El Mundial, celebrado por cuanto tiene de hermosa fiesta deportiva, evidenció también el triste divorcio entre el futbol y la ética. Entre trampas y errores de arbitraje, el espectáculo mantiene su belleza. En eso consiste el peligro. Atraídos por el despliegue de destreza atlética, millones de espectadores en todo el mundo, incluidos jóvenes y niños, quedan sometidos a las peores distorsiones de la ética. La trampa transformada en hazaña y el descaro en virtud.
Luis Suárez impidió, con la mano, el paso de Ghana a la fase semifinal. Eran los últimos minutos del partido y el gol robado habría definido la exclusión del Uruguay. En Montevideo, como habría sucedido en San José, la violación del reglamento pasó por muestra de entrega y picardía.
Abundaron las justificaciones y entre ellas, la más prominente se basa en la sanción de un penal que Ghana no supo aprovechar. La culpa es de la víctima, porque a ella corresponde la responsabilidad de imponer justicia. Si desaprovecha la oportunidad, el premio corresponde al victimario.
Los padres uruguayos deberán explicar a sus hijos por qué celebran la victoria manchada. Si insisten en hacerlo con un mínimo de honradez, se verán obligados a sostener que la trampa se justifica a partir de los intereses en juego y la gravedad de las consecuencias. Si de la mano depende la clasificación y la pena se limita a transformar en incierto el gol que en buena lid fue anotado, bienvenida la violación del reglamento y buena suerte al portero, a cuyo cargo queda impedir la realización de la justicia.
Por lo demás, el culpable solo sufrirá una expulsión válida para el par de minutos restantes y la prohibición de jugar el siguiente partido, donde su equipo de todas formas tendrá derecho a alinear un cuadro completo. Esa es la insignificante pena por robar la alegría e ilusión a un pobre país africano que hizo méritos para preservarlas más allá de los octavos de final. Hasta dónde, nunca sabremos. Luego, el padre deberá explicar por qué semejante conducta es válida en la cancha y no en la vida cotidiana, pública y privada.
El problema, desde luego, no es uruguayo, sino del futbol y la extraña ideología que lo gobierna. Los alemanes deberán explicar a sus hijos el cinismo de Neuer, tan orgulloso del disciplinado disimulo con que sacó el balón de la portería para engañar al árbitro y robarle un gol a Inglaterra. A los argentinos la tarea les viene impuesta, desde hace años, por la mano de Dios.
La mejor explicación, en todos los casos, es la menos compleja: Hijo, lo sucedido es una vergüenza. ¡Cuánto más grandes serían Maradona, Neuer y Suárez si hubieran hecho lo correcto! Así de grande quiero que seas.