Después de haber cursado el sexto grado dejó pasar varios años antes de matricularse en un programa de bachillerato por madurez y tardíamente se tituló de maestra. Sin embargo, ya desde su trabajada adolescencia era una auténtica devoradora de libros y ahora me explica que, si bien está de acuerdo en que deben hacerse grandes esfuerzos por acercar a los niños y los jóvenes a la buena lectura (énfasis gestual, un tanto irónico, en la palabra buena), no entiende por qué se debate tanto alrededor de la lista de lecturas obligatorias modificada por las autoridades del MEP. Sin que le fuera obligatorio, de joven leyó buena parte del Quijote, dice haberlo disfrutado y ahora reflexiona: “¿Qué habría pasado si ese libro nunca hubiera sido escrito? ¿Habrían variado por ello la historia y la naturaleza de la civilización? ¿Serían las actuales generaciones de costarricenses peores o muy diferentes?”.
Caemos en la cuenta de que nuestros casos son similares en el sentido de que ninguno de nosotros “llevó” en la adolescencia cursos de “literatura”, ella por lo dicho y yo por haber cursado la secundaria en un sistema de enseñanza técnica en el que no se impartía esa materia, aunque sí algunos cursos someros de gramática y ortografía, algo que sin duda resta peso a nuestras opiniones, pero nos autoriza a sospechar que el hábito de la lectura y el gusto que le sirve de motor no entran en el joven con embudo, como el maíz en el garguero de una ganso siciliano.
No nos parece, pues, extraña la afirmación de una funcionaria sobre la necesidad de hacer que los niños “se enamoren” de la lectura. Solo que al parecer nadie sabría decir a ciencia cierta cómo se logra ese enamoramiento y, en todo caso, ambos estamos confundidos con la insistencia de algunos académicos en suponer que solamente los llamados clásicos importan y en desacreditar la lectura de textos escritos en lenguas extranjeras. Curiosamente, alguna vez tuve a mano una guía de las lecturas obligatorias y optativas de los sistemas españoles de bachillerato y en ella abundaban libros escritos originalmente en inglés, francés y otras lenguas europeas.
Comenta luego la maestra que el de la lista es un problema educativo ínfimo al lado de otros muy graves que siguen sin resolver. Le doy la razón y a fuer de optimista le digo que, pese a todo, las cosas mejoran y me refugio en la opinión de G. Lichtemberg, quien escribía en Alemania, en 1798: “En Roma hubo un tiempo en que se educaba mejor a los peces que a los niños. Nosotros educamos mejor a los caballos”. Y omito el resto de la cita para no deprimir a la educadora.