El mundo sigue cambiando a una velocidad sin precedentes. Esto exige para países pequeños como el nuestro, visiones estratégicas globales y regionales más informadas y perspicaces que nunca. No se trata de buscar puestos y aplausos irrelevantes, sino de gestar políticas bien fundadas y alianzas de peso, que ayuden al país en tiempos críticos que se pueden acelerar en cualquier momento. Sin embargo, no es esa la visión del Gobierno y, quizá por ello, se establece un claro y peligroso desequilibro entre la importante lucha contra el calentamiento global y las tareas más realistas e inmediatas de nuestro entorno geopolítico.
En lo personal, creo que, aunque el calentamiento es una cuestión de primer orden, que nos afecta a todos y debemos enfrentar en la medida de nuestra capacidad, no tenemos ahora el peso, ni los medios y solo quizá una fuerza simbólica, para influir en ello y convertirlo en nuestra prioridad, como se ha declarado. En tanto, subordinamos, a corto y mediano plazo, el roce con Nicaragua por el dragado del San Juan; la pobreza, la desigualdad, y la crisis de los Estados en el istmo; las crecientes tensiones en la cuenca del Caribe con Cuba, Venezuela y Colombia; las evidentes falencias estatales y políticas del caso mexicano y los magros resultados –si es que son tales– de la guerra y la militarización contra la droga; en fin, los problemas, viejos y nuevos de un continente entero que sigue dando tumbos, sin hallar un nuevo camino de desarrollo.
Tampoco nuestra política exterior debe oscilar, como lo hace, entre una estrategia centroamericana que se autoagota en un círculo vicioso, y una política a muy largo plazo, de alcance mundial, con países del G-8 incluidos, en que, si acaso, se alcanza un peso simbólico.
Hoy, en vez de ocuparnos de aquello en lo que sí podemos influir y nos afecta directamente, se retorna a RREE como botín electoral; se cometen yerros a granel y se pretende ignorar qué ocurre en la “realpolitik” nica, cómo México deviene un Estado fallido y cómo crece el conflicto de poderes en el Caribe.
Al parecer, ya una vez la realidad se nos impuso, sobre eso de creernos –como escribió alguien allá por 1828– que “el mundo entero se paraliza a vernos” (el patriota, evidentemente, se refería a nuestra independencia, no al calentamiento global). Se cuenta, también, que en la Conferencia de Versalles presidiendo la reunión Clemençeau, el premier francés, el embajador tico pidió la palabra para hacer un florido discurso sobre la paz, la bondad y la hermandad. En aquella intensa lucha de poder, el Tigre Clemençeau no soportó la desubicación tica e, interrumpiéndolo, le dijo: “Señor: siéntese y cállese”.