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Fernando Durán Ayanegui Químico ferduraya@racsa.co.cr 12:00 a.m. 11/07/2010

Nos pidió Güilibrán González, del Partido Autonomista Manudo, que le presentáramos a un amigo nuestro, el arquitecto que diseña cendrotafios, o urnas para guardar cenizas humanas. Concertamos la entrevista en un restaurante cercano a la Librería Universitaria, en la Calle de la Amargura, y aunque hicimos todo lo posible por mantenerla en secreto, alguien soltó prenda y, apenas se bajó del autobús frente al parque de Montes de Oca, Güilibrán fue rodeado por una turba de liguistas que querían saber cuáles fichajes hondureños logró concertar en Sudáfrica como refuerzos de la Liga. Para desilusión de los fans, se limitó a decir que “en vez de ir a Chojanesburgo agarré para el santuario de Fátima, donde le hice una rogativa a la virgencita porque “solo un milagro podrá hacer que la Liga gane un campeonato antes del apocalipsis maya de 1912”.

Para no comentar la rechifla que recibió aquella mañana, solo contaremos que cuando se le propuso, por razones de seguridad personal, que suspendiéramos la cita, nos recordó que la invitación corría por nuestra cuenta y agregó: “con el gobierno que nos gastamos, habrá que pasar sobre mi cadáver para que yo renuncie a un almuerzo gratis”.

La reunión resultó aburrida. Los intereses del cendrotafista no parecían conexos con el tema que Güilibrán trajo a cuento: una apuesta ganada por él en días recientes. “Aposté a que demostraría que en el Estadio de Alajuela se pueden meter, sin que ni la alcaldesa se dé cuenta, todos los elefantes que poseen los ejércitos de la India y Paquistán”. El arquitecto, quien ya pensaba jurar que había olvidado su tarjeta de crédito, afirmó que tal demostración era imposible, pero el líder replicó: “Si la erección allá por La Sabana de unos edificios privados en extraña combina con la construcción del estadio que ya bautizamos el Chopsuey, y la admisión en el país de un contingente gringo más grande y fuerte que cuanto Rusia ha ubicado en Osetia del Sur y en Abjasia, ocurrieron sin que nuestra dirigencia se diera cuenta, cuando una manada de paquidermos llene de bostas la catedral del fútbol, ¿quién lo va a notar? Y además de ganar la apuesta, también he demostrado que en la cocina china el chorizo es harto importante y que la abolición del ejército pudo haber sido un truco para lograr que, pasado un tiempo, el gobierno norteamericano nos diera, gratis y financiadas, unas fuerzas armadas “carisísimas”, razón por la que quiero encargarle aquí, al arquitecto, un cendrotafio de platino y marfil para depositar en él las cenizas de la Segunda República, que acaba de ser incinerada por sus hijos”.

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