Pero también – pensó – las palabras no se deberían retener, porque son ideas que aprendieron a volar.
Se podrían conservar por poco tiempo, mientras podamos conocerlas bien, y cuando ya seamos amigos de verdad, soltarlas para que puedan inquietar otros espíritus.
Claridad, aspiración, felicidad, valor, río, mariposa, montaña, paz, y hasta amor y libertad, tan unidas siempre y, en ocasiones, tan lejanas. Ayer, podría ser una palabra mágica.
El anciano no pudo unir, con otras palabras muy queridas, la que le regaló su amigo. Tampoco la pudo guardar. Por eso, al final, se le escapó.
Quien lo fue a visitar, al despedirse, solamente dijo: mañana.